Corría el año 1950.

La fecha, 28 de enero, 10 Shvat 5710.

El mundo judío despertó con la devastadora noticia del fallecimiento del sexto Rebe de Lubavitch, R. Yosef Yitzchak Schneersohn. Su fallecimiento creó un vacío de liderazgo en esta unida comunidad de eruditos, místicos, judíos simples y sobrevivientes.

Quienes se refugiaron en los Estados Unidos eran un exiguo remanente de una dinastía otrora gloriosa, que en el pasado había contado con cientos de miles de seguidores, con centros y puestos de avanzada activos en gran parte de Europa del Este.

Pero ahora su futuro era incierto: ¿qué sería de su modo de vida en (América,) esta nueva tierra? ¿Cómo se orientarían hacia el futuro?

Se produjeron numerosos debates internos. ¿Dónde buscarían consuelo, fuerza y orientación en la vida y en la Torá? ¿Quién les guiaría? ¿Quién sería el próximo Rebe?

Algunos en la comunidad consideraron que el mayor de los yernos de R. Iosef Itzjak, R. Shmaryahu Gurary, un renombrado erudito jasídico y activista comunitario, era el candidato natural para liderar el movimiento. La mayoría de los jasidim, sin embargo, posaron sus ojos en el yerno más joven, R. Menajem Mendel Schneerson, conocido entonces como Ramash,1 para tomar el lugar de su suegro.

A diferencia de su cuñado —conocido como Rashag, que se había criado e incubado en la corte del quinto Rebe de Lubavitch, R. Shalom DovBer, conocido como Rebe Rashab, y había trabajado estrechamente con R. Iosef Itzjak en muchos asuntos comunitarios— el Rebe se desarrolló aislado del epicentro de la vida jasídica, pasó gran parte de sus tempranos años estudiando solo con tutores, y más tarde vivió una vida relativamente enclaustrada, cursando estudios en las universidades de Berlín y la Sorbona.

Por su parte, R. Menajem Mendel, que era sumamente reservado, había rechazado enérgicamente las insistentes peticiones de los jasidim para ser el nuevo Rebe. 2

Sin embargo, la Providencia quiso que, en lugar de seguir viviendo en un discreto anonimato, el Rebe se convirtiera en una de las más públicas personalidades judías de este siglo.

El introvertido más extrovertido

Al igual que Moisés, cuya respuesta inicial ante la perspectiva del liderazgo fue: "¿Quién soy yo para ir al Faraón y sacar a los hijos de Israel de Egipto?"3 , inicialmente, el Rebe respondió a las peticiones de que asumiera el cargo con expresiones de incompetencia.

"Recibí su carta [proponiendo mi candidatura como Rebe], y quedé estupefacto al leerla, por demandar asuntos que no son [parte de] mí... No le culpo, porque no me conoce personalmente, pero al menos debería haberlo verificado antes de escribirme.4

Cuando R. Dubov, un prominente Jasid de Jabad, instó al Rebe a asumir el manto del liderazgo, el Rebe cuestionó la suposición misma de que era apto para semejante cargo, exclamando: "¿¡Acaso supones que Mendel Schneerson es un Rebe!?”5

De hecho, era tal la oposición del Rebe a asumir el liderazgo que, en un momento dado, ¡incluso amenazó con huir si los Jasidim no cesaban de presionarle para que aceptase!

Hasta dos semanas antes de haber aceptado, el Rebe seguía oponiéndose vehementemente al nombramiento.

El 2 de enero de 1951, un grupo de Jasidim fue a verle con una carta en la que le anunciaban que lo tomaban como Rebe. Después de leer sólo la primera frase, el Rebe dobló la carta y la puso sobre su mesa. Con lágrimas en su rostro, el Rebe dijo: "Por favor, retírense. Esa carta no tiene importancia para mí.”6

¿Qué fue, entonces, lo que cambió la determinación del Rebe y, en consecuencia, la historia del judaísmo en la América de posguerra?

Se dice que fue un comentario mordaz de su esposa, hija del Rebe anterior, el que marcó la diferencia: "Si no asumes el cargo, treinta años de la vida de mi padre se habrán malogrado.”7

Una vez que le plantearon el caso como un llamamiento urgente en aras de la preservación de la comunidad, el Rebe asumió el rol público y absorbente de un Rebe jasídico.

Sin embargo, aun después de haber aceptado el exigente cargo y de haber ampliado progresivamente sus responsabilidades, el manto del liderazgo continuaba sin consolidarse en el Rebe, como él mismo confió una vez en una carta:

"Debo enfatizar que a pesar de lo anterior [instarle a participar activamente en los asuntos comunitarios], ahora, al igual que cuando nos hemos conocido en persona, yo mismo no disfruto de involucrarme en los asuntos comunitarios.8 ,9

Esta confidencia personal se hace eco de otra similar, la cual tuvo lugar durante una audiencia privada en 1965 con R. Hillel Pevzner, un shlíaj (emisario) en París, a quien el Rebe animó a intensificar su activismo comunitario.

R. Pevzner se lamentó: "¡Rebe, es demasiado para mi personalidad introvertida!"

El Rebe respondió: "También yo soy de naturaleza introvertida. No obstante, sobreponiéndome a mi naturaleza, he aceptado participar activamente en la vida pública comunitaria porque sabía lo esencial que era."

Y es aquí donde llegamos a la lucha profundamente humana y a la pregunta en el corazón de la historia del Rebe:

¿Vivir para mí o vivir para los demás? Esa es la cuestión.

Desde el momento en que tomó su decisión, este erudito introspectivo pasaría día y noche absorbiendo los dolores y los miedos, las ansiedades y las aspiraciones de millones de personas, respondiendo a veces a más de cuatrocientas cartas al día, atendiendo a gente en audiencias privadas durante toda la noche tres veces por semana, permaneciendo de pie durante siete u ocho horas los domingos entregando dólares para tzedaká, repartiendo kos shel brajá (vino de bendición) a miles de personas la noche posterior a Iom Tov, tras una festividad de dos o tres días enseñando Torá a miles de sus jasidim durante muchas horas de continuo.

Y pensar que, según él mismo admitió, el rol público y la personalidad de Rebe aun no le sentaban naturalmente, incluso casi quince años después de haber llegado a Rebe.

Una vida de servicio

Vivir para mí o vivir para los demás, ésa es la pregunta a la que todos debemos responder, como individuos, como comunidades y como naciones.

Como individuos, ¿viviremos una vida dedicada exclusivamente a la autorrealización y al desarrollo personal, por muy nobles y elevados que tales objetivos sean, o dedicaremos tiempo, energía, recursos y espacio mental significativos al bienestar y la mejora de nuestras comunidades, escuelas y la sociedad en general?

¿Diseñaremos culturas familiares y domésticas egocéntricas o centradas en los demás, que cuiden de los demás o solo de nosotros mismos?

A la hora de estructurar nuestros sistemas de valores comunitarios, ¿qué elevaremos por encima de todas las demás aspiraciones: la ambición y el éxito o el altruismo y el servicio?

Estas cuestiones son cada vez más pertinentes y urgentes de abordar en un mundo y para una generación que ha sustituido la prioridad colectiva del Nosotros por la búsqueda singular (y egoísta) del Yo. 10

Fue en este entorno de hiperindividualismo y egocentrismo estadounidense del siglo XX que el Rebe emergió como un modelo humilde pero imponente de alguien que lo dio todo por los demás.

El Rebe dio el primer paso hacia el puente entre la devastación post-Holocausto y la renovación global con su discurso inaugural del 10 de Shvat de 5711 (1951), en una reunión por el primer aniversario del fallecimiento del Rebe anterior. En la primera noche de sus más de cuarenta años de búsqueda por cambiar la cara del judaísmo en el mundo todo, el Rebe habló con sobria gravedad, rompiendo a llorar ocasionalmente, ahogado por la conmoción y la magnitud del momento. Delineando claramente sus intenciones de ayudar a elevar a todos los judíos, el Rebe asumió sobre sus hombros la abrumadora tarea de liderar el camino, e imploró fervientemente a los reunidos ante él que hicieran su parte.

Si lees con el corazón el siguiente fragmento de aquel discurso inaugural, podrás ver en estas palabras no sólo un intento de convertir una comunidad históricamente introvertida y aislada en un grupo de trabajo global para la difusión espiritual. También puedes discernir en ellas los ecos débiles, pero contundentes, de una lucha interior y de una conversación dolorosamente honesta y de examen de conciencia más intrapersonal que interpersonal:

"...Puede que no sea por tu propia elección. Tampoco en virtud de tus propios logros. Más bien es algo que te fue otorgado. Uno no puede argumentar que dicha condición está más allá de sí debido a sus limitaciones personales. Por el contrario, la escuela del Jasidut explica en muchos contextos que cada judío, sin excepción, debe preguntarse: ¿Cuándo alcanzarán mis acciones las de mis padres, Abraham, Isaac y Jacob?

"¿Cuál fue el enfoque de Abraham, el primero (de los patriarcas)? Él no buscaba sacrificios. Todo lo que sabía era que tenía la misión de acercar a los demás a Di-s, de ir a un lugar donde no conocieran a Di-s, [donde] no conocieran el judaísmo, [donde] ni siquiera conocieran el alef-bet (abecedario hebreo), y dejar de lado sus propias necesidades para dedicarse a aquellos. Y si alguien argumenta: "Mira, el versículo solo dice: Él invocó, por lo que basta con que (solo) tú mismo conozcas a Di-s", le respondemos: '¡No! No leas Él invocó.’ Pues si pretendes que la Divinidad impacte en ti, entonces [debes] hacer que también otros Le invoquen... (Y debe proceder así aun) si no siente fuerza espiritual en su interior, e incluso si siente que no tiene nada (para ofrecer) al punto de clamar: '¿quién soy yo? ¿Qué soy?’ aun si tiene pruebas para justificar (su subestimación). Sin embargo, le decimos que (su dedicación a los demás) no es algo sujeto a su propia elección... y puesto que el camino ya está preparado, cada uno de nosotros tiene el deber de asumir dicha misión... debe darse cuenta de cuán preciado es y de lo mucho que se ha invertido en él. Entonces será capaz de cumplir su parte en la misión de atraer la esencia de Di-s de vuelta a este mundo material.”11

En esas sentidas palabras uno puede discernir al Rebe luchando la causa y defendiendo el caso, abordando la más universal de las batallas y respondiendo a la más humana de las preguntas de un modo que cambiaría irrevocablemente su vida y, por extensión, la de tantísimos otros.

¿Vivir sólo para mí o vivir para los demás?

Vivir una vida de servicio, ésa fue la respuesta del Rebe en aquella histórica noche. Que su ejemplo inspirador nos ayude a cada uno de nosotros a responder al llamado cuando, inevitablemente, se nos plantee la misma pregunta.