Estimados lectores:

La enfermedad de tzaraat mencionada en la Torá está conectada con la prohibición del lashón hará, hablar mal del prójimo. Mi abuela siempre repite una enseñanza talmúdica: “El lashón hará mata a tres: al que habla, al que escucha y a aquel de quien se habla”. Dos de ellos dañan su alma al participar en esa conversación, ya sea hablando o escuchando; y el tercero, porque su reputación es ensuciada, y eso, en cierto sentido, es como una forma de muerte.

En un pequeño pueblo de Europa del Este vivía un hombre agradable, pero con un gran defecto: hablaba demasiado de los demás. Disfrutaba contar historias, a veces verdaderas y a veces adornadas, y le gustaba la atención que recibía. Un día compartió un rumor sobre otro comerciante, y la noticia se esparció por todo el pueblo. Cuando el afectado se enteró, su reputación quedó destruida. Desesperado, acudió al rabino, quien llamó al hombre que había iniciado el rumor. Aunque este se arrepintió sinceramente, no había comprendido la magnitud del daño causado. El rabino le pidió que trajera una almohada de plumas, la cortara y luego recogiera todas las plumas. El hombre pronto entendió que era imposible recuperarlas. Así también ocurre con las palabras: una vez que salen, no se pueden recoger.

En nuestra generación, con las redes sociales, los celulares y los benditos grupos de WhatsApp, el flagelo del lashón hará es aún más grave, más expansivo y más letal. Una palabra ya no queda entre dos personas: puede recorrer el mundo en segundos. Por eso mismo, debemos ser mucho más cuidadosos. Nadie murió por no contar un chisme, pero muchas vidas quedaron destruidas por un rumor falso.

P.D. Hoy es Rosh Jodesh Iar. Nuestros sabios enseñan que en este mes se revela una energía especial de curación. El nombre “Iar” forma las iniciales de “Ani Hashem Rofeja”, “Yo soy Hashem, tu sanador”. Que por el mérito de nuestras mitzvot reciban refuá shelemá todos aquellos que lo necesitan.

Shabat Shalom,
Rabino Eli Levy