Los milagros son la narración, en letras pequeñas, de la misma historia escrita a lo largo de toda la creación con letras demasiado grandes como para que algunos de nosotros podamos verlas.1

La propensión humana a dar por sentadas las maravillas es verdaderamente asombrosa. Constantemente tratamos de hallar patrones de fenómenos, agrupando eventos o personas, y explicándolos para ayudarnos a simplificar y darle sentido a la vida. Como resultado, tendemos a pasar por alto la extraordinaria realidad que se despliega ante nosotros.

La palabra naturaleza deriva del latín nat, que significa “nacido”. Esta concepción de la naturaleza se basa en la teoría de que las cosas son como son porque fueron creadas así y, por lo tanto nunca pueden cambiar. Esta mentalidad mecanicista apaga la curiosidad, el asombro y la emoción al restar importancia a la singularidad de cada momento y de cada encuentro. Como lo refleja la expresión: “Es lo que es”.

En contraste, la palabra hebrea para naturaleza, teva, significa “sumergido”, como en la frase tub’u baiam,2 sumergido en el mar”. Cuando estás parado a orillas del mar y contemplas los kilómetros de agua que tienes ante ti, todo se ve igual hasta donde alcanza la vista. Lo que no ves es un mundo submarino completo que bulle con infinidad de diferentes formas de vida que expresan una diversidad biológica aún mayor que la de tierra firme. Desde la perspectiva del judaísmo, la realidad en sí es como el mar: solo cuando uno se sumerge y se involucra por completo puede apreciar el maravilloso mundo rico en vida que se oculta bajo su superficie.3 En otras palabras, la verdadera naturaleza de la realidad permanece oculta, esperando ser descubierta si tan solo nos aventurásemos desde la seguridad de la orilla a bucear en sus mayores profundidades.

Para comprender la realidad de la naturaleza, primero debemos comprender la naturaleza de la realidad. Un breve resumen de la comprensión cabalística de la creación será útil para este fin.

Al principio, solo existía Di-s; nada más existía, y nada más podía existir sin comprometer la esencial singular de Di-s. Dado que Di-s es un ser infinito, nada existe fuera de Di-s.

Por lo tanto, para crear el mundo, el Creador contrajo y ocultó Su presencia para hacer espacio a fin de que la creación pudiera existir. Sin embargo, a la vez, esto creó un velo virtual de separación entre el Creador y la creación, permitiendo que el universo experimentara su propia existencia independiente. Debido a esta dinámica, uno puede observar el universo y no discernir inmediatamente su Origen divino y Fuente de vida. Este estado de cosas nos lleva a tomar la naturaleza y la realidad al pie de la letra, sin mirar más allá de su fachada para determinar su sustancia y significado más profundos.

Curiosamente, en el misticismo judío, los diversos nombres de Di-s representan diferentes permutaciones de la energía Divina. La Fuerza del ocultamiento de la presencia de Di-s para hacer espacio para que el orden natural exista se denomina con el nombre Elokim. Este es el nombre particular de Di-s mencionado al comienzo del Libro de Génesis al describir la creación del universo. El valor numérico de las letras hebreas de la palabra Elokim (ochenta y seis) es el mismo que el valor numérico de las letras que componen la palabra hateva (“la naturaleza”).4 El rol de Elokim en la creación es precisamente introducir el elemento del ocultamiento, canalizando y camuflando simultáneamente las corrientes milagrosas que traen la realidad a la existencia. Paradójicamente, Elokim orquesta y a la vez oscurece todas las pistas visibles sobre el origen Divino de nuestro universo en el proceso de su manifestación.5

El misticismo judío, por lo tanto, ve a la naturaleza como una serie de milagros6 que se recrean perpetuamente a cada instante,7 pero nunca exactamente igual que antes.8

Esta comprensión de la realidad ciertamente no es la norma, pero está disponible para aquellos que la buscan. Por ejemplo, cuando una hélice gira lentamente, su movimiento y partes constituyentes son obvios para el observador, pero a medida que gira más y más rápido, su movimiento continuo deja de ser evidente; es solo una borrosidad.

Las enseñanzas del judaísmo nos ayudan a ralentizar la frenética borrosidad de la vida, sensibilizándonos para ver debajo del tapiz de la naturaleza y en sus milagrosas profundidades. De hecho, muchas oraciones y prácticas judías están diseñadas precisamente para este propósito.

Por ejemplo, cuando nos despertamos por la mañana, recitamos una plegaria9 para expresar nuestra gratitud a Di-s por el regalo de un nuevo día, que debido a la continua frecuencia con que se produce pasa desapercibido y es infravalorado. Ciertamente, si hay algo que damos por sentado más que cualquier otra cosa, es la bendición de la vida que recibimos nuevamente cada día.

Tras este momento de despertar consciente, lo más probable es que debamos hacer uso del toilette después de una larga noche de sueño; y así, pues existe también hay una bendición especial para tal caso.10 De acuerdo con la tradición judía, el mero hecho de acudir al baño es motivo de celebración espiritual y sincero agradecimiento por el maravilloso funcionamiento de nuestro cuerpo.

Donde muchas tradiciones religiosas desdeñan al cuerpo en favor del alma, el judaísmo nos guía a volvernos más, y no menos, conscientes del funcionamiento del cuerpo, porque realmente son expresiones del mismo Creador. Como expresa el versículo: Desde mi carne percibiré a Di-s.11

Además, más adelante en la liturgia matutina de las plegarias diarias, hay varias bendiciones por medio de las cuales expresamos nuestro agradecimiento a Di-s por nuestra visión renovada, vitalidad, movilidad, capacidad de discernimiento y otras numerosas habilidades físicas12 que con tanta frecuencia damos por sentado, así como bendiciones sobre los alimentos que ingerimos y fragancias que disfrutamos. Es más, el judaísmo tiene bendiciones únicas para cuando nos encontramos ante una exquisita belleza, una sabiduría extraordinaria y diferentes fenómenos naturales como truenos, relámpagos, arco iris, árboles florecientes y la vista del océano. En otras palabras, casi todo lo que experimentamos físicamente o ingerimos es una oportunidad para recordar y conectarnos con la fuente del ser esencial de todo ello y de nosotros mismos.

Lo que las bendiciones son para la naturaleza y la experiencia concreta, las festividades judías lo son para el tiempo. A diferencia de ver la historia como un cúmulo de coincidencias aleatorias al viento”,13 el calendario judío revela el hilo oculto de la Presencia Divina y la providencia en el entramado de las cuestiones mundanas. Además, así como el propósito de las bendiciones es generar una conciencia intrapersonal de lo Divino dentro de cada individuo, las festividades judías sirven para cultivar una experiencia interpersonal de lo Divino mientras nos reunimos para celebrar con nuestras familias y comunidades. Janucá lleva esto un paso más allá, pues los Sabios del Talmud nos indican participar en actos de pirsumei nisa, esto es acciones difundir el milagro de Janucá al mundo en general.14 Este es solo un brillante ejemplo entre muchos de la misión esencial del pueblo judío, que es iluminar al mundo con la luz de lo Divino, revelando para que todos vean que lo que normalmente percibimos como naturaleza mundana no es nada menos que milagroso.

El Concepto

El judaísmo ayuda a disipar la ilusión de un orden natural autónomo, revelando la Presencia Divina dentro de todo y de todos.

Sucedió Una Vez

El Washington Post informó una vez sobre un experimento social creativo llevado a cabo en una concurrida estación de metro en Washington DC: Joshua Bell, uno de los mejores violinistas de concierto del mundo, interpretó las más renombradas piezas de Bach durante cuarenta y cinco minutos en un violín valuado en tres millones y medio de dólares. Miles de personas pasaron por allí, pero tan solo siete se detuvieron a escuchar, y, aun así, solo por unos momentos. ¡Dos noches antes, la presentación de Joshua en el Teatro de Boston estaba agotada, con entradas que costaban un promedio de cien dólares cada una!

Cada día nos encontramos rodeados de la música más hermosa jamás interpretada, por el mejor músico que haya existido, en los instrumentos más finos jamás creados. Para escuchar tal exquisita música dentro de nuestro mundo, todo lo que necesitamos hacer es pausar y prestar atención al Divino Compositor detrás de todo.

Esta forma de ver el mundo está bellamente plasmada en una historia sobre Rabi Baal Shem Tov, el padre del movimiento jasídico. Un día, mientras el Rabi Baal Shem Tov caminaba por el bosque con sus estudiantes, señaló una hoja que acababa de caer de un árbol, flotando hacia abajo para descansar en el polvoriento camino bañado por el sol. Rabi Baal Shem Tov dijo a sus alumnos que esa hoja cayendo del árbol en ese momento particular y en ese lugar específico estaba orquestado por Di-s. Les pidió a sus alumnos que levantaran la hoja del suelo… y pudieron ver que allí yacía un gusano muriendo por el calor del verano; la hoja caída había restaurado su fuerza brindándole protección del abrasante sol.

La Providencia de Di-s gobierna cada creación, incluso la más ínfima y minúscula. Incluso esa hoja caída, arrojada por el viento, es expresión y cumplimiento de la compasiva orquestación de Di-s.