Cierta vez, llegué a casa y encontré a mis niños entrando al desván a través de un agujero en el techo, acto que ya había prohibido expresamente por el riesgo implicado. Pero antes de abrir la boca, observé y tomé a cuatro de ellos: Dos que ayudaban a subir a otro, al que subía, y al que sostenía la silla. Fue en ese momento que entendí algo que había escuchado decir al Rebe en varias oportunidades:

Cuando un padre ve a sus hijos trabajando juntos con amor, está dispuesto a perdonarles cualquier cosa.

Es mejor la travesura armoniosa que la obediencia mordaz.

Así es también con el Padre de todos nosotros.

"Es mejor que Me abandonen a Mí", dice Él, "a que se abandonen unos a otros".