En honor al bar mitzvá de nuestro hijo, viajamos desde Brooklyn hasta Chautauqua, en el extremo opuesto del estado de Nueva York, donde dirigimos un Beit Jabad en las temporadas de verano. Planeábamos salir el jueves por la tarde (un viaje de 7 a 8 horas) con un tráiler cargado de provisiones kosher, llegar por la noche, descargar y organizarnos, dejándonos así un viernes completo para prepararnos para lo que sería un Shabat muy intenso y la celebración del bar mitzvá.

Todo transcurrió sin problemas hasta nuestra última parada, cuando mi hija menor, Rivka, tropezó y se lastimó la mano.

La mañana del viernes fue un torbellino. Mientras mi esposo daba una clase de Cabalá, yo preparaba masa para un taller de jalá. Por delante teníamos una cena comunitaria de Shabat, un Kiddush completo después de los rezos, y una celebración festiva de bar mitzvá el sábado por la tarde. Sabía que me esperaba una experiencia intensa e ininterrumpida en la cocina hasta el encendido de las velas.

Sabiendo lo tarde que nos habíamos acostado (o que directamente no dormimos), no me sorprendió que Rivka durmiera sin interrupciones hasta entrada la tarde. Cuando finalmente entró en la cocina, me dijo que la mano todavía le dolía. Entre los invitados que llegaban estaba el Dr. Baum, médico de sala de emergencias. Le envié un mensaje rápido y minutos después estaba en la cocina con nosotros. Su diagnóstico fue inmediato: estaba seguro de que tenía la muñeca rota.

Mi cabeza empezó a dar vueltas. Una muñeca rota significaba un viaje al centro médico más cercano, horas de espera y la complicada logística de regresar en Shabat. ¿Cómo iba a terminar toda la cocina y los preparativos?

Mientras yo entraba en una espiral de planes “imposibles”, el Dr. Baum permanecía tranquilo. “No te preocupes”, dijo. “Déjame ver qué puedo hacer. Yo me ocupo de ella”.

Un rato después, las mesas del comedor estaban hermosamente preparadas de pared a pared. El Dr. Baum regresó con un paquete misterioso, y con solo 30 minutos antes del encendido de las velas, extendió periódicos en el suelo, sacó un kit de yeso y comenzó a enyesar el brazo de Rivka. Ella levantó la mirada con la sonrisa más luminosa y aliviada que había visto.

Entonces el Dr. Baum contó la historia detrás de todo.

Hace casi 40 años, él era el médico del Camp Stone, a unos 30 minutos de distancia. En ese entonces, había imaginado exactamente esta situación: un campista lesionado en la víspera de Shabat, lejos de un hospital. Preparó un kit de yeso, esperando poder evitarle a alguien ese estrés, pero, gracias a Di-s, nunca tuvo que usarlo.

Cuando le mostré la lesión de Rivka, recordó ese kit. Condujo hasta el campamento, preguntándose si una caja dejada allí hacía cuatro décadas aún existiría después de años de renovaciones y cambios de personal. Sorprendentemente, la caja seguía allí, sin abrir y sin tocar, esperando cumplir su propósito 40 años después.

Esta experiencia me recordó una conocida enseñanza del Talmud1 que explica que Di-s considera una buena intención como si fuera una acción realizada. El sexto Rebe, Rabí Iosef Itzjak Schneerson, amplió este concepto en un discurso jasídico:

Cuando una persona tiene la intención de hacer algo en relación con el estudio de la Torá, el cumplimiento de mitzvot o el desarrollo de buenas cualidades, y lo desea con todo su corazón y todas sus fuerzas, Di-s dispone las cosas mediante la Providencia Divina para que esa intención llegue a concretarse.2

Me maravilló ver cómo la bondad que el Dr. Baum había tenido la intención de realizar décadas atrás finalmente se completó a través de Rivka.

Recientemente vimos este mismo principio a escala global.

Como todo Israel, esperamos con angustia el regreso de nuestros hermanos y hermanas retenidos en Gaza. Segev Kalfon, quien sobrevivió 738 días de cautiverio, compartió más tarde lo que pensaba mientras estaba en un túnel subterráneo. Le mostraron imágenes de rehenes obligados a participar en liberaciones humillantes con fines propagandísticos, y él se prometió que, si alguna vez era liberado, subiría a ese escenario y proclamaría con orgullo “Shema Israel” con toda su alma.

Cuando finalmente fue liberado en octubre de 2025, esas escenas ya no se realizaban, pero Di-s había guardado esa intención. Este año, en el Shabbaton de CTeen en Nueva York, casi 5.000 adolescentes judíos se reunieron en Times Square. Segev fue invitado al escenario. Allí, frente al mundo, su deseo se hizo realidad. Lideró a miles de voces en una proclamación pública y poderosa de fe: “Shema Israel Hashem Elokeinu Hashem Ejad”.

Ambas historias son un recordatorio impactante: Di-s considera una intención sincera como una acción real, y se asegura de que cada deseo profundo encuentre su forma de cumplirse.

Este artículo está dedicado a mi madre, Rebbetzin Tzivia Miriam (Gurary) bas HaRav Yitzjak HaCohen obm, en ocasión de su vigésimo iortzait.