En un caluroso día de verano de 1970, el piloto de combate israelí Menajem Eini regresaba de una misión cuando su avión fue alcanzado por un misil antiaéreo egipcio. Estaba a solo quince segundos de la frontera, pero con su avión a punto de estrellarse se vio obligado a lanzarse en paracaídas en territorio egipcio hostil.
Gravemente herido al aterrizar, Eini vio el humo de su avión destrozado, pero no encontró señales de su copiloto. A lo lejos, vio un camión lleno de soldados egipcios dirigiéndose hacia él. Temía que su fin estuviera cerca. Los soldados lo registraron, lo sedaron y se lo llevaron prisionero. Después de un tiempo en el hospital, fue introducido en una estrecha celda con otros nueve prisioneros israelíes.
Durante tres largos años vivieron juntos, ocultados del sol. En las pocas ocasiones en que se les permitió salir de su celda, se les vendaron los ojos. Aislados de su familia y amigos e incomunicados con el mundo exterior, los prisioneros no tenían idea de cuándo terminaría su cautiverio, si es que lo haría. Finalmente, en 1974, después de la Guerra de Iom Kipur, se negoció un intercambio de prisioneros y los cautivos fueron liberados.
Algún tiempo después de llegar a casa y reunirse con su esposa e hijas, Eini aceptó la oferta de la Fuerza Aérea de regresar a la base en una función no de combate.
“Exteriormente yo era productivo y enérgico”, rememoró Eini más tarde. “De hecho, me presentaron como un modelo de recuperación y resiliencia. Por dentro, sin embargo, yo ocultaba una terrible fatiga interior. Miraba a mi alrededor y veía a la gente a gusto consigo misma, mientras que yo me sentía profundamente inquieto. Cualquier ruido me irritaba. Incluso la música se convirtió en un clamor intolerable. No podía encontrar la paz”. Un amigo suyo se dio cuenta de que nada estaba bien y le aconsejó que visitara al Rebe.
En el estudio del Rebe, por primera vez desde su liberación unos meses antes, Eini se desahogó. “Los recuerdos eran muy dolorosos”, relató, “y creo que las personas que han pasado por una experiencia traumática a menudo prefieren suprimir el trauma tanto como sea posible. Sin embargo, allí estaba yo contando estos recuerdos, sin sentir una gota de dolor o vergüenza, si es que siquiera había algo de qué avergonzarse”.
A medida que Eini exponía sus meses y años de trauma –la pérdida de su copiloto, su miedo a una muerte inminente, los interminables interrogatorios, los años en cautiverio, el shock de la libertad, la ansiosa expectativa, el reencuentro surrealista, las visitas a las familias de los amigos que no sobrevivieron– el Rebe lo persuadió gentilmente para que compartiera más.
“Estuvo absoluta y totalmente presente, compartiendo mi carga conmigo. Sentí que se convirtió en mi conciencia. Yo le hablaba a él, pero también a mí mismo; estaba sacando desde adentro a la superficie cosas que de otro modo nunca le diría a nadie más o incluso a mí mismo. Su escucha de la manera en que lo hizo me ayudó a sanar de las experiencias del cautiverio. Incluso tuve mi primera risa sana. Descubrí que es posible dirigirse plenamente a una persona a través de solo el silencio y la escucha.
“Necesitaba este encuentro como oxígeno. Cuando salí, me sentí más reflexivo, más conectado conmigo mismo. Pude revivir mi tiempo en cautiverio y comenzar a relacionarme con él sin miedo. Sentí como si una piedra se me hubiera quitado del pecho”.
Eini pasó a encabezar el multimillonario proyecto para desarrollar el Lavi, un avión de combate para la Fuerza Aérea de Israel. Pero antes de concluir su encuentro, el Rebe le aconsejó a Eini que escribiera las memorias de su tiempo en cautiverio. “Desafortunadamente”, explicó, “probablemente tú no serás el último prisionero de guerra de Israel, y otros que serán tomados cautivos se beneficiarán leyendo sobre tu experiencia”.
Eini rememoró un momento particularmente conmovedor en este providencial encuentro:
“Le dije al Rebe que uno de mis desafíos mientras estaba en cautiverio era la presión de estar incesantemente juntos. Incluso mientras me dedicaba a un trabajo personal, como dibujar, escribir poesía o un diario, sabía que no estaba solo y que los demás siempre podían ver lo que estaba haciendo. ‘La habitación siempre estaba llena de gente’, dije, estando juntos todo el tiempo, sin ni un minuto para uno mismo...’.
“Tras un momento de silencio, el Rebe comentó: ‘Y sin embargo, a pesar de estar todos juntos, cada uno quedó con su propia soledad’.
“Lo miré por un momento y pensé: ¡¿cómo sabe eso?! Pero yo sabía que él tenía razón. Y también me di cuenta de que él tenía una visión de cómo una persona podía superar esta soledad universal.
“Hoy, muchos años después, a veces pienso que el Rebe querría que yo también encontrara este camino...”1
Solo en una multitud
En un nivel elemental, cuando pensamos en la soledad pensamos en la ausencia de interacción humana; el anhelo que sentimos de estar con los demás cuando estamos totalmente solos.
Sin embargo, como experimentó Eini, sentirse solo puede significar algo más profundo que simplemente querer estar con otros humanos. Incluso estando rodeados de muchos amigos, es posible sentirse solo en el viaje de la vida, que nadie está realmente con nosotros, que no hay nadie que realmente sepa y preste atención a lo que está sucediendo dentro de nuestro corazón. A pesar de las mejores intenciones de las personas con las que pasamos tiempo, es posible que todavía sintamos que llevamos la carga de la vida completamente solos.
Al estudiar las cartas del Rebe, parece que abordar esta soledad humana central estaba en el núcleo de su consejo. Procuró proporcionar un antídoto a la tristeza, al vacío –la soledad absoluta y categórica– que tantos soportan. Creía en que llenar este vacío era crítico para volverse un ser humano sano. Como le escribió a un adolescente: No sentirse solo en la vida (con solo contigo de un lado y el mundo entero del otro) es lo más importante de todo. Todo el sentido de plenitud y contentamiento de una persona depende de ello...2
Cuando el Rebe asumió el liderazgo en 1950, el mundo todavía se estaba recuperando de la devastación de la Segunda Guerra Mundial y las atrocidades del Holocausto. Las personas estaban desplazadas y destrozadas, y muchas luchaban por encontrar su lugar –literal y figuradamente– en un mundo que las había tratado con tanta brutalidad. La gente estaba completamente sola. Una carta de 1951, dirigida a una pareja que sobrevivió a la guerra, lo describe: Las tremendas convulsiones de nuestra generación, que destrozaron varios cimientos espirituales y arrancaron a muchos de tradiciones profundamente arraigadas –tanto familiares como nacionales– han hecho que muchas personas se sientan como si estuvieran suspendidas en el aire... Pasan sus días pensando que están solas, y cada una saca conclusiones de estos pensamientos [solitarios] de acuerdo con su propia naturaleza y personalidad individual...3
Aunque el mundo en el que vivimos hoy está muy lejos de los traumas de la primera mitad del siglo XX, estas palabras todavía parecen describir con precisión la experiencia de muchos. A pesar de vivir en una era de conexión continua, las personas se sienten cada vez más aisladas.
Claramente, todos anhelamos algo más que simplemente estar con otros (física o digitalmente). Parece que, en última instancia, “a pesar de estar juntos, cada uno se queda con su propia soledad”.
Entonces, ¿qué puede permitirnos llenar este vacío que nos corroe?
Hay varios enfoques, que van desde el sobriamente práctico (véase el capítulo 11) hasta el profundamente existencial. En este capítulo, exploraremos una respuesta espiritual a esta pregunta tan perpetua.

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