Uno de los aspectos más difíciles del duelo es sentir que estamos completamente solos en nuestra miseria, y que ningún otro ser humano es capaz de compartir la profundidad de nuestra pérdida.

Además, dicho sentimiento se intensifica cuando el resto del mundo sigue adelante, sin detenerse a observar el devastadora brecha que la muerte ha abierto en nuestro universo personal. Esta experiencia de profunda soledad puede aliviarse un poco con un sentimiento de solidaridad con los demás, un sentimiento en el que, nuestra pérdida, aunque sea completamente personal, también es compartida por la comunidad en general.

En octubre de 1967, unos meses después de la Guerra de los Seis Días, una terrible tragedia sacudió el hogar de Ariel Sharon, el célebre general israelí y futuro Primer Ministro de Israel.

El hijo de Sharon, Gur, de once años, estaba jugando afuera de la casa con un amigo. Ambos niños estaban jugando con una vieja escopeta, que pertenecía al general, cuando el otro niño apuntó el arma a la cabeza de Gur y apretó el gatillo por error…

Al oír el disparo, Sharon salió corriendo al exterior, donde encontró a su hijo Gur inconsciente en un charco de sangre. Sharon sabía que la herida era mortal, pero, aun manteniendo la esperanza, lo cogió en sus brazos e hizo señas a un coche que pasaba para que lo llevara al hospital más cercano. Poco después, Gur se había ido, habiendo fallecido en los brazos de su padre.

Un rabino de Jabad fue a visitar a Sharon durante la semana de duelo. La sala estaba llena de generales y políticos. Un devastado Ariel Sharon llamó al rabino a un costado y le acribilló a preguntas y le imploró: “Usted es religioso; dígame, ¿cómo ha podido ocurrir esto?”. El rabino sólo pudo sugerirle que pidiera respuesta al Rebe de Lubavitch.

“¿Pero por qué debería escribirle a alguien que no me conoce?”.

“El Rebe siente el dolor de cada judío”, fue la respuesta.

Después de salir de la casa de Sharon, el rabino se puso en contacto con el Rebe y le informó sobre los angustiosos cuestionamientos de Sharon. El Rebe se puso inmediatamente en contacto con Sharon por medio de una carta con el siguiente mensaje:

Me ha dolido mucho leer en el periódico acerca de la trágica pérdida de su tierno y joven hijo, que descanse en paz... A primera vista parecería que estamos distanciados el uno del otro, no sólo geográficamente, sino también y principalmente— en que no nos conocemos; y más aún, hasta la Guerra de los Seis Días, en que usted ha cobrado celebridad como comandante y defensor de nuestra Tierra Santa y sus habitantes, ni siquiera éramos mutuamente conscientes de la existencia del otro... Pero sobre la base de un principio judío fundamental, profundamente arraigado y ancestral, a saber, que somos todos hermanos, la reputación que usted ha adquirido ha servido para revelar un vínculo preexistente, es decir, la interconexión (inherente) entre todos los judíos, incluso entre un judío que vive en la Tierra Santa y otro que vive en la (lejanía de la) diáspora. Y es justamente tal interconexión la que me impulsa a escribir estas palabras a usted y a su familia

Un elemento de consuelo —de hecho, más que un simple elemento— incluso en una tragedia tan grande se expresa en el texto tradicional [de las palabras pronunciadas a un doliente], santificado por decenas de generaciones de Torá y tradición en nuestro pueblo, que versa: “Que el Omnipresente te consuele entre los dolientes de Tzión y Jerusalem”.

A simple vista, la conexión [entre el doliente individual y los dolientes de la destrucción de Jerusalem y del Templo Sagrado] parece bastante desconcertante. Sin embargo, la verdad es que, el principal consuelo que encierra esta frase está en su contenido interno: Es decir, que al igual que el dolor por Tzión y Jerusalem es común a todos los hijos e hijas de Israel dondequiera que se encuentren (aunque es más evidente para los que viven en Jerusalem y realmente ven el Muro Occidental y las ruinas de nuestro Templo Sagrado; no obstante, incluso quienes están lejos de allí experimentan gran dolor y pena por la destrucción), también el dolor de un solo judío o familia judía es compartido por toda la nación. Esto es en sí mismo una fuente de consuelo. Porque, como expresaron nuestros Sabios,1 todo el pueblo de Israel constituye una entidad completa...2

El Rebe estaba recordándole a Sharon una verdad esencial: no estamos solos. El pueblo judío es una unidad. Nuestras alegrías personales son las alegrías de nuestro pueblo; nuestras pérdidas son las pérdidas de nuestra nación.