El judaísmo pareciera poner desproporcionado énfasis en los recordatorios. De hecho, existe toda una categoría de mitzvot (mandamientos) dedicada a ellos, que incluye varias de las mitzvot más conocidas.

Un ejemplo es la mitzvá de mezuzá, el mandamiento de fijar determinado pergamino en el marco de las puertas de la vivienda. Con respecto a esta mitzvá, Maimónides1 escribe: “Al entrar o al salir de un hogar nos hallamos frente a la declaración de la unidad de Di-s y así rememoramos el amor que le debemos a Di-s, lo cual nos despierta de nuestro letargo y enfrascamiento en las vanidades temporales”.

Otro ejemplo es la mitzvá de tzitzit, el mandamiento de llevar flecos en los bordes de las prendas de cuatro puntas, como recordatorio constante de los compromisos religiosos. Como expone el versículo:2 Verás [los tzitzit, “flecos”] y recordarás todos los mandamientos del Eterno.

Además, en el Talmud, R. Meir expone:3 “¿Qué tiene de diferente el azul celeste de todos los demás colores [es decir, por qué la Torá ordena que los flecos rituales sean de color azul celeste]? Porque el azul se asemeja al mar, y el mar se asemeja al cielo, y el cielo se asemeja al Divino Trono de Gloria”. Así, el fleco azul del tzitzit tiene por función servir cual recordatorio de nuestra conexión celestial.

Otros ejemplos de tales “recordatorios” incluyen la mitzvá de tefilín, el mandamiento de vestir las filacterias en la cabeza y el brazo como recordatorio diario de unirnos a Di-s en mente, corazón y acción;4 recitar por la mañana y la noche la plegaria del Shemá como recordatorio de la unidad de Di-s; observar el Shabat como recordatorio de la Creación5 y el éxodo;6 y diversas festividades judías que nos recuerdan diferentes eventos providenciales en la historia de nuestra nación.

La palabra hebrea para esta categoría particular de mandamientos es edot, mitzvot testimoniales;7 porque dan “testimonio” y nos recuerdan sus ideas subyacentes y eventos relacionados. Además, dando cumplimiento a estas mitzvot, también nosotros damos testimonio de la mano de Di-s en nuestras vidas colectivas e individuales.

Si bien formalmente no son parte de la misma clase, hay muchas otras prácticas y tradiciones judías diseñadas con similar intención. Por ejemplo, cubrirse la cabeza con una gorra (usualmente llamada “kipá”, o yarmulke por los judíos de Europa del Este, posiblemente derivada de la palabra polaca jarmulka) como recordatorio de reverencia al Cielo.

El Talmud8 relata que los astrólogos habían predicho que R. Najmán bar Yitzjak se convertiría en ladrón. Su madre, por lo tanto, constantemente le recordaba que se cubriese la cabeza a fin de que la reverencia al Cielo no se apartase de él. En otro contexto,9 el Talmud relata que “R. Huna ben Yehoshúa jamás caminó cuatro codos con su cabeza descubierta. Decía: ‘(Cómo he de caminar con la cabeza descubierta, siendo que) la Divina Presencia está sobre mi cabeza’.”

Curiosamente, muchos asocian la palabra yarmulke con la expresión aramea yarei malka, “reverencia al Rey”.10

Otro ejemplo de la tradición judía donde vemos reflejado el recordatorio espiritual es la práctica de leer una sección de la Torá cada lunes, jueves y Shabat. Esta lectura de la Torá programada a períodos regulares fue establecida por Moisés para asegurar de que no transcurriesen tres días sin estudiar la Torá,11 a fin de que nuestra conexión con Di-s y nuestras obligaciones religiosas jamás se aparten de nuestra mente.

Toda la agenda del judío observante parece girar en torno a tales indicaciones: la plegaria, el estudio, el ritual, la vestimenta, son todos detonantes emocionales diseñados para mantener al practicante religioso en foco.

¿Por qué, uno podría preguntarse, el judaísmo hace tanto hincapié en los recordatorios? ¿Es que considera a los seres humanos tan olvidadizos e inconstantes que necesitan tantas señales: en la cabeza, en el brazo, en la ropa, en el marco de la puerta y a lo largo del día y de la semana y del año?

El filósofo contemporáneo Alain De Botton describe la singularidad del calendario religioso: “En el mundo secular tendemos a creer que, si le dices algo a alguien una vez, lo recordará... Las religiones son culturas de repetición. Hacen girar las grandes verdades una y otra y otra vez. El calendario religioso es una forma de asegurarse de que a lo largo del año te encontrarás con ciertas ideas muy importantes. En la cronología judía, Pésaj, por ejemplo, nos recuerda reflexionar sobre la importancia de la libertad. Sin embargo, normalmente, nadie lo celebraría por propia voluntad, sino a menos que le indiquen hacerlo. En el mundo secular creemos que ‘si una idea es importante, simplemente me toparé con ella’. Tonterías, dice la visión religiosa del mundo. Necesitamos calendarios, necesitamos estructurar el tiempo, necesitamos sincronizar los encuentros”.

Necesitamos recordatorios porque, si bien el cerebro humano está interconectado para calcular e inventar cosas increíbles, hay algo que nuestra mente no maneja muy bien, que es el acto de recordar. Nuestro cerebro puede procesar rápidamente infinidad de datos que recibimos a través de los sentidos a fin de crearnos una idea o representación mental, en tiempo real, de la situación que estamos viviendo a cada instante. Sin embargo, recordar cosas simples, a menudo es difícil. ¡De hecho, la persona promedio solo puede retener tan solo hasta siete objetos en su memoria de corto plazo!; y por ello es que necesitamos recordatorios constantes, o “encuentros sincronizados”, para asegurarnos de no sucumbir a las diversas distracciones de la vida y en cambio sostener el rumbo hacia una vida guiada por nuestro sistema de valores.

De hecho, como lo sugieren los siguientes estudios, la clave para actuar según nuestros valores y de manera sostenida es la regularidad con que los recordamos y los tenemos presentes.

Por ejemplo, en un estudio llevado a cabo por el profesor Dan Ariely12 de la UCLA (Universidad de California), previo a un examen se dividió a los alumnos/participantes en dos grupos. Al primer grupo se le encomendó recordar los Diez Mandamientos, mientras que al segundo grupo se le encomendó recordar diez libros que hayan leído en su paso por la escuela secundaria. Los resultados demostraron de forma contundente que el mero hecho de haber recordado los Diez Mandamientos redujo de manera absoluta la tendencia a engañar en el examen posterior.13

Otro investigador, Deepak Malhotra14 de la Escuela de Negocios de Harvard, descubrió que los cristianos tenían un 300% más de probabilidades de hacer donaciones caritativas si la solicitud se hacía un domingo que cualquier otro día de la semana. Obviamente, los participantes no cambiaron de opinión sobre sus creencias religiosas ni sobre la importancia de las donaciones caritativas de un día para otro. Simplemente era más probable que hubieran asistido a la iglesia y pensado en Di-s el domingo que cualquier otro día de la semana. Se refirió a este fenómeno como “Efecto Domingo”.

De manera similar, un estudio llevado a cabo en Marruecos reveló que los musulmanes eran más propensos a hacer generosas donaciones caritativas si vivían en lugares desde donde podían escuchar el llamado diario a las plegarias. Curiosamente, este hallazgo no se limitó a individuos religiosos; ¡Los niveles de tan elevada generosidad fueron los mismos que entre las personas declaradas ateas, al recordarles principios religiosos o valores morales!15

En definitiva, no es lo que creemos, sino cuán regularmente recordamos nuestras creencias, lo que transforma nuestra conducta.

Por eso el judaísmo, más que otras religiones, incorpora acciones y símbolos en la vida diaria de quienes lo practican. Esto para que en cada momento nos encontremos con señales que nos ayuden a recordar nuestros valores más importantes y actuemos según nuestros más elevados ideales.

El Concepto

No es lo que creemos, sino la regularidad con que recordamos y recapacitamos sobre nuestras creencias lo que más determina nuestra conducta y en la clase de personas que llegamos a ser.

Sucedió Una Vez

Rabi Avraham Mordejai Alter, conocido como Imrei Emet, fue el tercer Rebe de la dinastía jasídica de Guer. Una vez escuchó que uno de sus discípulos viajaría a París por negocios. En aquellos días, la vida judía religiosa se desarrollaba en los pueblos y áreas rurales, fuera de las bulliciosas ciudades de Europa donde los efectos secularizadores de la Ilustración se hacían sentir más. Viajar, pues, a la gran ciudad se consideraba de elevado riesgo espiritual, por las múltiples distracciones y tentaciones que seducían a dejar atrás la forma de vida tradicional.

—En París se puede conseguir excelentes puros, —dijo el Rebe al discípulo. —Por favor, cómprame algunos cuando estés allí.

Aunque desconcertado por la extraña solicitud, el discípulo, por supuesto, aceptó el encargo.

Después de completar sus negocios, el jasid abordó un tren que se dirigía de regreso a Polonia. Al pasar por Bélgica, repentinamente recordó que no había comprado los puros para el Rebe. Al arribar al próximo pueblo descendió el tren y compró los mejores puros que allí pudo encontrar.

Posteriormente reanudó el viaje y llegó de regreso a Guer, donde fue a visitar a su maestro.

—Rebe, debo serle honesto. —No compré estos puros en París. En el camino a casa hice una parada especial en Bélgica y le traje los mejores puros belgas que pude encontrar. Ciertamente son tan buenos como los puros parisinos, si no mejores.

—Querido hijo, ¿realmente crees que necesitaba esos refinados puros de París? —dijo el Rebe con una sonrisa.— Tan sólo quería que incluso allí, en París, epítome de la tentación e influencias negativas, fueses consciente de dónde vienes y de los valores que te definen.