Cada año, desde 1954 hasta 1964, en Simjat Torá, el Rebe de Lubavitch enseñaba al público alguna melodía jasídica desconocida. Y además de enseñar la melodía, el Rebe a menudo explicaba su trasfondo y significado.

En una ocasión, el Rebe enseñó una canción llamada Anim Zemirot, basada en las palabras devocionales de un poema litúrgico atribuido a R. Yehuda Hajasid:

"Dulces melodías entonaré y poemas tejeré, pues Te anhela mi alma.

"Mi alma desea la sombra de tu mano, conocer cada uno de tus secretos".

Después de haber enseñado la melodía, el Rebe compartió la siguiente historia:

Una vez, el día después de Yom Kipur, cuando los miembros de la comunidad de cierto shtetl (aldea) llegaron a la sinagoga para la plegaria de la mañana, se sorprendieron al hallar a un Jasid bailando en el estrado, entonando Anim Zemirot con gran fervor. Resultó que el hombre había estado tan absorto en la melodía que pasó bailando toda la noche, sin haberse percatado de que el ayuno había finalizado.

Cuando la melodía se hizo popular entre los jasidim, empezaron a circular rumores de que aquel hombre virtuoso de la historia era el propio Rebe.

Cuando uno de los Jasidim visitó al Rebe para una audiencia privada, decidió aclarar el asunto y le preguntó si tales rumores eran ciertos. El Rebe respondió que no y procedió a relatar la historia en su totalidad:

"Hubo una vez un hombre rico que se dedicaba a viajar por la región, localizando y redimiendo a judíos encarcelados a manos de los barones locales (feudales) por no poder afrontar el valor del arrendamiento. Un día, pasó por una cárcel y oyó los gritos desgarradores de un judío que estaba detenido allí. Fue a visitar al barón para intentar liberar al hombre de su cautiverio, recibiendo como respuesta que el precio de su libertad era una suma exorbitante. El hombre rico lo dudó.

"De vuelta en casa, su conciencia no le dejó en paz. Procedió, pues, a calcular el valor de todo su patrimonio, que resultó ser aproximadamente la cantidad necesaria para liberar al judío. Liquidó sus bienes y regresó ante el barón, entregándole la suma requerida.

"Con un brillo malvado en sus ojos, el barón se echó a reír mientras abría la celda, gritando: "Toma a tu judío, como te prometí". Para sorpresa y consternación del rico, el pobre hombre ya había fallecido.

"Sintiéndose totalmente desolado por haber vendido sus posesiones en vano, el ahora indigente quedó abatido en abismal depresión. Por más que sus allegados lo intentaban, no conseguían reanimar su espíritu.

"Así, una noche quedó profundamente dormido y soñó con un mensaje de lo Alto: 'Tu dinero no ha sido desperdiciado en vano. Al contrario, tus acciones altruistas son dignas de recompensa'. En el sueño, al hombre le presentaron dos opciones. La primera era volver a una vida de riqueza extraordinaria. La segunda era experimentar, en vida, el sabor del Gan Edn, la dicha celestial.

"El hombre eligió la segunda opción, y en el Cielo decidieron bendecirle con una dosis de máximo éxtasis espiritual en el día de Yom Kipur.

"Fue así que durante todo ese Yom Kipur experimentó aquella sublime revelación, una muestra del Mundo Venidero, con la cual lo bendijeron del Cielo. Y tan absorto estaba en su éxtasis que pasó toda la noche danzando en trance, ajeno a sus necesidades corporales".

Al contar esta historia, los Jasidim dirían: "¡Por la elección del hombre queda claro que no era un discípulo de la escuela Jabad. Porque de haberlo sido habría elegido la riqueza por sobre el éxtasis espiritual. Imaginen cuántas vidas más podría haber salvado entonces!" 1 ,2

La historia anterior enmarca la diferencia entre dos enfoques fundamentalmente divergentes sobre la búsqueda de Di-s: ¿Nuestro propósito en esta vida es buscar la trascendencia y la iluminación espiritual para nosotros mismos, o estamos aquí para dedicar nuestras vidas a actos de servicio y así reparar nuestro mundo tan fragmentado?

Yo, yo mismo y yo

Independientemente de la tradición particular, la mayoría de los buscadores espirituales de nuestros días persiguen la trascendencia y la iluminación. Pero la búsqueda exclusiva de lo metafísico y lo espiritual también puede cegarnos de ver las luchas cotidianas de quienes nos rodean.

En el corazón de dicho obstáculo se encuentra el deseo del individuo espiritual de sentir —percibir y experimentar— el más allá intangible. Las palabras clave son "sentir" y "experimentar", que irónicamente describen la gratificación de la individualidad en lugar de su trascendencia. El punto de partida y de llegada de este buscador espiritual suele ser el mismo: una extensión llamada Yo.

Contrario a esta tendencia natural del alma (hacia lo ego-espiritual), el Rebe enfatizó una y otra vez la perspectiva del Jasidismo, que privilegia la compasión por sobre la comunión religiosa, la empatía activa por sobre el éxtasis místico y la centralidad en el otro por sobre la centralidad en uno mismo. 3

Por ejemplo, en una conversación con un buscador espiritual que preguntó cómo podría vivir una vida más espiritual, el Rebe reforzó este punto: "Si bien es importante trabajar en el auto-refinamiento, el llamado del momento es mejorar la vida de los demás".

El Rebe procedió a ilustrar esta revolucionaria perspectiva con la siguiente historia:

"Una vez, una persona necesitada pidió a un gran sabio judío un importante donativo. El sabio fue directamente a su cajón, sacó sus ahorros y le entregó al pobre hombre toda la suma. Cuando la mujer del sabio tomó conocimiento de lo que había hecho, se enfadó mucho y exclamó: ‘¿Qué has hecho? ¡Has regalado todos nuestros ahorros!’.

El sabio respondió: ‘Querida esposa, anoche soñé que había fallecido. Cuando llegué a las puertas del Cielo, un renombrado erudito de la Torá aguardaba allí para ingresar. Al cabo de algún tiempo, la Corte celestial confirmó que había dedicado toda su vida al estudio de la sabiduría de Di-s, pero no fue admitido inmediatamente.

"‘Entonces apareció otra alma. Su pasión en la vida había sido la caridad. Se comprobó que había dedicado la mayor parte de sus energías a ayudar a los demás. Las puertas del Cielo de inmediato se abrieron para él y se le permitió el acceso al Gan Edén.’

"De todas las actividades dignas en las que uno puede involucrarse —concluyó el Rebe— los actos de generosidad son los más meritorios a los ojos de Di-s.”4

La sagrada comida de Yom Kipur

Este fue el mensaje central del primer discurso del Rebe al asumir el liderazgo de Jabad en 1951.5 En su primer acto oficial como Rebe, pronunció un maamar, discurso jasídico, durante el cual rompió a llorar al relatar una historia sobre cada uno de los Rebes de Jabad, destacando el legendario ahavat Israel, amor incondicional de ellos por el semejante. Comenzó con una historia sobre el primer Rebe de Jabad, R. Schneur Zalman, conocido como Alter Rebe, historia sobre la que volvería muchas veces a lo largo de sus cuatro décadas de liderazgo, reforzando su poderoso mensaje.

Era el día de Yom Kipur, el día más sagrado del año. La comunidad estaba reunida en la sinagoga esperando que comenzaran las más elevadas plegarias del año todo, cuando de repente el Alter Rebe se quitó su tallit y salió.

Sin que la gente lo supiera, y mientras sus discípulos aguardaban preocupados su regreso, el Alter Rebe se dirigió afuera de los límites de la aldea, a una cabaña en ruinas en la que una joven madre yacía con su bebé recién nacido. El Alter Rebe cortó leña, encendió un fuego para calentar la casa y le preparó un caldo.

Lo hizo con la sagrada conciencia de que salvar una vida es tan importante, al punto de que cortar leña y prender fuego, acciones habitualmente prohibidas en el sagrado día, en este caso estaban permitidas. Ninguna tarea era inapropiada para este gran erudito de la Torá, que cocinó y alimentó tiernamente a esa mujer antes de regresar a la sinagoga para comenzar los servicios de Yom Kipur.

Cuando más tarde le preguntaron por qué, en el día más sagrado del año, decidió ayudar él mismo a esa mujer y a su familia en lugar de enviar a un emisario, respondió que, según la ley judía, nunca se debe delegar la noble tarea de salvar una vida, ni en Shabat, ni en una festividad y ni siquiera en Yom Kipur. 6 ,7 ,8

Qué historia tan conmovedora para que el Rebe la comparta aquella noche en Brooklyn, especialmente teniendo en cuenta lo que había sucedido justo una noche antes en su oficina en 770 Eastern Parkway. 9

Moshe Groner era estudiante de rabinato en 770 y, en la víspera de aquel histórico farbrenguen, estaba poniéndose al día en sus estudios cuando oyó que el teléfono de la oficina de la sede central de Jabad sonaba sin cesar. Tras comprobar que ninguno de los secretarios estaba presente, tomó el teléfono pensando que podría tratarse de una emergencia.

Imagínense su sorpresa al reconocer la voz del Rebe en la línea.

El Rebe le preguntó si estaba disponible para ayudarle con un asunto urgente en su casa. Moshe corrió a la casa del Rebe, y este le explicó que había un paciente con problemas de salud ingresado en el hospital y que estaba intentando contactar al médico para obtener autorización para visitarlo. El Rebe preguntó a Moshé si podía quedarse al teléfono hasta que el médico respondiese, ya que tenía un tema que tratar en la habitación contigua.

Cuando finalmente lo atendieron, Moshe llamó al Rebe para que tomara el teléfono y pasó a la otra habitación para dejarle un poco de privacidad. En la mesa del comedor había varios sefarim, libros sagrados, y parecía que el Rebe había estado preparando una clase. Tras colgar el teléfono, el Rebe le dijo a Moshe que necesitaba ver al paciente en el hospital y le preguntó si podía consultar ciertas fuentes entre los libros dispuestos y dejarlos preparados sobre la mesa antes de retirarse. Imaginen la sorpresa y el asombro de Moshe cuando, la noche siguiente, durante su primer discurso como Rebe éste citó los libros sagrados que habían estado desplegados sobre aquella mesa la noche anterior.

Entonces Moshé comprendió, y quedó impresionado por la profunda expresión de Ahavat Israel que había manifestado el Rebe. Mientras estaba preparando el equivalente a su discurso de investidura, la noche previa al que posiblemente fuera el acontecimiento más importante y transformador de su vida, el Rebe lo había dejado todo en suspenso por un judío en necesidades. 10

En su última noche como "ciudadano privado", menos de un día antes de ser lanzado al implacable centro de atención en el que permanecería durante los siguientes cuarenta y tres años hasta su fallecimiento, en lugar de dedicar esos preciosos momentos a sus propias pasiones espirituales, no dudó a la hora de correr a la sala de un hospital para asegurarse de que un judío olvidado y sin familia recibiera los cuidados adecuados.

Al igual que el Alter Rebe antes que él, que se negó a delegar la sagrada tarea de atender a una pobre parturienta en el día más sagrado del año, el Rebe decidió no delegar la visita al hospital, por más que se tratase de la noche más importante de su vida.

Este discreto acto de altruismo y bondad simboliza profundamente la misión de divulgación por la que el Rebe se haría conocido, instando a sus discípulos y seguidores a renunciar a algunas de sus propias comodidades espirituales en aras de asegurar el bienestar material y espiritual de los demás.

En toda oportunidad, el Rebe hizo hincapié en este punto: un solo acto de bondad es más elevado que todos los actos y prácticas, sin importar qué tan sublimes estos sean.

De hecho, en su esencia, el judaísmo es una religión de acción concreta, de acciones concretas, aquí y ahora. No fuimos puestos en esta tierra para disfrutar y experimentar meramente los frutos de la trascendencia espiritual. Fuimos enviados a este mundo con un propósito sagrado, una misión definida por el servicio, santificada por el impacto de nuestros actos en la vida de las personas con las que interactuamos.

En el siguiente capítulo, titulado "Un Rebe Reticente", descubriremos la conmovedora historia de la lucha personal del Rebe referida a la asunción del liderazgo de Jabad, por la que sacrificó una toda vida de devoción personal para asumir la implacable carga del servicio público. Esta sentida imagen nos ofrece un conmovedor retrato de cómo el propio Rebe resolvió la tensión universal entre el yo y el servicio, brindándonos un poderoso ejemplo.