En sus últimos años, cada domingo el Rebe permanecía parado durante horas mientras miles de personas, judíos y no judíos, pasaban delante de él, en fila, para recibir su bendición.

El Rebe observaba intensamente a cada persona, directo a los ojos, en un momento de eternidad. Frecuentemente sonriendo o respondiendo a quien había pedido un consejo, siempre daba su bendición o respondía "amén" ante un pedido de la propia persona.

Cada uno recibía de su mano un billete de un dólar para entregar a alguna causa justa de su preferencia.

Todos coincidían en que el espectáculo era totalmente sobrenatural. A medida que la fila iba avanzando, el Rebe estaba con más vitalidad, como si él mismo estuviese recibiendo vida de toda esa gente.

Y cuando finalmente, después de varias horas, la fila llegaba a su fin, el Rebe se dirigía a su secretario personal preguntándole: — ¿No hay nadie más?

Cierta vez, una anciana esperaba su turno sentada en una silla que ella misma desplazaba a medida que la fila iba avanzando. Al llegar finalmente ante el Rebe, no pudo contenerse más y exclamó: — ¡Rebe, soy más joven que Ud…, y tan sólo puedo permanecer sentada..., en cambio Ud. está aquí de pie, saludando a cada uno..., y mire cómo está Ud.!

El Rebe sonriendo le respondió: "Cuando cuentas piedras preciosas, no te cansas".

Preguntaron al Alter Rebe: "¿Qué es más grande: El amor a D-os o el amor al prójimo?".

Y respondió: "El amor al prójimo, porque así amas a quien tu Amado ama".