Una de las formas de afrontar la pérdida es intentar que el recuerdo de nuestros seres queridos no se desvanezca. Podemos tratar de mantener viva su memoria erigiendo monumentos como recordatorios tangibles de su legado.

El Rebe tenía una opinión muy particular sobre la mejor manera de conmemorar a nuestros seres queridos, como se ilustra en el siguiente relato:

En una ocasión, una familia en procura de un texto para inscribir en la lápida de su padre fallecido pidió consejo al Rebe. La siguiente es una traducción libre de la respuesta del Rebe:

Es obvio que la inscripción debe ser acordada por los descendientes del difunto. No cabe duda de que, en primer lugar, deben contemplar el hecho de que la lápida es una roca (inanimada) con cierto texto grabado en su superficie. Los descendientes del difunto, en cambio, son monumentos “vivientes”, y sus actos y conductas diarias actúan como una inscripción viviente en un monumento viviente. La redacción de este tipo de inscripción depende únicamente de ellos mismos . En el lenguaje de nuestros Sabios, “Un hijo es la pierna del padre”.1

En el cuarto aniversario del fallecimiento de su esposa, el Rebe compartió un mensaje similar: “En este día se vuelve a recitar el kadish una vez más, lo cual eleva el alma... particularmente [la de] una mujer que tuvo el mérito de que muchas niñas judías llevasen su nombre, las cuales son un ejemplo viviente, almas vivientes en cuerpos vivientes, vida ininterrumpida, [niñas que] son educadas en su espíritu y en sus enseñanzas y su ejemplo”.2

El Rebe recalcó un punto similar con respecto a Majón Jana, una institución de educación superior para chicas establecida en el nombre y la memoria de la madre del Rebe, la Rebetzin Jana, de bendita memoria.

En numerosas ocasiones, el Rebe dejó claro que había un lugar muy especial en su corazón para Majón Jana, la primera institución a la que autorizó a llevar el nombre de su querida madre.

Por ejemplo, el Rebe dijo una vez al rabino Itche Gansberg y a su esposa, los adultos responsables del dormitorio por aquel entonces: “Gracias por cuidar de mis hijas”.

En otra ocasión, el Rebe insistió en que cada una de las chicas del Majón Jana recibiese un plato de Pésaj de plata en lugar de descartables, para que se sintieran (princesas) de la realeza, como corresponde a las “hijas” de su querida madre.

De hecho, el Rebe se empeñaba en visitar Majón Jana cada año en la víspera de Pésaj, antes de dirigirse a su casa para realizar su propio Séder, para bendecir a las jóvenes estudiantes. Cierto año, al acercarse al edificio donde se encontraba Majón Jana, el Rebe le dijo a su cofundador, rabino Jacob J. Hecht: “Estoy yendo a casa”.

El Rebe explicó que siendo que las estudiantes se conducen por la senda de su madre, la presencia de ella siempre se encuentra en Majón Jana.3

Similarmente, durante una audiencia privada con el Rebe a principios de la década de 1950, un influyente líder de la Federación Judía de Norteamérica propuso que todas las familias judías pusieran una silla vacía en su cena festiva del Séder de Pesaj para perpetuar la memoria de los millones de personas trágicamente asesinadas en el Holo­causto.4 El Rebe respondió: “Su idea es buena, pero con todo respeto, en lugar de dejar la silla vacía, ubiquemos en esa silla a un invitado adicional. Invitemos a un judío que de otro modo no participaría en un Séder. Esto sería un verdadero legado vivo y una victoria para el pueblo judío”.

El Rebe dio un consejo similar al rabino de origen polaco, Yejezkel Besser, quien se ocupó de preservar los cementerios judíos abandonados y vandalizados en su país natal. Cuando se reunió con la Rebetzin Besser, el Rebe le aconsejó: “Dígale a su marido que también debe recordar a los jaim (‘los vivos’), no sólo a los beit hajaim (‘los cementerios’)”. El rabino Besser captó el mensaje y, como relata su biógrafo Warren Kozak en “El rabino de la calle 84”, comenzó a revitalizar la vida judía en Polonia, llevando comida kasher al país y organizando clases de Torá.5

Asimismo, cuando el primo del Rebe, Itzjak Schneerson, le escribió en 1952 comentándole de su participación en París en la creación de la Tumba del Mártir Judío Desconocido, hoy llamada Memorial de la Shoá, para conmemorar a las víctimas del Holocausto, el Rebe le respondió cortésmente, pero con determinación: “Perdóname si mi opinión no coincide con la suya... Ahora, en época en que hay cientos de miles de mártires vivos, que no son ‘desconocidos’ ni mucho menos, que viven en la más absoluta necesidad de pan físico, y muchos más en necesidad de sustento espiritual, el principal impedimento para satisfacer sus necesidades es simplemente la falta de fondos. Por lo tanto, siempre que se pueda procurar fondos surge inmediatamente el siguiente dilema: ¿Debería utilizarse tales fondos para erigir una piedra [memorial] en una gran plaza de París para recordarles a los transeúntes de los millones de judíos que perecieron en santificación del Nombre de Di-s, o deberían aplicarse dichos fondos para sostener a los vivientes hambrientos, literalmente o figurativamente, por escuchar la palabra de Di-s? La solución a semejante dilema creo que no está en duda”.6

Se debe tener en cuenta que la vida del Rebe se vio profundamente afectada por el Holocausto y que había perdido a numerosos miembros de su familia durante la guerra, incluyendo a su hermano DovBer, que fue asesinado por los nazis, al igual que su cuñada y su cuñado, Sheina y Menajem Mendel Horenstein, que fueron asesinados en el campo de exterminio de Treblinka. El Rebe mencionó sus pérdidas personales en la posdata de una carta que escribió a un hijo de sobrevivientes del Holocausto, que le había escrito sobre sus luchas con las dudas religiosas:

“No es necesario decir que lo anterior puede aceptarse intelectualmente... pero entonces quizá alguien pueda alegar: “Bueno, es fácil para quien no está emocionalmente implicado ofrecer una explicación ‘intelectual’...”. Así que tal vez deba añadir que también yo perdí en el Holocausto a familiares muy cercanos y queridos: una abuela, un hermano, primos y otros (que Di-s vindique su sangre)”.7

A lo largo de sus charlas y de su correspondencia, el Rebe animaba continuamente a la gente a emprender acciones positivas para crear un legado vivo en lugar de uno inerte, incluso cuando el legado propuesto fuera de índole sagrada.

Y lo mismo hizo cuando experimentó la pérdida de su propia esposa, cuando pidió reiteradamente que se honrase el legado de ella por medio de acciones positivas.

De hecho, aunque entonces el Rebe rara vez se aventuraba más allá de su casa y su oficina en 770 de Eastern Parkway, visitó personalmente la colocación de la piedra fundamental del campus de una escuela de chicas que fue llamada en su honor, campus JoMeSh (acrónimo de Jaia Mushka Shneersohn).

La importancia de conmemorar el legado de su esposa a través de acciones e iniciativas positivas se hizo evidente en las palabras del Rebe pronunciadas después de la shivá (período de duelo), cuando agradeció con lágrimas en los ojos a los miles que habían acudido a ofrecerle consuelo:

“(Todos y) cada uno de los que me consolaron y bendijeron verán bendiciones [en sus propias vidas] literalmente, con sus propios ojos... (vaya mi) gratitud adicional y bendiciones a quienes hayan iniciado proyectos [en honor de ella]...”8

En respuesta a una mujer que quería conmemorar a un ser querido y no estaba segura de si debía encargar un rollo de la Torá o un Arca para una sinagoga, el Rebe recomendó un tipo de conmemoración diferente:9

“Hay una tercera opción, que tiene prioridad sobre las otras dos, y es la de “adoptar” a un estudiante de ieshivá consagrado al estudio de nuestra Torá eterna, es decir, apadrinar a un estudiante de ieshivá (o seminario), en el que él o ella pueda estudiar nuestra sagrada Torá.”10

El enfoque del Rebe para honrar a los que partieron era hacer algo en beneficio de los vivos, crear un tipo de conmemoración que fuese más beneficiosa para el mundo y así “nutrir” espiritualmente las almas de los difuntos también.

El 29 de febrero de 1960, un terremoto de 5,7 grados de magnitud devastó la ciudad de Agadir, Marruecos, cobrándose la vida de 12.000 personas (aproximadamente un tercio de la población de la ciudad por aquel entonces), incluidos algunos estudiantes de la ieshivá local de Jabad. El Rebe envió inmediatamente un telegrama al Rabino Shaul Danan, Rabino Principal de Agadir, expresando su solidaridad:

“Junto con nuestros queridos hermanos marroquíes, lamentamos el “fuego que arrasó” la comunidad de Agadir, y nuestras más sentidas oraciones están con ustedes... Que Di-s bendiga vuestros esfuerzos de reconstrucción con paz interior y magnificencia...

“P.D. He exhortado a la comunidad de Jabad a intensificar sus oraciones y su caridad este jueves, que es un día de ayuno, en recuerdo de la tragedia.”.11

En el farbrenguen de Purim de la semana siguiente, el Rebe habló públicamente sobre el desastre de Agadir. Expuso sobre la idea de que la restauración después de la destrucción puede ser aún más poderosa que lo que era previo a la destrucción. Mencionó el ejemplo de las segundas tablas en el Monte Sinaí, que contenían muchas adiciones y eran “doblemente fuertes” en comparación con las primeras tablas. Así se expresó:

“¡Por consiguiente, en lugar de un centro [de estudios] debe haber muchos, y en lugar de un estudiante debe haber muchos más...! Este crecimiento no sólo beneficiará a la comunidad y a la institución, sino también a las almas de los difuntos que fueron tristemente segadas en la flor de su vida, y que obtendrán gratificación cuando los lugares vacíos en los bancos de la ieshivá que ellos dejaron, vuelvan a ocuparse.”12

Es natural que queramos alguna forma palpable de mantener el recuerdo de nuestros seres queridos que han partido. El Rebe nos enseñó que la mejor manera de hacerlo no es simplemente creando monumentos inertes de ladrillo y piedra, sino realizando actos positivos que beneficien a las almas de los difuntos, así como también creando un beneficio tangible para los vivos.