Esta semana leemos en la Torá acerca de los Diez Mandamientos y el momento de la entrega de la Torá, probablemente uno de los acontecimientos más importantes de la historia de nuestro pueblo. Sin embargo, la parashá que relata este suceso lleva un nombre sorprendente: Itró, el suegro de Moshé.

Itró no era parte del pueblo judío. La Torá lo describe como un sacerdote de la idolatría, un hombre culto que conocía y había explorado profundamente todas las formas de culto pagano de su tiempo. Surge entonces una pregunta poderosa: ¿cómo es posible que el momento de máxima revelación divina, la entrega de la Torá en el Sinaí, sea relatado en una porción que lleva el nombre de alguien proveniente del mundo de la idolatría?

El mensaje está precisamente allí. La Torá no es solo una revelación destinada a los justos ni una herencia exclusiva y cerrada para un grupo espiritual elevado. Por el contrario, la Torá tiene la misión de transformar incluso aquello que se encuentra en lo más bajo, en lo más oscuro y aparentemente alejado de la santidad.

Cuando una persona que estuvo inmersa en la idolatría logra reconocer la verdad divina, allí la Torá revela su verdadero sentido. Su propósito es generar una transformación profunda: de la oscuridad a la luz, del ocultamiento a la revelación, del egoísmo desenfrenado al altruismo y a la entrega a lo trascendente.

Para eso Dios nos dio la Torá: para revelar lo más elevado precisamente en los lugares más ocultos, en aquellos espacios a los que ni siquiera los ángeles pueden acceder. Allí es donde la Torá es verdaderamente necesaria y donde su luz puede manifestarse con mayor fuerza.

Shabat Shalom,
Rabino Eli Levy