Somos todos fragmentos de almas superiores; y esas almas, a su vez, son fragmentos de otras aún más elevadas. Y así sucesivamente hasta llegar a vincularnos con el alma primordial: El alma de Adam.

Nadie entre nosotros es completo. Nadie es autosuficiente. Lo que a uno le falta, lo completa el otro; donde uno se distingue, el otro deja que desear.

Sólo juntos podemos encontrar la unidad en nuestro propio ser. Sólo juntos somos un recipiente adecuado para que el Uno Supremo sea revelado.