Taibel Lipskier nació en el seno de una familia judía rusa en los tumultuosos primeros años de la Rusia comunista. Su madre murió a una edad temprana, dejándola al cuidado de sus hermanos menores. Posteriormente se casó, y después de años de dificultades, la pareja y sus hijos escaparon de la Unión Soviética. Tras pasar un tiempo en varios campamentos de desplazados, finalmente lograron llegar a los Estados Unidos.

La vida como nuevos inmigrantes no fue fácil. Después de un intento fallido de agricultura en Nueva Jersey, se mudaron a Brooklyn. Ganarse la vida lo suficiente como para mantener a una familia era un desafío constante; para entonces tenían diez hijos. Naturalmente, los trastornos de su vida le pasaron factura a Lipskier, que sufrió ansiedad y depresión. Decidió consultar al Rebe para que la orientara sobre cómo mejorar su estado psicológico y emocional.

El Rebe le dio un consejo inesperado: “Vaya a tantas bodas como pueda y baile, e inspire a otras personas a bailar también”. Resultó que Lipskier era una bailarina excepcionalmente hábil. Siguió el consejo del Rebe, y durante décadas iba a todas las bodas posibles y bailaba toda la noche.

“Ella vivía en Brooklyn”, explicó su nieto, “donde en ese momento había muchas mujeres jóvenes que se casaban y tenían poca o ninguna familia presente. Mi abuela aparecía y bailaba, a veces durante horas, con la novia y sus amigas, alegrando inmensamente la boda”.

Rishe Deitsch era una joven de catorce años cuando se mudó de la casa de sus padres en Massachusetts para ir a estudiar a Brooklyn. El ritmo de vida de Nueva York y la energía frenética de sus bodas eran completamente nuevos para ella.

“Una noche”, rememoró más tarde, “estaba en una boda y era ‘la fea del baile’. No conocía estos bailes, y la velocidad y el ruido me eran totalmente nuevos. Sabía que no podía seguir el ritmo, así que ni siquiera lo intenté. De repente, esta mujer mayor, esta vertiginosa bailarina, agarró mis dos manos con sus dos manos y me llevó al centro de la ronda. Intenté apartarme y explicarle que soy de Worcester, pero ella de todos modos no podía escucharme. Y me sujetaba con un puño de hierro. Así que tomé mi única opción fuera de la de desmayarme: ¡bailé!

“No sería una exageración decir que me divertí más en ese baile de lo que lo había hecho en toda mi vida hasta ese momento. Ella me hizo dar vueltas vertiginosas, me volteó de un lado a otro, y yo simplemente la seguí, ya que no tenía absolutamente ninguna opción en el asunto (recuerda: puño de hierro). Cuando terminó, me preguntó mi nombre. Yo era demasiado tímida como para preguntarle el suyo, pero más tarde alguien me dijo que era la señora Taibel Lipskier.

“Siempre recordé el baile, pero no sabía que había algo más profundo en él. No fue sino hasta muchos años después que escuché la historia de lo que ella pasó y la orientación que había recibido del Rebe”.1

“No era como si ella fuera extrovertida por naturaleza”, observó su nieto. “En realidad, era bastante contrario a su naturaleza. Pero lo hacía constantemente, y lo hacía con cada fibra de su ser. Y, en última instancia, vimos cómo la alegría que llevó a cientos y miles de personas durante largas décadas volvió a ella; vimos cómo le dio tanta alegría, fuerza, fortaleza y resiliencia”.

Pensando en ello todos estos años después, reflexionó: “Muchos de nosotros estamos lidiando con heridas no resueltas. Queremos extirpar toda esa oscuridad de nuestro sistema, de nuestra psique, de nuestro entorno y de nuestro hogar. Pero a veces la solución más efectiva no es luchar contra la oscuridad sino encender una llama de alegría, bailando e inspirando a otras personas a bailar. En esa danza, con la pura intención de llevar alegría a los demás, se crea una pasión de fuego y calor en nosotros y a nuestro alrededor, permitiendo que la oscuridad se disipe y sea desterrada”.2


Saludo y bendición:

(traducción libre)

Con la gracia de Di-s
15 de Kislev, 5730
Brooklyn, N.Y.

Recibí debidamente su carta, en la que escribe acerca de su hija. Por favor, escríbame también el nombre hebreo y el de la madre de su prometido, y yo los recordaré en plegaria cuando visite el lugar de reposo de mi suegro de sagrada memoria, conforme el contenido de su carta.

No sé si el médico tiene una opinión tan pesimista, pero hubo anteriormente casos en los que se lograron resultados positivos haciendo que la persona se interesara en alguna actividad externa para ayudar a otros. Así pues, sería bueno si algún grupo u organización apropiada se le acercara con un pedido de asistencia en sus actividades, en un área compatible con las habilidades de ella, apelando a su ayuda. Esto le brindaría un estímulo para superar su actual estado de ánimo, incluso si no hiciera el esfuerzo de salir de su propio caparazón por sí misma. Tal vez sería aconsejable conversar esto con su médico de cabecera, para determinar qué actividad sería la más adecuada para ella. No hace falta decir que esto debe hacerse de una manera que no despierte en ella la sospecha de que todo estaba organizado de antemano, sino que ella realmente crea que su ayuda es necesaria. De hecho, es muy posible encontrar una actividad en la que ella realmente podría hacer una contribución positiva.

Huelga decir, sobre todo porque usted es un trabajador comunal, que sin duda está al tanto de todo lo que está sucediendo en la comunidad. A juzgar por lo que escribe, no es preciso recalcarle en detalle la necesidad de difundir judaísmo fiel a la Torá en su entorno inmediato, así como en la comunidad en general. De hecho, esto es un deber de todo judío, porque se nos ordena que todas las cuestiones de santidad vayan en ascenso. Sin importar cuán satisfactorias puedan ser las cosas en un momento determinado, en las cuestiones de bondad y santidad, que son infinitas, siempre hay margen de mejora, puesto que derivan del Infinito.

Sugeriría que se revisen los tefilín y las mezuzot para asegurar que son kasher, si esto no se ha hecho en los últimos doce meses.

Con bendición,
/M. Schneerson/


En conclusión

Volverse un dador es clave para la salud interior y la resiliencia. Abre tu mente y tu corazón para ver a los que te rodean. Sé sensible a sus necesidades y trata de alegrar sus vidas. Si te sientes deprimido o desanimado e inclinado a retirarte hacia adentro (“Una vez que me sienta mejor conmigo mismo, podré empezar a pensar en los demás”), ocuparte de los demás es una forma eficaz de refrescar tu propio estado emocional. De más está decir que esto no es más que un beneficio adicional derivado de cumplir con nuestra responsabilidad intrínseca hacia los demás.

Pero, ¿dónde puedes encontrar la fuerza para ser un dador? El próximo capítulo ofrecerá algo de perspectiva.