Rabí Shneur Zalman de Liadi, el primer Rebe de Lubavitch, dirigía los servicios de Iom Kipur, el día más sagrado del año. Envuelto en su talit (manto de plegarias), profundamente concentrado en el apego del alma a su origen, cada palabra que pronunciaba era un fuego. Su melodía y fervor transportaban a toda la congregación en el más alto y profundo viaje del espíritu.

De pronto se detuvo, se dio vuelta, se despojó del talit y abandonó la sinagoga. Con toda la congregación confundida siguiéndole, caminó de prisa hacia las afueras de la ciudad, hasta una casa oscura y pequeña de la que emanaba el llanto de un recién nacido.

El Rebe entró en la casa, cortó leña, prendió fuego en el horno, preparó un caldo y atendió a la madre y al niño que yacían desvalidos en la cama. Recién entonces retornó a la Sinagoga y al éxtasis de la plegaria.

(Nótese que el Rebe se quitó el talit (manto de plegarias). Para ayudar al prójimo es necesario abandonar el mundo de la plegaria y la meditación y entrar en el mundo de aquél a quien se ayuda. No es posible asistir al prójimo desde arriba, sino desde adentro).