Entonces… ¿cómo conocí a Jabad? Tal vez la mejor pregunta sea: ¿cómo me encontró Jabad a mí?

Todo comenzó (como les pasa a muchos) con dos estudiantes de ieshivá que entraron un viernes por la tarde a mi lugar de trabajo—una tienda de colchones con muy pocos clientes—y me hicieron una pregunta simple:

—¿Sos judío?

—Sí —respondí.

Y sin dudarlo, dijeron:

—¿Querés que te ayudemos a ponerte tefilín?

Y yo respondí (¡lo recuerdo perfectamente!):

—¿Un tefil-qué?

No tenía idea de qué estaban hablando.

Después de todo, yo crecí en Arlington Heights, un suburbio de Illinois con muy poca infraestructura judía. Sabía que era judío, pero nunca había practicado de forma significativa, nunca fui a una sinagoga, ni tuve bar mitzvá.

Pero ellos eran amables, respetuosos, seguros de sí mismos… y constantes. Volvían, no una vez, ni dos: todos los viernes. Con lluvia o sol, no importaba. No había presión ni segundas intenciones. Esa constancia era algo que nunca había visto.

Con el tiempo conocí al Rabino Kotlarsky, quien dirige Jabad en Arlington Heights, el suburbio de Chicago donde vivo. En ese momento de mi vida, yo no buscaba religión; buscaba respuestas. Así que le hice todas las preguntas difíciles que se me ocurrieron. Pero sin importar cuán desafiante fuera la pregunta, él nunca se frustró, nunca me desestimó, y nunca me hizo sentir como una carga. Solo escuchaba, explicaba y me abría las puertas. Y cuando no sabía la respuesta, iba a buscarla.

Sin darme cuenta, empecé a asistir a cenas de Shabat, a aprender de a poco, a hacer más preguntas… y luego llegaron las festividades.

Nunca voy a olvidar mi primer Purim. Estaba tan entusiasmado que llevé a mi papá conmigo. Él tenía problemas de salud, pero estaba curioso y contento de venir. Y me alegra tanto que lo haya hecho; la pasamos increíble juntos. Nos recibieron con alegría, risas, disfraces… ¡y hasta un momento de tefilín! De parte de un muchacho disfrazado de gallina, que resultó ser uno de los mismos estudiantes de ieshivá que me visitaban cada semana en el negocio.

Brandon observa mientras su padre se pone los tefilín.
Brandon observa mientras su padre se pone los tefilín.

Ese día significó el mundo para mí; todavía conservo las fotos. Porque poco tiempo después, perdí a mi padre.

Él había estado a mi cuidado durante años, y de un día para el otro… ya no estaba. Me sentí devastado, desbordado, sin idea de qué hacer. En el hospital me preguntaron si quería un sacerdote o un rabino. Pedí un rabino, pero no había ninguno disponible. Salí de ese hospital sintiéndome perdido y con miedo.

Empecé a llamar a crematorios, sin saber que eso no era lo adecuado. Solo intentaba mantenerme firme.

Le mandé un mensaje al Rabino Kotlarsky y le conté lo que había pasado.

Su primera pregunta fue:

—¿Tu papá falleció en tal hospital?

Le dije que sí.

Y me dijo:

—Justamente yo soy el rabino de guardia ahí.

Por alguna razón, el hospital no lo había notificado sobre mi padre. Sin embargo, por razones que no logro explicar del todo, ese simple dato me dio paz. Como si, de alguna forma, Di-s se hubiese asegurado de que siguiéramos conectados en ese momento.

Luego me preguntó:

—¿Qué vas a hacer con el funeral?

Le conté que había aceptado seguir adelante con la cremación y la donación de órganos—no sabía qué más hacer—y que no tenía idea de cómo iba a pagar todo.

—¿Tu papá hubiese querido un funeral judío? —me preguntó con suavidad.

—Sí, absolutamente.

Y sin dudarlo, me dijo:

—Entonces eso es lo que vamos a hacer. Yo te ayudo. Lo vamos a resolver.

Para que quede claro: yo solo había visto al Rabino Kotlarsky unas pocas veces. Pero sin pensarlo dos veces, se hizo cargo de todo. Me ayudó a revertir la donación de órganos. Organizó el entierro judío que mi papá merecía. Y me dijo:

—Ahora es tu momento para hacer duelo. Yo me encargo del resto.

Recuerdo que le pregunté:

—¿Por qué me estás ayudando así?

Pensé que tenía que haber alguna condición oculta. Pero él me miró y dijo:

—Esto es lo que hacemos. Porque esto es lo que Di-s quiere que hagamos.

Brandon como voluntario en Jabad.
Brandon como voluntario en Jabad.

El funeral fue hermoso. Y después invitó a toda mi familia extendida a pasar Shabat. Fue cálido, auténtico. Me cambió.

Desde ese día empecé a asistir más seguido a los rezos. Seguí aprendiendo. Seguí preguntando—y recibiendo respuestas. Me hice cercano al Rabino Kotlarsky, a su esposa Jaiky y a su familia increíble.

Desde entonces, encontré también mi lugar en la comunidad de Jabad. Me disfracé de dreidel en Janucá y anfitrión en el Gran Amasado de Matzá.

Un día, el rabino me llamó con una propuesta que jamás me habría imaginado:

—¿Querés viajar a Nueva York? ¿Visitar el Ohel del Rebe, el 770, la oficina del Rebe?

Dije que sí sin pensarlo. ¡Nunca había subido a un avión! Pero estaba listo.

Brandon frente al 770 de Eastern Parkway.
Brandon frente al 770 de Eastern Parkway.

Aterrizamos en JFK, tomamos un micro hasta el Ohel… y te digo, todo el viaje fue significativo, pero nada se comparó al momento en que entré a la oficina del Rebe.

Silencio. Quietud. Fuerza. Santidad.

Y sentí algo que nunca había sentido antes. Como si mi neshamá, mi alma, se abriera como un libro, y alguien—o Algo—leyera sus páginas. No para juzgarme, sino para verme tal como soy.

Me tomó una semana encontrar palabras para describir esa sensación. Aún no la termino de procesar. Pero nunca la voy a olvidar.

Hoy, como parte de la comunidad de Jabad, también doy a los demás. Hace apenas unas semanas, repartía heladitos en la carroza de Jabad en el desfile del 4 de Julio. Fue espectacular.

Nunca me sentí tan conectado, tan vivo, ni tan orgulloso de ser judío.

Estoy orgulloso de decir que encontré mi hogar y mi conexión con Di-s. Y no veo la hora de descubrir hacia dónde me lleva el camino.

Adaptado de un discurso pronunciado en la conferencia 2025 de emisarios de Jabad del estado de Illinois.

Disfrazado como "Hombre Dreidel" en Janucá.
Disfrazado como "Hombre Dreidel" en Janucá.