Una de las características primordiales que compartimos como seres humanos es la búsqueda de ese algo especial que llamamos felicidad. O alegría. O serenidad. Y sin embargo, para muchos de nosotros, puede parecer perpetuamente escurridizo.
Nos decimos a nosotros mismos, “cuando mi situación se acomode (cuando me asciendan en el trabajo... cuando tenga una familia propia... cuando mis hijos crezcan...), entonces es cuando finalmente experimentaré la felicidad. ¿Pero ahora? No. El presente está demasiado roto para que la felicidad sea posible”.
La sabiduría judía, sin embargo, ofrece una perspectiva diferente.
Escoge de la mezcla
Cuando personas acudían al Rebe sintiéndose deprimidas por las dificultades de sus vidas, él a menudo les recordaba la enseñanza cabalística de que todo en este mundo está compuesto de bien y mal1. Nuestra vida personal no es una excepción. Esa vida perfecta, cuya apariencia podría ocupar nuestra imaginación y amplificar todo lo que nos está faltando, en realidad no existe. Como lo expresa una carta:
Desgraciadamente, la vida humana en este mundo no está exenta de diversos factores que provocan infelicidad, y esto es universal, aunque las causas varíen. En algunos casos, son los niños; en otros, la salud; en otros, el sustento; y así sucesivamente. Ir por la vida en completa felicidad no está en el destino del hombre2.
Teniendo en cuenta esta realidad, la verdadera frontera para lograr la felicidad duradera está en los ámbitos internos de nuestra mente, no en las circunstancias de nuestra vida. No importa cuán grande sea nuestro estado de cosas, siempre habrá algo por lo que sentirse deprimido. El camino principal hacia la felicidad es, por lo tanto, entrenar proactivamente nuestra mente para que se concentre en el bien.
“A pesar del tono y el contenido [de su carta]”, dice una carta de 1960 a una mujer que escribió sobre sus sombríos sentimientos sobre la vida,
no he perdido, Di-s libre, la esperanza de que eventualmente vea lo bueno en la vida, incluido lo bueno en su propia vida y, además, que también lo sienta en su corazón. Esto es especialmente cierto considerando la enseñanza jasídica de que en nuestro mundo todo está compuesto de bien y mal, y los seres humanos deben elegir qué aspectos enfatizar, contemplar y perseguir. En la vida de todos hay dos caminos: ver el bien o [ver lo contrario]...
No hace falta decir que mi intención no es insinuar que alguien merezca sufrimiento, Di-s no lo quiera. Mi énfasis es simplemente subrayar la realidad: el tipo de vida que vivimos, ya sea llena de satisfacción y significado o lo contrario, depende en gran medida de nuestra voluntad, la que dicta si nos centramos en lo positivo o en lo negativo3.
Lo bueno merece más atención
Centrarse en lo positivo es obviamente sensato desde una perspectiva pragmática: el resultado final es un tú más feliz. Pero la Cabalá explica que una evaluación objetiva también lo requiere. Sí, todo en el universo, incluso nuestra vida personal, contiene tanto lo bueno como lo malo. Pero estas dos fuerzas no son iguales. El bien, enseña la Cabalá, es inherentemente real y por lo tanto ilimitado y eterno. El mal, por otro lado, está distante de la esencia de la existencia y en última instancia es pasajero. Por lo tanto, en la escala objetiva de la realidad, lo que es verdaderamente bueno en nuestra vida supera a lo malo en proporciones infinitas.
La carta de 1960 continúa:
Si esto [el imperativo de enfocarse en lo bueno dentro de la mezcla de lo bueno y lo malo de la vida] le habla a cada individuo, cuánto más lo hace para un miembro del pueblo judío, que cree firmemente en la eternidad del alma, lo que significa la eternidad de lo espiritual, lo que significa el triunfo total del bien. Porque es imposible que algo fugaz y transitorio no sea superado por completo por lo verdaderamente existente y eterno; ni siquiera hay comparación entre ellos4
Incluso cuando los componentes negativos de nuestra vida son terriblemente dolorosos (por ejemplo, una gran decepción profesional o el fallecimiento de un ser querido), sin embargo, los verdaderos tesoros de la vida (digamos, nuestros logros positivos o nuestras relaciones significativas, incluso con las almas de nuestros seres queridos fallecidos) son resistentes y eternos. Lo malo, por angustioso que sea, al final será sobrevivido por lo bueno.
La siguiente carta, escrita en relación con Rosh HaShaná (el Año Nuevo Judío), utiliza este principio para abordar el abatimiento que puede asentarse cuando medimos el bien que hemos logrado frente a nuestros fracasos y oportunidades desperdiciadas. Después de señalar que nuestra mente tiende a exagerar nuestros defectos y faltas (mira el capítulo 9 para más sobre esto), el Rebe continuó:
Es posible, sin embargo, que incluso sin exagerar, el “balance” pueda revelar que el lado de los pasivos es bastante sustancial, tal vez aun superando el lado de los activos.
Pero incluso en tal caso, no debe haber lugar para el desaliento. Porque junto a los sentimientos de sincera teshuvá (arrepentimiento) y una firme resolución de cambiar para mejor, lo que debe ser el resultado necesario de tal balance personal, hay un rasgo alentador en la conducta general del hombre, que debe tenerse en cuenta en este momento.
Este es que toda acción positiva y buena, positiva y buena de acuerdo con las definiciones de nuestra Torá, la Ley de Vida, es indestructible y eterna, al estar conectada y derivada de la chispa Divina que hay en el hombre, la neshamá [alma], que es eterna; mientras que cualquier acción negativa y destructiva, al estar conectada y derivada del néfesh habahamit [alma animal] y el iétzer hará [la Inclinación al Mal] en el hombre, que es esencialmente limitada y transitoria, es igualmente de naturaleza temporal y transitoria, y puede y debe ser corregida y totalmente eliminada mediante un arrepentimiento sincero y adecuado.
Teniendo esto en cuenta, todos, independientemente de lo que revele su “balance” personal, encontrarán aliento y esperanza renovada en el futuro, sabiendo que sus buenas acciones del año pasado son eternas, como lo son la luz y el beneficio que estas acciones trajeron a su propia vida, así como a [la de] su familia y a todo nuestro pueblo5.
Apreciar este principio nos permite ver nuestro pasado y presente bajo una nueva luz. Esta carta a un abuelo lo expresa sucintamente:
Incluso según su propia evaluación, los aspectos positivos de su vida son de una importancia incomparablemente mayor que los asuntos que temporalmente no son como deberían ser. Y cuando un comerciante hace una evaluación, no valora cada ítem por separado; más bien, evalúa el balance general del inventario6.
Empieza con nada
La humildad es un prerrequisito para la alegría, solían enfatizar los primeros maestros jasídicos7.
Cuando evaluamos nuestra vida, a menudo se pasan por alto nuestras habilidades más fundamentales, por ejemplo, que podemos oír o caminar. Es fácil percibir bendiciones tan inmensas como derechos inalienables que de alguna manera merecemos. Una perspectiva más humilde y menos merecedora nos permite empezar a contar nuestros dones desde cero.
En la tradición judía, cada día comienza con la proclamación de dieciocho bendiciones que expresan gratitud por nuestros recursos más esenciales8. Una bendición celebra que pudimos abrir los ojos; otra, que tenemos vestimentas; otra, que nuestro cuerpo se mueve, y así sucesivamente.
“Si presta atención”, dice una nota a una joven,
al significado simple de las dieciocho bendiciones matutinas con las que bendice a Di-s al comienzo de cada día, verá que ha sido bendecida con todas ellas. Además, fue bendecida con buena salud, buenos padres, buena educación, una buena comunidad, una buena profesión, sustento y más. Si es así, ¿cuál es la justificación para quejarse?9

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