La palabra inglesa wise, “sabio”, deriva del vocablo alemán wit, que significa “inteligencia aguda e incisiva”. En el judaísmo, la sabiduría no se define por la agudeza intelectual o incluso por la capacidad de comprender y almacenar gran cantidad de información; en cambio, la sabiduría se entiende por la aptitud para la curiosidad y un genuino deseo de hallar y explorar ideas y perspectivas nuevas. Más que tener el control firme sobre un concepto o tema específico, la sabiduría es más como una palma abierta dando la bienvenida a nuevos conceptos más allá de lo que uno haya alcanzado previamente. En palabras del profesor Adam Grant, autor bestseller, en su libro Piensa de nuevo: “Si el conocimiento es poder, saber lo que no sabemos es sabiduría”.
La Mishná1 enseña: “¿Quién es sabio? El que aprende de todos”. Típicamente, pensamos en una persona inteligente como alguien de quien la gente busca aprender en lugar de alguien que busca aprender de los demás. Al definir al sabio como alguien que está perpetuamente abierto a aprender más en lugar de como un perito ya constituido, la Mishná democratiza lo que se considera propiedad exclusiva de unos pocos poniendo las llaves de la sabiduría en manos de las masas, ya que todos pueden aprender algo de otro. Desde esta perspectiva emerge un vínculo claro entre sabiduría y humildad.
Por ejemplo, nada menos que una figura de la talla de Moisés es descripta en la Torá2 como “el más humilde de los hombres”.
De hecho, fue la disposición de Moisés para aprender de todos y de todo lo que le hizo detenerse en su camino por el desierto para preguntarse por lo que parecía un mero arbusto en llamas. Y fue su ardiente curiosidad la que le calificó para ser elegido como el mayor líder del judaísmo, afectuosamente referido por todos los judíos como Rabenu, “nuestro maestro”, hasta el día de hoy.
La centralidad de la curiosidad en la definición de “sabiduría” está aludida en la palabra hebrea para significar “sabiduría”: jojmá. El Zóhar3 señala que jojmá es un compuesto de dos palabras: koaj y má, que significa el poder (koaj) de preguntar “¿qué?” (má): la capacidad de ser humilde e inquisitivo.
De hecho, el pensamiento judío no solo tolera las preguntas, las celebra.
El Séder de Pésaj, por ejemplo, es un verdadero banquete de preguntas. El propósito del Séder en sí se presenta en la Torá4 como la respuesta del padre a la pregunta de su hijo: “Y acontecerá que cuando tus hijos pregunten: ¿Qué es este servicio para ustedes?”.
Curiosamente, la Torá dice: Cuando tu hijo pregunte”, en vez de “si preguntase”, ya que de eso se trata la educación judía: desarrollar el arte de formular preguntas significativas.
Cierta vez le preguntaron al Premio Nobel de Física, Isidor Rabi, cómo fue que devino científico. Él respondió: “Mi madre me hizo científico sin siquiera saberlo. Todos los demás niños volvían de la escuela y en casa les preguntaban: ‘¿Qué aprendiste hoy?’ Mi mamá, en cambio, solía preguntarme: ‘Izzy, ¿hiciste alguna buena pregunta hoy?’ Fue eso lo que marcó la diferencia”.
Preguntar y cuestionar es fundamental para la cultura y la conciencia judías.
De la misma manera que los esquimales tienen múltiples palabras para describir las sutiles diferencias entre los tipos y texturas de nieve, el Talmud emplea una amplia gama de palabras para describir diferentes tipos y calidades de preguntas.
En palabras de R. Adin Steinsaltz:5 “No es coincidencia que el Talmud contenga tantas expresiones que denotan pregunta, que van desde consultas destinadas a satisfacer la curiosidad hasta preguntas que intentan socavar la validez del tema en debate. El Talmud también diferencia entre una consulta fundamental y una investigación menos trascendental, una pregunta de base y una consulta secundaria”.
Por lo tanto, en el judaísmo, la sabiduría no se mide por cuánto ya sabes, sino por cuánto estás dispuesto a aprender.6
Tal enfoque, conforme al profesor Grant, favorece la curiosidad sobre la indiferencia, la duda sobre la certeza y la humildad sobre el orgullo.
“Cuando el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi estudió a científicos eminentes como Linus Pauling y Jonas Salk, concluyó que lo que los diferenciaba a ellos de sus pares era su flexibilidad cognitiva, su disposición a pasar de un extremo a otro según lo requiriese la ocasión...
“Incluso podemos ver [este patrón] en el Despacho Oval.
“Los expertos evaluaron a los presidentes estadounidenses según una larga lista de rasgos de personalidad y los compararon con clasificaciones de historiadores y politólogos independientes. Después de haber evaluado factores como años en el cargo, guerras y escándalos, sólo un rasgo predijo consistentemente la grandeza de los presidentes... Lo que distinguía a los grandes presidentes era su curiosidad intelectual y apertura... Estaban interesados en escuchar nuevos puntos de vista y revisar los antiguos. Veían muchas de sus políticas como experimentos para ejecutar, no como puntos para sumar”.7
Curiosamente, el Talmud8 enseña que, aunque la Escuela de Shamai, una renombrada escuela de pensamiento rabínico, era conocida por contar entre sus adeptos con mentes más agudas y realizar análisis más incisivos que sus colegas de la Escuela de Hilel, la ley sigue casi exclusivamente la línea de Hilel. El Talmud explica que ello se debe a que los sabios de la Escuela de Hilel “eran amables y modestos, estudiaban tanto sus propias decisiones como las de la Casa de Shamai, e incluso eran tan humildes como para citar las enseñanzas de la Casa de Shamai antes que las propias”.
En otras palabras, se consideraba que la perspicacia de la Casa de Hilel era más refinada porque se tomaban el tiempo de considerar e incorporar el análisis de la oposición en sus propios puntos de vista.
Esta expresión de humilde receptividad validó sus decisiones y fallos sobre asuntos de la Torá, porque revelaba su compromiso de escuchar y aprender de otros además de ellos mismos. Esto, según el judaísmo, es la definición misma de sabiduría.
En contraste, la Escuela de Shamai era conocida por sus debates agresivos.
El Talmud9 cuenta un trágico incidente “comparado al día en que los israelitas hicieron el Becerro de Oro”, en el que miembros de la Escuela de Shamai se pararon con lanzas en la entrada del ático de Janania ben Jizkia ben Gurion, donde estaban reunidos todos los grandes Sabios de Israel. Según el Talmud de Jerusalén10 , incluso amenazaron con asesinar a esos Sabios a quienes mantenían como rehenes, para asegurar que la ley quedase promulgada de conformidad con su punto de vista.
Las obstinadas pretensiones de posesión exclusiva de la “verdad” son precisamente lo que nos cierra el camino al aprendizaje. Quien toma tal postura podrá ser inteligente, pero según el pensamiento judío no es sabio.
Esencialmente, el judaísmo considera la sabiduría más como un rasgo de carácter que como una habilidad o logro intelectual. En Pirkei Avot (Ética de Nuestros Padres), la Mishná enumera siete características de una persona sabia:11 1) no habla ante alguien que sea más sabio que él; 2) no interrumpe cuando otros están hablando; 3) no se apresura a responder; 4) formula preguntas relevantes y responde concretamente; 5) responde en orden: primero lo primero; y último, lo último; 6) con respecto a lo que no sabe, reconoce “no lo sé”; 7) reconoce la verdad.
Ninguna de las características mencionadas describe habilidades intelectuales específicas. Todas son características de una predisposición de humildad y receptividad, cuya expresión es testimonio de la profundidad de la sabiduría de alguien.
Paradójicamente, a lo largo de la literatura judía, a un erudito se le denomina talmid jajam: no un erudito, sino un “estudiante sabio”. Generalmente, se entiende que el estudiante y el sabio desempeñan roles diferentes: el estudiante busca adquirir sabiduría, mientras que el sabio ya ha acumulado cierta medida de conocimiento que luego puede transmitir a otros.
Al definir al sabio como un estudiante, el judaísmo nos enseña que para ser considerado sabio uno debe permanecer perpetuamente receptivo y abierto a nuevos conocimientos. Simplemente: cuando una persona está llena de sí misma, carece del espacio requerido para recibir nueva sabiduría.
En palabras del Talmud:12 “Un recipiente lleno no puede recibir”.
La persona que se define a sí misma por sus conocimientos previos se confina a ellos y, por lo tanto, no está disponible para la afluencia de nuevas ideas.
Una ilustración de esta idea se encuentra en una conmovedora viñeta talmúdica:13 El sabio R. Zeira una vez se autoimpuso un riguroso ayuno de cien días para eliminar activamente décadas de estudio del Talmud babilónico de su mente en preparación para estudiar el Talmud de Jerusalén, que emplea paradigmas y procesos marcadamente diferentes en aras de la interpretación del texto y la tradición judía. Para aprender aquel nuevo método de estudio, primero tuvo que eliminar su vieja biblioteca, por así decirlo.
Normalmente, pensamos en el conocimiento como información acumulativa: cuando se domina una idea o disciplina, la misma sirve como base sobre la cual es dable aprender otra. Esto suele ser cierto. Sin embargo, hay ocasiones en las que conceptos o métodos preexistentes llevados a un nuevo campo de investigación o descubrimiento bloquean la capacidad de uno para hallar un nuevo conocimiento, lo que limita la experiencia de la verdadera profundidad y dimensionalidad de la nueva idea que está allí, esperando ser descubierta.
Es por esto que R. Zeira sintió la necesidad cierta de borrar de su mente el método babilónico de estudio del Talmud, para evitar que su formación previa contaminase el enfoque de la nueva línea de pensamiento en el estudio del Talmud de Jerusalén
Este episodio de R. Zeira ofrece una profunda enseñanza sobre cómo debemos abordar el estudio. En lugar de ver el aprendizaje continuo como un proceso de empoderamiento de las creencias y concepciones, el enfoque ideal de la educación se caracteriza por dejar ir lo que uno ya “sabe” para dar lugar a considerar nuevos paradigmas y perspectivas libres de sesgos y preconceptos.
La idea de que la curiosidad es la piedra angular de la sabiduría es lo que da forma al novedoso enfoque de estudio en el judaísmo. La sociedad ve cada vez más el aprendizaje en términos utilitarios, como un medio para adquirir conocimientos y dominio en algún tema o habilidad en particular. El judaísmo valora el aprendizaje, no como un medio para un fin, sino como fin en sí mismo. Como expone la Mishná:14 “R. Meir solía decir: quien estudia Torá por el estudio mismo merece muchas cosas; además, [la creación de] todo el mundo vale la pena solo por él”.
De hecho, la tradición judía considera el estudio en sí mismo, al igual que la plegaria, una forma de práctica espiritual diaria y obligación religiosa. Como expone la Escritura:15 “La Torá no se apartará de tu boca; la estudiarás día y noche”. En consecuencia, el aprendizaje nunca culmina; cada momento y encuentro presenta su propia revelación potencial.
Normalmente, la conclusión de un manuscrito se marca con la palabra “fin” o alguna expresión similar, dando una nota de culminación. Sin embargo, en el Talmud, al final de cada capítulo y de cada tratado se halla una declaración que comienza con las palabras, hadran alaj, “Volveremos a ti”.
Esta declaración de intención subraya el concepto de que, al completar un tratado, no lo consideramos como algo que hayamos aprehendido en su totalidad, porque la Torá es infinita. Como solía decir el Sabio talmúdico Ben Bag Bag:16 “Dalo vuelta y vuélvelo a dar vuelta, porque todo está en él”. ¡No es tanto una declaración de despedida sino de ¡au revoir!
Esto es emblemático del enfoque del judaísmo hacia el aprendizaje en general, que, en última instancia, es no enfocarse en qué tan lejos has llegado, sino reconocer y apreciar el viaje de descubrimiento interminable que yace por delante.
El Concepto
En el judaísmo, la sabiduría no se mide por cuánto sabes, sino por cuánto estás dispuesto a aprender.
Sucedió Una Vez
Un gran sabio tenía una hija en edad de casarse y estaba buscando un yerno adecuado. Fue a la yeshivá más importante de la región y planteó una pregunta, apostando a que el estudiante que fuese capaz de responderla sería el candidato para casarse con su hija. Sin embargo, ningún estudiante pudo llegar a la respuesta. Cuando el sabio estaba dejando la ciudad, el conductor del carro escuchó a un joven que lo llamaba mientras corría hacia el carruaje. Se detuvieron y resultó ser uno de aquellos jóvenes de la yeshivá.
—¿Qué necesitas? —preguntó el sabio al joven
—Perdón…, ¿y cuál es entonces la respuesta a la pregunta que usted nos ha formulado en la yeshivá?
—Bien —dijo el sabio aliviado— ¡este estudiante será mi yerno! —y procedió a decirle la respuesta.
Escribe tu comentario