Estimados lectores:

En nuestra parashá leemos que Pinjás fue recompensado por Di-s con un pacto de paz, como quien le debe un favor. Pinjás actuó con firmeza: atravesó con una lanza al líder de la tribu de Shimón y a una princesa midianita, quienes profanaban abiertamente el campamento, generando caos y desmoralización.

A primera vista, que Pinjás haya sido premiado podría dar la impresión de que a Di-s le complace la violencia o la justicia por mano propia. Pero sabemos que no es así. Las leyes de pena capital en la Torá son sumamente estrictas: requieren pruebas claras, dos testigos presenciales y la sentencia de un tribunal de 23 jueces.

Entonces, ¿cómo entender este episodio? Si Pinjás actuó en contra de la ley, no debería haber sido premiado. Y si fue recompensado, ¿no estaría eso justificando una actitud extremista?

Vivimos en una época en la que los extremismos —políticos, religiosos, ideológicos— están a la orden del día. Muchas veces, quien piensa diferente es deshumanizado, y esa deshumanización justifica pisotearlo o destruirlo. A simple vista, Pinjás podría parecer un fanático, alguien muy alejado del ideal de paz que promueve la Torá. ¿Por qué entonces la Torá lo exalta?

El libro de Mishlei nos recuerda: “Hay un tiempo para amar y un tiempo para odiar; un tiempo de guerra y un tiempo de paz.” La Torá no propone vivir en guerra constante ni aferrarse al odio. Pero sí reconoce que hay momentos extraordinarios que requieren acciones extraordinarias.

Pinjás no actuó por ideología, ni por fanatismo. Actuó por celo puro por el honor de Di-s, en un instante de crisis que amenazaba con destruir al pueblo. Y por eso la Torá lo recompensa: “Desvió Mi furia de sobre los hijos de Israel… y no los destruí.”

El fanático pelea siempre, incluso cuando no hace falta. El hombre de paz sólo toma medidas drásticas cuando no queda otra alternativa, y lo hace para evitar un daño mayor. Por eso, precisamente, el premio de Pinjás fue un pacto de paz.

¡Shabat Shalom!

Rabino Eli Levy