Junto con la experiencia de la soledad, uno de los aspectos más dolorosos del duelo es el sentimiento de pérdida. Una persona a la que conocimos y amamos —posiblemente durante toda una vida— se ha ido.

Después de experimentar la muerte de un ser querido, puede resultar difícil seguir adelante albergando esta permanente sensación de pérdida. La sensación de vacío puede ser abrumadora y paralizante.

Para el creyente, la mayor fuente de consuelo es saber y creer que el vacío y la ausencia que deja la muerte son sólo temporales. Un principio fundamental de la fe judía es la creencia en Tejiat hametím (“resurrección de los difuntos”), que se producirá en la era mesiánica, como anunciaron los profetas de Israel1 . Sin embargo, en el ínterin, una persona querida y amada se ha alejado de nuestras vidas. ¿Cómo se puede hacer frente a esta devastadora realidad en el día a día?

En sus conversaciones con dolientes, el Rebe enfatizaba que, desde una perspectiva espiritual, la pérdida de un ser querido no es la pérdida completa que a menudo nosotros consideramos.

En el capítulo anterior hemos referido la carta del Rebe a Ariel Sharon, en la que cita las palabras tradicionales de consuelo que se expresan a los dolientes: “Que el Omnipresente te consuele entre los dolientes de Tzión y Jerusalem”, y ve en estas palabras un mensaje sobre cómo la carga del dolor es compartida por toda la comunidad. En esa misma carta, el Rebe aborda dos mensajes adicionales de consuelo que pueden derivarse de la conexión entre el dolor del doliente individual y el de los dolientes de Tzión y Jerusalem:

Así como tenemos plena confianza en que Di-s ciertamente reconstruirá las ruinas de Tzión y Jerusalem, reunirá a los dispersos de Israel desde todos los rincones del mundo a través del justo Mashíaj y los llevará con alegría a presenciar el regocijo de Tzión y Jerusalem, así también confiamos en que, con respecto a la pérdida del doliente individual, Di-s cumplirá Su promesa: “Despierta y alégrate, tú que descansas en el polvo”2 , y experimentaremos la verdadera alegría cuando todos se reúnan en la futura resurrección de los difuntos.

Hay todavía un tercer punto: Así como en lo que respecta a Tzión y Jerusalem, los romanos, y antes de ellos los babilonios, sólo tuvieron dominio sobre la madera y la piedra, la plata y el oro del Santo Templo físico, pero no sobre su esencia interior y espiritual, la cual se hace sentir en el corazón de todos y cada uno de los judíos —pues las naciones no tienen dominio sobre dicha esencia, la cual permanece por siempre inviolable—, también en lo que respecta al duelo del individuo sucede igual: La muerte sólo tiene dominio sobre el cuerpo físico y los aspectos físicos de la persona fallecida. El alma, sin embargo, es eterna; simplemente ha ascendido al Mundo de la Verdad...3

En una carta del Rebe fechada en 1978 a una familia de Milán que había sufrido una muerte en la familia, el Rebe escribe:

Lo único que puede hacer una enfermedad o un accidente fatal es causar un debilitamiento o la finalización del vínculo que mantiene el cuerpo y el alma juntos, con lo cual el alma parte de su morada temporal en este mundo y regresa a su mundo original de puro espíritu en el mundo de la eternidad.3

El 13 de abril de 1973, durante un discurso público que pronunció con motivo de su septuagésimo primer cumpleaños, el Rebe se refirió de manera conmovedora sobre los que perecieron en el Holocausto:

“Una espada o una pistola, un incendio o una inundación sólo pueden afectar al cuerpo físico o a la conexión del alma con el cuerpo, pero nunca al alma misma. Si se le pregunta a un individuo racional: “¿Cuál es la esencia de la persona, su cuerpo o su alma? ¿Con quién estás verdaderamente conectado? ¿Cuál es más valioso para ti? ¿A cuál defiendes y el dolor de cuál te afecta?”, la persona reconocerá que es al alma.

“¿Qué nos dice esto? El alma querida con la que uno tenía una conexión, que fue enviada a Auschwitz y allí dio su vida por ser judío, el cuerpo pudo haber sido quitado, pero el alma permanece.

“El alma permanece el día después de Auschwitz, un año después de Auschwitz y una generación después de Auschwitz... el alma permanece entera hasta la eternidad”4 .

En 1960, un grupo de estudiantes universitarios fue a visitar al Rebe. Uno de los temas que discutieron fue la comprensión judía de la muerte.

El Rebe explicó: “La voz utilizada para describir la muerte en el judaísmo es histalkut, que no significa ‘muerte’ en el sentido de llegar a su fin, sino más bien a una elevación de nivel en nivel. Cuando uno completa su misión en la vida, fallece, (lo cual significa que) la persona fallecida se eleva a un plano superior.

“Por tanto, la muerte no es un cese de la vida, sino más bien el proceso por el cual la vida espiritual de una persona adquiere una nueva dimensión. Esta noción es análoga al principio científico de la conservación de la materia, por el cual nada se pierde. Una mesa, si bien, es un trozo de hierro, puede cortarse, quemarse, etc., pero en ningún caso puede destruirse la materia de la mesa o del hierro. Sólo adquiere una forma diferente.

“Del mismo modo, en el plano espiritual, nuestro ser espiritual —el alma— nunca puede ser destruida. Sólo cambia su forma o se eleva a un plano diferente.

“En consecuencia”, concluye el Rebe, “la expresión ‘vida después de la muerte’ es en realidad inapropiado, porque lo que experimentamos después de la muerte es una continuación de la vida. Hasta los 120 años (la medida de la vida humana mencionada en la Torá), la vida se experimenta en un nivel, y a partir de los 121, 122 y 123, continúa en otro nivel, y seguimos ascendiendo cada vez más alto en el reino del espíritu.”5

En la noche del 31 de diciembre de 1952, el rabino Yaakov Yisrael Zuber, decano de la Yeshiva de Lubavitch de Boston y rabino de la Congregación Beth Hamidrash Hagadol de Roxbury, Massa­chusetts, fue atacado por delincuentes que lo golpearon tan severamente que falleció a causa de los golpes. Este hombre había sobrevivido a la Rusia stalinista con su devoción religiosa intacta, sólo para ser asesinado en el refugio seguro de los Estados Unidos. El Rebe envió representantes de Brooklyn al funeral y se puso en contacto con la familia. Unos meses más tarde, Jana Zuber (hoy, de casada, Jana Sharfstein), hija del rabino Zuber, fue con su madre a Nueva York para un Iejidut (audiencia privada) con el Rebe. Estableció una cálida relación con el Rebe y permaneció en contacto con él a lo largo de los años.

Trágicamente, menos de cinco años después de la muerte del padre de Jana, su madre, la Rebetzin Zlata Zuber, sufrió un ataque fatal y falleció al día siguiente. Totalmente desolada, Jana pidió un Iejidut, en el que le contó al Rebe el gran dolor emocional que estaba experimentando y le pidió que la guiara sobre cómo manejar su sufrimiento. El Rebe respondió repasando algunos puntos que le había dicho en la carta de condolencia que le envió tras el fallecimiento de su madre: “Todos los creyentes en Di-s creen también en la supervivencia del alma. En realidad, este principio halla expresión incluso en el mundo físico, donde la ciencia sostiene, cual verdad absoluta, que nada en el mundo puede ser destruido físicamente. Y cuánto más ha de ser así en el mundo espiritual, especialmente en el caso del alma, que de ninguna manera puede verse afectada por la muerte y desintegración del cuerpo físico”.6

El Rebe reconoció el dolor que experimenta toda persona al fallecimiento de un ser querido, el terrible vacío que se siente porque ya no se puede tocar, abrazar o conversar con el difunto. Pero si el vínculo más importante que tenemos con las personas que amamos es la calidad de su alma, “incluyendo cuestiones de índole espiritual como el carácter, la amabilidad, la bondad, todos los cuales son atributos del alma y no del cuerpo”, la pérdida y la devastación serían menos dolorosas. Podemos resumir el punto de vista del Rebe así: Cuando se ama a una persona, se ama lo que la persona es, se ama el carácter de la persona, su personalidad. Y esas son cosas que no perecen.

Cuando mi tío, el rabino Itzjak Vorst, perdió a su hijo de dos años en un accidente automovilístico, se sintió muy reconfortado por las enseñanzas del Rebe. El rabino Vorst escribió posteriormente un libro intitulado: “¿Por qué? Reflexiones sobre la pérdida de un ser querido, en el que transmite el mensaje de consuelo del Rebe a otros que, como él, habían sufrido el duelo.

Para ilustrar este concepto, el rabino Vorst lo compara con una transmisión televisiva: una estación transmisora emite imágenes y sonidos en forma de ondas de energía, las cuales son captadas por un aparato físico que las expone. Imaginemos que algo falla en este aparato receptor, de modo que su pantalla y sus altavoces dejan de presentar las imágenes, las ideas, los sentimientos y las acciones codificadas en las ondas de energía. Sin embargo, la estación transmisora y las ondas de energía que aquella emite, no existen menos que antes; sólo que el dispositivo físico receptor ya no las traduce en fenómenos físicamente visibles y audibles. Del mismo modo, dice el rabino Vorst, podemos considerar al alma misma como la estación transmisora (es decir, la fuente de la personalidad, el carácter, los pensamientos, las emociones, las acciones y demás, de la persona) y al cuerpo como el dispositivo receptor. La muerte del cuerpo no afecta en absoluto la integridad del alma ni detiene su autoexpresión (en total analogía con las ondas de energía que se propagan a través del espacio); sólo que nos hemos visto privados de la capacidad de verla y oírla.

El consuelo de saber que el alma continúa en vida puede verse empañado por nuestra incapacidad de comprender plenamente el concepto de la vida más allá del reino físico. Podemos tener preguntas e inquietudes desconcertantes sobre la calidad de la existencia y la experiencia del alma en el otro mundo: ¿Cómo le estará yendo a mi ser querido en aquel otro mundo? ¿Habrá padecido algún tipo de daño? ¿Estará sufriendo? ¿Cómo es para un alma verse “privada” de una existencia física?

En la carta escrita a la mencionada familia de Milán, el Rebe describió la experiencia del alma al partir de este mundo:

Demás está decir que, en cuanto al alma, (el fallecimiento) es una liberación de su “encarcelamiento” en el cuerpo. Porque mientras [el alma] está ligada al cuerpo, sufre las limitaciones físicas del mismo, que necesariamente imponen al alma y la involucran en actividades físicas que son esencialmente ajenas a su naturaleza puramente espiritual... En otras palabras, la salida del alma del cuerpo es una gran ventaja y ascenso para el alma”.7

En otro contexto, el Rebe continúa con este tema:

De ahora en adelante, el alma es libre para disfrutar de la dicha espiritual de estar cerca de Di-s en toda su extensión. Este es sin duda un pensamiento reconfortante.8

En estas y otras numerosas charlas, el Rebe se hace eco de las palabras del gran filósofo judío del siglo XII Maimónides:

Así como el ciego no puede ver el espectro de colores y el sordo no puede oír el sonido, así también el cuerpo mortal no puede entender las alegrías espirituales (alcanzadas en el Más Allá), que son eternas. Tales alegrías no tienen nada en común con la felicidad derivada de las cosas materiales. La naturaleza esencial de este regocijo celestial reside en la percepción de la esencia del Creador... en el Más Allá, donde nuestras almas se vuelven sabias con el conocimiento de Di-s. Actualmente, esta dicha es desconocida y no se puede describir. No hay nada en nuestra experiencia que se compare con ella. Para nosotros, criaturas mortales, sólo es posible hablar de ella con las palabras del profeta, que expresan la maravilla de esta alegría eterna:9 "¡Cuánta es tu bondad!”10 .