Se cuenta una hermosa anécdota. Cuando el rabino Shalom DovBer, el quinto Rebe de Lubavitch, era un niño pequeño, lo llevaron ante su abuelo, el Tzemaj Tzedek, para recibir una bendición por su cumpleaños. Apenas entró en la habitación, comenzó a llorar.

Luego de calmarlo, su abuelo le preguntó por qué lloraba. El niño respondió: “En el jéder aprendimos que Dios se reveló a Abraham. ¿Por qué no se revela también a mí?”.

El Tzemaj Tzedek le contestó: “Cuando un judío de noventa y nueve años reconoce que aún debe circuncidarse, entonces merece que Dios se le revele”.

¿Qué nos enseña esta historia?

A veces esperamos milagros, esperamos ver una revelación clara. Pero la tarea del judío es convertirse en un recipiente, estar profundamente entregado a la voluntad de Hashem. Cuando una persona deja de lado su propia voluntad y se dedica sinceramente a cumplir la voluntad divina, su vida se llena naturalmente de claridad y de la presencia revelada de Hashem.

¡Shabat Shalom!
Rabino Eli Levy