Para cada ser humano, de cada identidad, vivir de acuerdo con ideales Divinos mejora profundamente el bienestar emocional. Esto es particularmente relevante en nuestros tiempos.
Tierra Firme
“La paz mental está condicionada a la seguridad interior”, se lee en una carta de 19581.
Vivimos en un mundo que cambia rápidamente: los mercados bursátiles suben y bajan aparentemente a su antojo. La política despiadada es la norma en todos los gobiernos. Los males que aquejan a la sociedad, y los movimientos de base que inspiran, están en constante flujo. La vanguardia de la ciencia está plagada de avances revolucionarios, que inevitablemente traen consigo tecnologías revolucionarias. La arena se mueve debajo de nosotros todo el tiempo.
Algunos de estos cambios son desarrollos prometedores que son un buen augurio para nuestro mundo. El peligro está en su efecto en nuestro mundo interior. Cuando nuestras aspiraciones más profundas están atadas a fuerzas transitorias como los mercados, el clima político o la innovación tecnológica, nos quedamos con una ansiedad persistente. Y cuando nuestra psique se apoya en un terreno inestable, es más probable que nuestros pensamientos y emociones se vuelvan volátiles.
Es por eso que integrar la espiritualidad en nuestra vida diaria mejora significativamente nuestra salud mental, en especial hoy en día. Cuando incorporamos la práctica espiritual en nuestras rutinas normales, ello nos ofrece un oasis sereno en un mundo tormentoso. Cuando nos esforzamos por alinear nuestro comportamiento con la voluntad Divina, y hacemos de esto un elemento central en la forma en que negociamos nuestras decisiones cotidianas, eso nos proporciona un ancla segura desde la cual abordar la experiencia humana.
La carta de 1958 continúa, consolando a un padre molesto por la decisión de su hijo de llevar una vida más comprometida espiritualmente:
No hace muchos años, la “tranquilidad mental” era predicada de diversas maneras basándose en el logro de determinados objetivos: Para los de inclinación materialista, significaba la acumulación de riqueza, que sentían que les brindaría seguridad. Otros buscaron la seguridad en el progreso científico, considerando que la ciencia moderna era la panacea para todos los males humanos. Otros buscaban seguridad identificándose con un determinado movimiento o ideología, como el socialismo, el comunismo, el fascismo, etc...
Sin embargo, en los últimos años, en especial en las últimas décadas, se demostró claramente que la riqueza no ofrece ninguna seguridad, ya que hemos visto cómo familias económicamente “seguras” empobrecieron de la noche a la mañana. Los regímenes políticos y los movimientos sociales e “ismos” de todo tipo resultaron igualmente decepcionantes. Como consecuencia, entre los jóvenes en crecimiento y los adolescentes pensantes se ha arraigado un sentimiento abrumador de inseguridad, reflejado en sus vacilaciones de un extremo al otro, en perturbaciones emocionales y mentales...
Por lo tanto, es más vital que nunca que la generación joven sienta tierra firme bajo sus pies. Esta base sólida sólo puede ser proporcionada por la búsqueda de la religión. En consecuencia, cuando el propio hijo de uno ha encontrado felizmente esta seguridad, se lo debe considerar como la mayor bendición de Di-s, porque lejos de ser un factor perturbador para su felicidad, es El Factor, el único, que asegurará su verdadera felicidad2.
(Traducción libre)
Con la gracia de Di-s
22 de Av, 5739
Brooklyn, N.Y.
Sr. R. Wilkes, Director Adjunto de Programas/
Presidente del Consejo de la Región II para el Retraso Mental
Hospital Coney Island
2601 Ocean Parkway
Brooklyn, N. Y. 11235
Saludo y Bendición:
Esto es en respuesta a su carta del 9 de agosto, en la que pide mi opinión sobre “el cuidado y la educación de los niños judíos retrasados”, delineando algunos de los problemas relacionados con ello y las políticas prevalecientes, etc.
En primer lugar, debo hacer una observación esencial, a saber, que si bien el encabezamiento anterior coloca a todos los retrasados en un solo grupo, sería una burda falacia proponer reglas que se apliquen a todos ellos como grupo. Porque si cualquier niño requiere una evaluación y un enfoque individual para lograr su máximo desarrollo, cuánto más lo es en el caso de los discapacitados.
En vista de que lo anterior es tan obvio, supongo que tiene en mente las pautas más generales, con una amplia gama de flexibilidad que permite el enfoque individual necesario en cada caso. Tanto más cuando, triste es decirlo, nuestra sociedad actual está pobremente equipada en términos de recursos humanos y financieros para ofrecer un enfoque personal adecuado a cada niño y niña discapacitados. Más lamentable aún es el hecho de que se preste poca atención (al menos poca en relación con la importancia del problema) a esta situación y, en consecuencia, poco es lo que se hace para movilizar recursos más adecuados para hacer frente al problema.
Ahora bien, con respecto a las directrices generales, sugeriría lo siguiente:
- El trabajador social, o el maestro, y cualquiera que trate con individuos retrasados, debe partir de la premisa básica de que el retraso es en cada caso sólo una desventaja temporal, y que a su debido tiempo ciertamente podría mejorarse, e incluso sustancialmente. Este enfoque debe adoptarse independientemente de los pronunciamientos o pronósticos de los especialistas en la materia. La razón de este enfoque es, en primer lugar, que es una condición previa para un mayor éxito en el trato con los retrasados. Además, considerando los enormes avances que se han hecho en la ciencia médica, el conocimiento humano, la metodología y los conocimientos técnicos, no cabe duda de que también en este ámbito se producirán avances de gran alcance. Así, la confianza misma de que tal progreso está en el ámbito de la posibilidad inspirará un mayor entusiasmo en este trabajo y, es de esperar, también estimulará una investigación más intensiva.
- Tal como dicho enfoque es importante desde el punto de vista del trabajador y del educador, así también es importante que los propios pasantes sean alentados –tanto por la palabra como por la forma de su entrenamiento– a sentirse confiados de que no son, Di-s no lo quiera, “casos”, mucho menos casos desafortunados o sin esperanza, sino que su dificultad es considerada, como se dijera, sólo temporal, y que con un esfuerzo concertado del instructor y el aprendiz se podría acelerar y acrecentar la mejora deseada.
- Huelga decir que se debe tener cuidado de no exagerar las expectativas con promesas inverosímiles, ya que las falsas esperanzas resultan inevitablemente en un profundo desencanto, pérdida de credibilidad y otros efectos indeseables. Sin embargo, seguro que se puede hallar una manera de evitar despertar falsas esperanzas, y aun así brindar aliento cauteloso.
- Como parte del enfoque anterior que, hasta donde yo sé, no se ha utilizado antes, es involucrar a (algunos de) los aprendices en alguna forma de liderazgo, como capitanes de equipos, líderes de grupo y similares, sin despertar los celos de los demás. Esto último podría evitarse haciendo tales selecciones sobre la base de la antigüedad, los logros especiales, la conducta ejemplar, etc.
- Con respecto a los esfuerzos que se han hecho en los últimos años para crear “hogares grupales” para individuos retrasados, lo cual, como dice usted, ha sido una fuente de controversia – es de esperar que, como en la mayoría de las cosas en nuestro mundo imperfecto, haya pros y contras. Sin embargo, creo que el enfoque debe ser el mismo que en el caso de todos los alumnos o estudiantes que pasan parte de su tiempo en entornos grupales –la escuela, el dormitorio, el campamento de verano, etc.– y parte de su tiempo en el seno de sus familias, ya sea todos los días, los fines de semana, etc. Sólo mediante un enfoque y una evaluación individuales se puede determinar qué persona encaja en cada categoría.
- Seguramente no es necesario enfatizar en detalle que, como en todos los casos que involucran a judíos, sus necesidades judías específicas deben ser tomadas en cuenta. Esto es particularmente cierto en los casos de niños judíos retrasados, y sin embargo es con demasiada frecuencia ignorado. Desafortunadamente, existe la idea errónea de que, dado que uno está tratando con niños retrasados, al tener capacidades más limitadas no se los debería “agobiar” con educación judía además de su educación general, para no sobrecargarlos. En mi opinión, esta es una actitud falaz y perjudicial, en especial a la luz de lo que se ha dicho anteriormente sobre la necesidad de evitar impresionar al niño con su discapacidad. Debe recordarse que un niño que proviene de un hogar judío probablemente tiene hermanos y hermanas, o primos y amigos, que reciben educación judía y están expuestos a las observancias judías. Incluso en la sociedad estadounidense, donde los judíos observantes no son mayoría, siempre hay alguna medida de experiencia judía, o ángulo judío, en los antecedentes del niño. Ahora bien, por lo tanto, si el niño retrasado ve o siente que ha sido diferenciado y alejado de esa experiencia, o cuando finalmente descubra que es judío pero es privado de su identidad y herencia judías, es muy probable que ello le cause un daño irreparable.
Por otro lado, si el niño está involucrado en la educación y actividades judías –y no de una manera general y periférica, sino de una manera regular y tangible, como ser el cumplimiento concreto de mitzvot, costumbres y tradiciones–, eso le brindaría un sentido de pertenencia y apego, y un anclaje firme al que aferrarse, ya sea consciente o inconscientemente. Al final, incluso un sentimiento subconsciente de seguridad interior pasará al estado consciente, especialmente si el maestro se empeña en cultivar y fortalecer este sentimiento.
Por supuesto, soy consciente de los argumentos que se podrían llegar a esgrimir en relación con esta idea, a saber, que requeriría financiación adicional, personal cualificado, etc., no fácilmente disponible en la actualidad. Con certeza, estos son argumentos que tienen de hecho su base tal como están las cosas ahora. Sin embargo, el verdadero problema no es tanto la falta de recursos como la actitud predominante que considera el ángulo judío como de importancia secundaria, o menos; en consecuencia, el esfuerzo por remediar la situación es proporcional, lo que resulta en una profecía autocumplida. La verdad del asunto es que si la importancia de esto se viera bajo su verdadera luz –que es un factor esencial en el desarrollo del niño judío retrasado, además de nuestra obligación elemental para con todos los niños judíos sin excepción– los resultados serían muy diferentes.
Tal vez todo lo mencionado arriba no es lo que usted tenía en mente al solicitar mis opiniones sobre los “hogares grupales”. No obstante, me sentí impelido a extenderme un poco en el tema, no sólo porque había que decirlo, sino también porque puede servir de base para resolver la controversia en torno a la creación de “hogares grupales” para aquellos niños que en la actualidad son ubicados en un entorno a menudo bastante distante del hogar y la comunidad del individuo, parafraseando su declaración.
Por último, una observación final relativa a su referencia elogiosa al movimiento Lubavitch, “con su profunda preocupación por el bienestar de cada individuo judío”, etc. No hace falta decir que tal apreciación es muy gratificante, pero debo confesar y enfatizar que esta no es una idea original de Lubavitch, ya que es básica para el judaísmo de la Torá. Por lo tanto, nuestros Sabios de antaño declararon que veahavtá lereajá kamoja (“Ama a tu prójimo como a ti mismo”) es el Gran Principio de nuestra Torá, con el acento en “como a ti mismo”, ya que cada persona sin duda tiene un enfoque muy especial y personal de sí misma. Sin embargo, para crédito de los emisarios de Lubavitch puede decirse que están haciendo todo lo posible para implementar y vivir de acuerdo con esta Regla de Oro de la Torá, y lo hacen incansable y entusiastamente.
Que el Zejut Harabím, el mérito de los muchos que se benefician de sus sinceros esfuerzos para ayudarles en su necesidad, especialmente en su calidad de Presidente Regional del Consejo para el Retraso Mental, le asista para tener éxito en la medida más plena posible y estimule su dedicación para logros aún mayores.
Con estima y bendición,
/M. Schneerson/
En consecuencia
Establece una base espiritual para tu vida diaria. Hacerlo te proporcionará un oasis seguro en medio de un mundo tempestuoso y te mantendrá en contacto con tu yo interior.
Comienza con algo que se pueda volcar a la acción. Algunas ideas: Al despertar, agradécele a Di-s por un nuevo día. Da unas monedas para caridad. Dedica un tiempo a la plegaria diaria y reflexiona sobre cómo alinear mejor tu comportamiento con la voluntad Divina.
Si eres judío, algunas ideas adicionales: Reza la plegaria del Shemá. Ponte tefilín (los hombres). Enciende velas de Shabat (las mujeres). Dedica (más) tiempo al estudio de la Torá.
Además de ser intrínsecamente valiosas, estas prácticas mejorarán tu sensación de paz con el mundo que te rodea, y con tu propio Yo.

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