ב"ה
Parte III: Reflexiones sobre el propósito
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Cada año, desde 1954 hasta 1964, en Simjat Torá, el Rebe de Lubavitch enseñaba al público alguna melodía jasídica desconocida. Y además de enseñar la melodía, el Rebe a menudo explicaba su trasfondo y significado.
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Quienes se refugiaron en los Estados Unidos eran un exiguo remanente de una dinastía otrora gloriosa, que en el pasado había contado con cientos de miles de seguidores, con centros y puestos de avanzada activos en gran parte de Europa del Este.
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Era una época peligrosa para practicar el misticismo judío, especialmente dentro de las comunidades donde Baal Shem Tov fue criado y donde se le transmitieron las complejidades de la Cabala y la Torá. Los místicos judíos de la época eran recibidos con severas sospechas por algunos miembros de la comunidad judía.
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El domingo 20 de Tevet de 5749 (1988), el Rebe se presentó ante una fila de cientos de personas en 770 Eastern Parkway, Brooklyn, que habían viajado desde diversas partes del mundo para recibir su porción de dólares de domingos.
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El hombre, había sido exitoso en los negocios, hasta que sus asuntos tomaron un rumbo descendente y ahora se encontraba endeudado e incapaz de cumplir con sus numerosas obligaciones.
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En una ocasión, el Rebe recibió una carta de un hombre que luchaba contra sus sentimientos de ineptitud y una depresión crónica. Le escribió al Rebe que no veía ningún valor en seguir viviendo y que estaba contemplando la posibilidad de quitarse la vida.
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En una ocasión, una mujer se presentó ante el Rebe pidiéndole una bendición por demás significativa.
—Si usted trajera al Mashíaj, todas nuestras plegarias habrían hallado respuesta.
El Rebe respondió:
—Estoy listo, pero necesito la cooperación de todos los judíos a mi alrededor.
Sin dudarlo, la mujer corrigió su pedido:
—(Entonces,) una bendición para que nos esforcemos más por traerlo.
—Sí —respondió el Rebe con una sonrisa.—Y cuanto antes, mejor.
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Levantando la voz, el Rebe continuó con la clásica tonada talmúdica:—La cera es el cuerpo del ser humano y la mecha es el alma. La llama es el fuego de la Torá. Cuando el alma se enciende con la llama de la Torá es entonces que la persona se transforma en una candela, alcanzando el propósito para el que fuera creada. Y ello es lo que intento hacer: ayudar a cada hombre y mujer a alcanzar el propósito para el que fueron creados.
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