La situación parecía desoladora. Durante meses, el cielo había permanecido herméticamente cerrado, sin una sola gota de lluvia a la vista. Para Reb Aharon Safir, su hermano Reb Yitzchak y su socio Reb Moshe Shwartz, esto significaba una ruina financiera segura.

Los tres eran leñadores y pasaban la primavera y el verano en los bosques polacos talando árboles. Al final de la temporada, ellos y su tripulación ataban los troncos en grandes balsas y los enviaban río abajo por el gigantesco río Vístula, que los llevaba hasta las grandes fábricas industriales de la ciudad portuaria de Danzig (conocida hoy como Gdansk, en Polonia).

Así era cada año. Pero esta vez, debido a una estación completamente seca, el normalmente majestuoso Vístula estaba bajo y reseco. El agua no tenía la profundidad ni la corriente suficiente para arrastrar los enormes troncos por el largo y sinuoso camino hacia Danzig. Enormes pilas de madera yacían esparcidas por el suelo del bosque, esperando desesperadamente la lluvia que simplemente se negaba a llegar.

Reb Aharon y Reb Yitzchak eran jasidim devotos; Reb Moshe, no tanto. Sin otro recurso posible, los hermanos decidieron visitar a su Rebe, el estimado y santo Rabino Yejezkel Shraga Halberstam, el Rebe de Shinova. Reb Moshe optó por quedarse en su ciudad natal, Zhikov.

Cuando los hermanos llegaron a Shinova, entraron a la habitación del Rebe y se postraron ante él con una súplica desesperada: “¡Rebe, por favor, ayúdanos! Nuestra fortuna está en juego y las balsas no se mueven. ¡Ruega a Dios que nos envíe lluvia!”.

“¿Quieren que traiga lluvia?”, respondió el Rebe sorprendido. “¿Acaso soy Dios? El Talmud nos enseña que Dios tiene tres llaves en Sus manos, y una de ellas es la de la lluvia. ¿Qué esperan de mí?”.

“Pero Rebe, debe ayudarnos”, insistieron. “No solo está en juego nuestra fortuna personal. Nuestra bancarrota provocaría una gran profanación del Nombre de Dios y afectaría la vida de muchos otros. Gracias a nuestros buenos resultados comerciales, cientos de familias judías comunes invirtieron sus ahorros con nosotros, esperando su retorno cuando los troncos lleguen a Danzig y nuestros proveedores nos paguen. Si nos hundimos, arrastraremos a muchos con nosotros.

Y Rebe, piense también en todos los comerciantes que se enfurecerán con nosotros: los terratenientes que nos arriendan los bosques, los mercaderes de Danzig que esperan nuestra leña, y los leñadores que trabajan arduamente en lo profundo del bosque. ¡Por favor, debe ayudarnos!”.

Conmovido por sus apasionadas súplicas, el Rebe accedió. “¿Saben qué? Permanezcan aquí durante el Shabat y luego veremos qué se puede hacer”.

Al concluir el Shabat, los hermanos regresaron ante el Rebe.

“Debo decirles”, comenzó el Rebe, “que la lluvia está fuera de mi alcance y solo depende de Dios. Sin embargo, hay algo en lo que puedo ayudarlos. Tengo una tradición de mi venerado maestro, el Vidente de Lublin, que enseña que quien ayude a los descendientes del santo Rabino Elimelej de Lizhensk merecerá una salvación inmediata.

Y precisamente aquí, en mi casa, vive una joven huérfana a quien hemos criado desde pequeña, descendiente de esa sagrada familia. Lamentablemente, mi esposa y yo no contamos con los recursos necesarios para casarla dignamente. Si ustedes se comprometen a cubrir todos los gastos de su boda, les aseguro que antes de que termine la semana el Vístula fluirá con fuerza”.

Eso era todo lo que los piadosos hermanos necesitaban escuchar. Sin dudar, sacaron todo el dinero que tenían a mano, más que suficiente para cubrir la boda y aún más.

El Rebe aceptó el dinero y los hermanos regresaron al bosque para continuar con sus asuntos. Al mismo tiempo, enviaron un mensaje a su tercer socio, Reb Moshe, para que preparara los troncos para el viaje.

Para su mérito, Reb Moshe obedeció a pesar de su escepticismo, y sus trabajadores comenzaron de inmediato a preparar la madera. Sudaban y gruñían mientras agrupaban enormes pilas de veinticinco troncos y las ataban con gruesas cuerdas.

Mientras tanto, otros comerciantes y leñadores se burlaban de ellos: “¡El cielo está azul como el mar y el aire pesado como una manta! ¿Qué están haciendo? Están perdiendo el tiempo. ¡No lloverá pronto!”.

Pero los tres socios ignoraron las burlas, confiando en la bendición del tzadik de que antes de terminar la semana llegaría la lluvia.

Y así fue. El viernes comenzó como cualquier otro día: caluroso y soleado. Pero a medida que avanzaba la jornada, el cielo se cubrió de nubes oscuras, resonaron truenos y relámpagos, y una dulce y poderosa lluvia cayó con furia sobre la tierra.

Todos los troncos del bosque fueron arrastrados caóticamente hacia el río embravecido, chocando entre sí y contra las orillas hasta quedar inutilizados. Solo los troncos de Safir y Shwartz, firmemente atados, se elevaron tranquilamente del suelo y fueron llevados río abajo hacia su destino final, confirmando su confianza en la bendición del tzadik.