En una oportunidad, el Tzémaj Tzédek mandó a alguien a transformarse en cebolla.

Se trataba de cierta persona que viajaba de pueblo en pueblo difundiendo el Jasidismo. Pero ahora se había detenido. Todo el entusiasmo en torno a él y todo su talento, argumentó, habían alimentado su ego. Ahora debía trabajar consigo disminuyendo ese aspecto negativo de su carácter.

El Tzémaj Tzédek no mostró piedad: "¡Tú, transfórmate en una cebolla! —exclamó— ¡Pero a los demás enséñales lo que debes enseñarles!"

¿Y por qué una cebolla?

Ponemos una cebolla en la olla, pero no para comerla, sino para darle sabor al pollo y al caldo. Como la cebolla, a veces debes sacrificar tu propio crecimiento personal para que otros puedan crecer.

Y eso es crecimiento.