La porción de la Torá de esta semana se llama Behar, que significa “En la montaña”. Desde el primer versículo, la Torá nos ubica en un lugar muy especial: el monte Sinaí, donde D-os nos entregó las leyes del año sabático (Shemitá):

“Durante seis años sembrarás tu campo, podarás tu viñedo y cosecharás su fruto. Pero el séptimo año será un descanso completo para la tierra, un Shabat para D-os...” (Vaikrá 25:1-7)

Ahora bien, ¿por qué la Torá aclara que estas leyes fueron dadas justamente “en la montaña”? ¿Qué nos quiere enseñar con esa ubicación?

El Shabat... ¿de la tierra?

El año sabático es, para el agricultor, lo que el Shabat es para todos nosotros. Seis días trabajamos y uno descansamos. Seis años se trabaja la tierra, y en el séptimo se la deja en paz. Así como nosotros necesitamos una pausa semanal para recargar energías, la tierra también necesita su tiempo para renovarse.

Pero tanto el Shabat como Shemitá no son solo descansos físicos. Son oportunidades para reconectarnos con lo que realmente importa, para respirar más profundo y darle espacio a lo espiritual, eso que muchas veces queda relegado en la rutina acelerada del día a día.

Desenchufarse para realinearse

En una carta a la comunidad judía antes de Rosh Hashaná de 1965 (5725), el Rebe explica que dedicar tiempo al alma es vital. Nos protege de perdernos en el torbellino del materialismo. Nos ayuda a no quedar atrapados en lo superficial.

Cuando nuestra vida física va por un lado y nuestra vida espiritual por otro, aparece el conflicto. Nos sentimos desalineados, tironeados. Pero cuando el cuerpo y el alma trabajan en sintonía, aparece la armonía. Volvemos a estar en eje. Vivimos mejor.

La lección de la montaña

Y acá es donde la montaña entra en escena.

Una montaña no es otra cosa que tierra que se levanta. Las llanuras son planas, pero de repente, la tierra se eleva. Y eso es exactamente lo que la Torá nos está diciendo que hagamos: elevarnos.

No estamos condenados a lo terrenal. No nacimos para arrastrarnos. Podemos subir. Podemos crecer. Podemos levantar la vista y apuntar más alto. La montaña representa eso: la posibilidad de trascender lo rutinario, lo cómodo, lo bajo. Y es una posibilidad real.

Ser humano = mirar hacia arriba

Recuerdo mis días en la yeshivá de Montreal. Una vez, durante un farbrenguen, el querido rabino Zeev “Volf” Greenglass compartió una imagen que me quedó grabada para siempre. Hablaba de la diferencia entre una vaca y un ser humano.

—La vaca —decía— camina mirando siempre hacia abajo. Su cuerpo está alineado en horizontal, así que su mirada está fija en el pasto. Vive para lo que tiene debajo.

Pero el ser humano camina erguido. Mira hacia adelante. Puede mirar hacia arriba. Puede aspirar a algo más. Y cuanto más miramos hacia arriba, más chico nos parece lo que hay abajo.