¿Qué es lo que torna a un lugar en sagrado?

A diferencia de las palabras “iglesia” o “templo”, que significan “Casa del Señor”, la voz hebrea1 para “sinagoga” es beit kneset, que significa “Casa de Reunión”.

Mientras que la inauguración de un templo podría involucrar ofrendas de sacrificios y unción de aceite para introducir santidad en el espacio, no hay ritual o procedimiento para inaugurar una sinagoga: para dedicarla formalmente y consagrarla, todo lo que se necesita es reunirse y orar allí.

Porque, como enseñan los Sabios, cuando diez personas oran juntas en un espacio designado, su unión en sí misma transforma la estructura de cemento y ladrillo en un lugar sagrado. No se requieren rituales o acciones adicionales.

Además, la santidad de una sinagoga no se limita a la plegaria que allí se desarrolla.

Como enseña el Talmud:2 “La Presencia Divina reside sobre toda reunión de diez (personas)”, incluso cuando los reunidos se congregan por razones distintas al estudio sagrado o la oración.

Curiosamente, la idea de que una sinagoga es un espacio cuya función no es solo conectar a las personas con Di-s, sino también a las personas entre sí, se refleja en la forma en que las sinagogas se organizaron históricamente.

Por ejemplo, una de las sinagogas más antiguas descriptas en la literatura judía es el gran templo en Alejandría, Egipto. El Talmud3 describe la configuración socialmente sensible de esta antigua sinagoga de la siguiente manera:

“Las personas se ubicaban agrupadas por los oficios que desempeñaban. Los orfebres se sentaban entre ellos, los plateros entre ellos, los herreros entre ellos, los caldereros entre ellos y los tejedores entre ellos. Cuando entraba un forastero, reconocía a las personas que practicaban su oficio y se unía a ellos. Desde allí se aseguraría el sustento para él y su familia, ya que sus colegas le hallarían trabajo en su oficio”.

Porque, en verdad, nada es más precioso y sagrado para Di-s que Sus hijos reunidos, tanto sea para asuntos sagrados como mundanos.4

Tal unidad es un elemento fundamental de la oración. De hecho, algunas comunidades5 se aseguran de comenzar la plegaria de la mañana con la siguiente declaración: “Acepto el mandamiento positivo de Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Esta declaración al comienzo de las plegarias nos sensibiliza y expande nuestro campo de preocupación y responsabilidad más allá de nosotros mismos, conectando nuestra experiencia, aspiraciones y bendiciones con la comunidad de la que formamos parte.

Si bien muchas plegarias de la liturgia pueden recitarse en soledad, algunos de los rituales judíos más importantes,6 como leer la Torá, recitar el Kadish o realizar una ceremonia matrimonial, no se pueden llevar a cabo sin la presencia de un minián, “quórum” de diez hombres.

Es más, incluso los que no están presentes en la sinagoga durante las plegarias se benefician cuando la comunidad se reúne en oración, ya que el Talmud7 enseña: “¿Cuándo es un momento propicio [para que de lo Alto respondan nuestras plegarias]? Cuando la comunidad se congrega para orar”.

¿Por qué? Porque, si bien Di-s ciertamente es accesible para todos individualmente en todo momento, es más accesible cuando nos dirigimos a Él como un colectivo unificado,8 ya sea en espacio o en tiempo.9

Cuando se trata de la oración y la comunidad, no solo hay fuerza en los Números, como mencionamos anteriormente, sino también en la diversidad y la inclusión. En consecuencia, aprendemos que un minián (quórum para orar) no tiene que estar compuesto exclusivamente de individuos espiritualmente elevados o eruditos; más bien, puede incluir a personas en cualquier nivel de desarrollo espiritual y observancia religiosa. Como expone el refrán: “Nueve destacados rabinos no pueden conformar un minián, pero diez simples zapateros sí pueden”.

Cabe señalar que la palabra hebrea tzibur, otra voz para referirse a una comunidad reunida para rezar, es un acrónimo de tzadik/”virtuoso”, beinoni/”intermedio” y rashá/”malvado”.10 Un verdadero tzibur debe incluir y representar el espectro completo de la comunidad.

Rezar en comunidad es muy importante en el judaísmo porque representa una función más amplia de la oración. Esta consiste en trasladar nuestra atención de lo individual a lo colectivo, de lo subjetivo a lo objetivo, del “yo” al “nosotros”. Así cambiamos el enfoque de nuestros deseos egocéntricos a una preocupación más desinteresada por el bien común.

Este énfasis en la oración comunitaria transmite así un mensaje esencial sobre el enfoque del judaísmo en nuestra relación con Di-s. Cuando logramos superar nuestros intereses egoístas uniéndonos en oración, es cuando y donde hay mayor probabilidad de que descubramos a Di-s y hallemos favor a Sus ojos.

De hecho, señala el Talmud que Di-s está más atento y disponible para nosotros cuando anteponemos las necesidades de los demás a las nuestras. Como enseñan nuestros Sabios:11 “Quienquiera que pida misericordia del Cielo en nombre de otro y requiera misericordia del Cielo con respecto a esa misma cuestión, será respondido primero”.

Esta dinámica se expresa conmovedoramente en el Libro de Job:12

Esta poderosa idea ayuda a explicar la fascinante costumbre judía de cubrirse el rostro con un talit durante las bendiciones sacerdotales, cuando los kohanim, en ocasiones especiales, bendicen a la congregación.

Nuestros Sabios enseñan que, así como Moisés se cubrió el rostro cuando la Presencia Divina se reveló ante él en la zarza ardiente, también nosotros nos cubrimos el rostro en el momento auspicioso en que se recitan estas oraciones, en deferencia a la singular revelación de la presencia Divina suscitada por esta bendición a la congregación.13

Pero, ¿por qué la presencia de Di-s se manifiesta más durante las Bendiciones Sacerdotales que en cualquier otro momento plegaria?

La respuesta es que esta es la única oración en la que los miembros de la congregación bendicen unos a otros en lugar de ser bendecidos directamente por Di-s. Paradójicamente, la presencia de Di-s es aun más manifiesta en ese momento, a pesar del “mero” rol de Di-s como intermediario, porque no hay nada más precioso para Él que Sus hijos se bendigan unos a otros desde lo más profundo de su ser.14

Cuando tal amor y preocupación es el fundamento de nuestras relaciones, la presencia de Di-s se amplifica entre la comunidad.

Este sentimiento se hace eco en las últimas palabras de la plegaria de Amidá, donde decimos “Bendícenos, Padre nuestro, unidos todos como uno, en el resplandor de Tu semblante”. Los místicos15 interpretan estas palabras en el sentido de: “Bendícenos, Padre nuestro, [porque] estamos unidos todos como uno, en el resplandor de Tu semblante”. En otras palabras, es a causa de nuestra unidad que merecemos la bendición de Di-s.

Por tanto, los hitos y momentos clave de la historia judía se dieron justamente después, y a consecuencia, de un mayor sentido de unidad. Por ejemplo, Rashi16 señala que, en el Monte Sinaí, millones de israelitas se reunieron en unidad absoluta “como una sola persona, con un solo corazón”. Nuestros Sabios enseñan que fue esa especial muestra de unidad colectiva del pueblo lo que suscitó que Di-s nos revelase los Diez Mandamientos.17

Hoy vivimos en un mundo hiperindividualista, donde, con el transcurso del tiempo, muchos tienden a encerrarse cada vez más en sí mismos, creando microuniversos basados en preferencias personales limitadas y limitantes. Esta es la era del algoritmo de la autoreafirmación. El enfoque del judaísmo hacia la oración comunitaria es, en cierto sentido, el antídoto contra esa inercia egocéntrica. Desde esta perspectiva, la oración no trata sólo de hallarnos a nosotros mismos, sino también, y aun más importante, de perdernos en la búsqueda colectiva de algo que va más allá de nosotros.

El beit kneset nos enseña que estamos todos interconectados, que unos sin otros somos incompletos y que la carencia de uno es la carencia de todos.

Al reunirnos, incluyendo y trascendiendo nuestra individualidad, obtenemos acceso a la Presencia Divina y creamos un recipiente apropiado para la bendición de Di-s. Como enseñan nuestros Sabios:18 “No hay mejor recipiente para la bendición divina que la paz”. Esa conciencia social y espiritual es la santidad más alta a la que podemos aspirar.

En pocas palabras, no nos reunimos en una sinagoga porque sea un lugar sagrado; más bien, la sinagoga es sagrada porque es allí donde nos reunimos.

El Concepto

¿Dónde está Di-s? Dondequiera que dejes entrar a otros.

Sucedió Una Vez

La Torá nos ordena Amarás a tu prójimo como a ti mismo,19 y amarás al Eterno, tu Di-s.20 Esta enseñanza impulsó a los discípulos de R. Schneur Zalman de Liadi a preguntar a su maestro: —¿Cuál virtud es mayor: el amor a Di-s o el amor al prójimo?

—En verdad, los dos son uno y lo mismo —respondió R. Schneur Zalman—. Sin embargo, dado que Di-s ama tanto a Sus hijos, el amor al prójimo es mayor expresión de amor a Di-s que simplemente amar a Di-s. ¿Por qué? Porque amor genuino significa amar lo que tu amado ama.

Otra historia:

Una vez, R. Mijoel el Anciano, mentor espiritual de la yeshivá de Lubavitch, estaba a punto de recitar una de las partes centrales de la Plegaria de la mañana, el Shemá, cuando notó que uno de los alumnos tenía sus zapatos rotos. Interrumpió las oraciones para señalar los zapatos rotos a la persona encargada de atender las necesidades materiales de los alumnos.

Más tarde le preguntaron a R. Mijoel: “¿No podían haber esperado los zapatos rotos hasta después de finalizar la plegaria?”

“El Shemá proclama la Unicidad de Di-s”, respondió R. Mijoel. “Un estudiante con zapatos rotos puede, Di-s no lo permita, resfriarse [y enfermarse]. Tener conciencia de esto es expresión de la Unicidad de Di-s”.21

Otra historia:

Una mañana, de camino a la sinagoga, el tercer Rebe de Lubavitch, R. Menajem Mendel, conocido como Tzemaj Tzedek, se encontró con un individuo que le pidió un préstamo. Siendo día de mercado, el hombre necesitaba el dinero para poder comprar mercadería y venderla, para así obtener alguna ganancia. El Rebe le pidió que volviera después del servicio de la mañana y continuó su camino a la sinagoga. Una vez en la sinagoga se percató de que el pobre hombre necesitaba el préstamo ahora. Entonces el Rebe regresó a su casa, consiguió dinero, buscó al hombre, al cual logró hallar con gran dificultad entre el gentío, le entregó el dinero y solo entonces acudió a orar.

En medio de su plegaria, el Tzemaj Tzedek tuvo una visión de su difunto abuelo, R. Schneur Zalman de Liadi, que irradiaba alegría y lo elogiaba por su consideración.

Sobre la base de esta experiencia, R. Tzemaj Tzedek enseñó que cuando uno ayuda a otro en su sustento, aun con una suma modesta, todas las puertas de las cámaras celestiales se abren para él.22