La plegaria es una de las expresiones más visibles de la vida religiosa. Elevamos plegarias en eventos públicos, alrededor de la mesa para comer y en todo tipo de eventos del ciclo de ´la vida judía. Y, sin embargo, la plegaria es simultáneamente una de las prácticas espirituales menos comprendidas. Para muchos, puede parecer mecánica, guiada por un libreto, falsa o dispersa.

Abordar la brecha que pueda surgir entre la plegaria prescripta y habitual y la plegaria auténtica y experiencial es, por lo tanto, esencial. Para hacerlo, primero debemos preguntarnos qué es la plegaria

La voz “plegaria” (prayer en inglés) deriva del francés antiguo preiere: “ruego”. Así, la plegaria se asocia más comúnmente, pues, con pedir por la satisfacción de nuestras necesidades.

Sin embargo, la palabra hebrea para plegaria, tefilá, tiene una multitud de significados y asociaciones, cada uno contribuyendo al rico tapiz del significado espiritual de la misma. Ya sea que busquemos alcanzar algo que trascienda de nosotros mismos o recuperar nuestro ser esencial, la oración, tal como se entiende y practica en el judaísmo, es una de los caminos más potentes del desarrollo espiritual.

En el nivel más esencial, tefilá significa vínculo y conexión.1 Así, por ejemplo, en la Mishná hallamos que la raíz etimológica t-f-l tiene el significado de “unir”.2 La tefilá no es, por tanto, un intercambio transaccional sino expresión de intimidad.

Mientras que pedir por nuestras necesidades es una experiencia humillante que resalta la gran brecha entre el solicitante y el proveedor, la tefilá es una declaración de amor y una expresión de anhelo espiritual. Su objetivo es desarrollar un genuino apego emocional a Di-s, cultivando dentro de nosotros durante la plegaria un sentido de cercanía que disuelva la “brecha” psíquica que nos separa de Él.

Este proceso interior de ablandar y abrir el corazón corresponde a otra traducción de la palabra tefilá: “luchar”. En Génesis, la Torá habla de una rivalidad entre Raquel y Lea para engendrar hijos de Jacob. Cuando la sierva de Raquel dio a luz un hijo de Jacob por segunda vez, Raquel dijo:3 Una lucha trascendental [naftulei] libré [niftalti] con mi hermana... Así que lo llamó Naftalí.

La dinámica de “lucha” es una parte esencial, y potencialmente productiva de todas las relaciones.

Dado que somos seres naturalmente egocéntricos, para involucrarnos en una relación significativa con otro debemos trabajar por disminuir ese egocentrismo natural y narcisista. La tefilá es la oportunidad para salir de nosotros mismos y de nuestro ensimismamiento y entrar en la conciencia y el servicio de nuestro otro más significativo: Di-s. Esta es la lucha del amor.

En cualquier relación real existe la disonancia natural de puntos de vista y experiencias entre las dos partes. En el caso de lo Divino, esta distancia de perspectivas es aun mayor. Desde la perspectiva de Di-s fuimos creados para cumplir una misión Divina; mientras que, desde la perspectiva humana, estamos naturalmente inclinados a vivir la vida únicamente para nuestro propio beneficio y placer.

La tefilá es el tiempo que tomamos cada día para realinear nuestra perspectiva con la de lo Divino, para ver el mundo a través de los ojos de Di-s. En ese momento atemporal de unión con el Infinito pasamos de un estado de mentalidad egoísta de lucro a un estado de mentalidad altruista de profecía. En la plegaria sintonizamos con la suave y apacible voz4 de lo Divino, que nos recuerda que la vida es mucho más que una lista de demandas y deseos y que cada uno de nosotros está aquí en misión sagrada para mejorar éste, nuestro mundo.

Fuera de todas estas cuestiones relacionadas con “conexión”, la tefilá también nos lleva al interior de nosotros mismos. Esto se ilustra en otro significado de la palabra para oración, pelilá, “juicio”,5 el cual describe un proceso de introspección. La plegaria, en este sentido, también es un momento de ajuste de cuentas personal, un momento para evaluar y recalibrar quiénes somos realmente, qué es lo que de verdad queremos en la vida, hacia dónde nos dirigimos y qué tan lejos hemos llegado en ese camino.

En palabras del teólogo estadounidense Thomas Merton: “Uno puede pasarse toda su vida subiendo la escalera del éxito solo para descubrir, una vez que llega a la cima, que la escalera está apoyada sobre la pared equivocada”.

Somos parte cuerpo y parte alma. Sin embargo, la mayor parte del día gira en torno a alimentar nuestros deseos, necesidades e impulsos físicos, fortaleciendo la sensación del ego de que lo real y lo primordial es nuestra existencia física. El mismo acto de vivir puede relegar nuestra alma a un reino secundario. Si los dejamos librados a su suerte, con el tiempo nuestros instintos e impulsos espirituales podrían silenciarse y atrofiarse.6

Contrariamente a esa inercia, la plegaria es un acto de alimentación para el alma. Así como el cuerpo necesita alimentarse físicamente varias veces al día, y la psiquis requiere de nutrición emocional regular, el alma también necesita sustento espiritual constante.7 La plegaria da voz y expresión al alma y sus objetivos, permitiéndole cantar y elevarse, revelando, y deleitándose en su deseo natural de servir y conectarse con Di-s.

Llevando esta idea aún más lejos, R. David Aaron escribe:8Lehitpalel [lit. ‘orar’] no tiene nada que ver con rogarle a Di-s que cambie de opinión. Le’hitpalel es un verbo reflexivo, en que la acción recae sobre el mismo sujeto que la ejecuta. Así, pues, cuando oras, tu pregunta no debería ser: ‘¿Está Di-s escuchando mis plegarias?’ Más bien, ‘¿Estoy yo escuchando mis plegarias?’ ‘¿Impacta en lo que estoy diciendo? ¿He logrado yo haber cambiado para mejor?’

“Si uno cree que orar es comunicarle a Di-s información que Él aún no conoce, entonces toda la experiencia de la oración se vuelve ridícula. Di-s sabe que tu negocio se está desmoronando. Di-s sabe que estás desesperado por encontrar tu alma gemela. Di-s sabe exactamente lo que está pasando en tu vida. Lehitpalel no se trata de que Di-s escuche tus plegarias, aunque seguramente lo hace. Se trata de que mismo escuches tus plegarias. Y necesitas decirle todas esas cosas a Di-s porque necesitas escucharte a ti mismo diciéndolas.

Lehitpalel, entonces, significa hacer algo sobre ti mismo (como dijimos, lehitpalel es un verbo reflexivo). ¿Pero qué cosa hacer exactamente?”.

En el relato de la Torá sobre Jacob y su hijo José, hallamos otra permutación de la palabra Tefilá: filalti.

Cuando José toma conocimiento de que la muerte de su padre Jacob es inminente, se presenta ante él a recibir una bendición para sus dos hijos. Dice Jacob:9 Nunca filalti que volvería a ver tu rostro... En este contexto, la palabra filalti podría significar variadamente: “esperar”, “imaginar”, “soñar”, “visualizar”, “anticipar”. En palabras de Rashi, filalti, en este contexto, implica “Colmar [el] corazón con pensamientos esperanzadores”.

Por lo tanto, cuando oramos conscientemente, colmamos nuestro corazón de pensamientos y sueños sobre qué es lo que queremos ver y hacer en este mundo. Una vez interiorizadas, estas visualizaciones de oración ayudan a efectuar los cambios necesarios en nuestro interior para que se produzcan los cambios deseados en nuestras vidas y en el mundo

Conectarse, reflexionar, proyectar… es lo que el Talmud llama avodá shebalev, “servicio del corazón”.

Ésa es la esencia de la tefilá.

El Concepto

El objetivo de la plegaria no es recordarle a Di-s lo que necesitamos de Él; más bien, es recordarnos a nosotros mismos lo que Él “necesita” de nosotros.

Sucedió Una Vez

Un jasid que había perdido toda su fortuna acudió a consultar a su maestro, R. Schneur Zalman de Liadi.

—Si Di-s ha elegido afligirme con la pobreza —dijo llorando —acepto el juicio Divino. ¿Pero cómo puedo reconciliarme con el hecho de que no puedo pagar mis deudas ni cumplir con la dote que prometí para la inminente boda de mi hija? Jamás he faltado a mis compromisos. ¿Por qué el Todopoderoso me está haciendo esto? ¿Por qué me está causando tal terrible humillación? ¡Rebe, debo pagar mis deudas! —exclamó el jasid— ¡Debo entregar lo que he prometido para mi hija!

R. Schneur Zalman estaba sentado con la cabeza gacha, entre sus manos, en estado de devekut (apego meditativo). Fue de esa manera que escuchó las súplicas del jasid. Después de una larga pausa, R. Schneur Zalman levantó la cabeza y dijo con gran sentimiento:

—Hablas de todo lo que necesitas... pero no dices nada de todo aquello que se necesita de ti.

Las palabras del Rebe horadaron hasta lo más profundo del corazón del jasid, que entonces se desmayó. El asistente del Rebe llamó a dos jasidim que estaban en la antesala de la oficina del Rebe. Juntos sacaron al jasid de allí, le echaron agua y lograron reanimarlo.

Cuando el jasid abrió los ojos no dijo nada a nadie. Simplemente se consagró al estudio de la Torá y al servicio de la plegaria con vitalidad renovada y tal devoción y diligencia que se olvidó de todo lo demás. Aunque no hablaba con nadie y ayunaba diariamente, estaba en estado perpetuo de alegría.

Varias semanas después, R. Schneur Zalman citó a este jasid, lo bendijo con éxito y le dijo que volviera a su casa y a sus negocios. Con el tiempo, el jasid recuperó su riqueza, saldó sus deudas y sus promesas, casó a sus hijas con honor y reanudó sus actos de filantropía incluso a un nivel de mayor generosidad que antes.