Uno de los campos de conflicto más comunes y tensos entre mi mundo y el mundo, como lo mencionáramos en el capítulo seis, es el hogar. Al buscar nuestro lugar en el mundo, es muy fácil buscar significado, plenitud y un propósito lejos de quienes nos rodean.

Este fue el caso de una madre en problemas que confió al Rebe que se sentía perdida y sin propósito. El Rebe le respondió:

"He recibido su carta... En ella escribe usted que realmente no comprende su lugar en el mundo, etc. Al mismo tiempo, comienza [la carta] con la buena nueva de que junto con su marido han sido bendecidos con buenos hijos.

Lo antedicho ya comprende la respuesta a su pregunta... puede usted comprender bien que, habiendo sido bendecida con el mayor de los dones, el don de hijos, [y habiendo sido bendecida] para criarlos como "hijos de Hashem [Di-s]", ha recibido de lo Alto las capacidades necesarias para dar cumplimiento a ese gran privilegio y placer en la mayor medida, y con gozo y alegría de corazón.”1

Hoy día, un creciente número de personas está relegando su vida familiar a favor de su carrera y otros objetivos: activismo social, realización personal y éxito material, entre otros. Esto, en parte, explica las estadísticas que demuestran que casi el noventa por ciento de la población mundial vive actualmente en países con tasas de matrimonio en franco descenso. 2

Esto es sintomático de un fenómeno social emergente, que el autor, columnista y politólogo Derek Thompson denomina "workismo", que él define como la "creencia de que el trabajo no sólo es necesario para la producción económica, sino también la pieza central de la propia identidad y el propósito de la vida".3 Para muchas personas en la actualidad, la familia simplemente ocupa un segundo lugar, o incluso el tercero o cuarto.

El éxito profesional solía considerarse un medio necesario para alcanzar un fin. Antes, el trabajo se consideraba una forma de apoyar y sustentar la vida familiar. Pero para un número cada vez mayor de personas en nuestra sociedad, la carrera profesional se ha convertido en un fin en sí mismo.

Este fenómeno también es frecuente entre las personas con vocación de servicio, cuya inclinación natural es servir a causas fuera del hogar. ¿Cuántos terapeutas, filántropos, activistas, políticos y líderes comunitarios han dedicado su vida al cuidado de los demás, a costas de perder de vista o perder el contacto con las personas más cercanas a ellos? 4

Y si bien el trabajo duro, el crecimiento personal, el activismo social y el éxito financiero son, sin duda, objetivos valiosos y necesarios, el Rebe solía recordar a quienes gozan de la bendición de tener familia e hijos, que ninguna ambición debe perseguirse a expensas de los seres más cercanos.

Cabe destacar que esta piedra angular de la cosmovisión del Rebe sigue las directivas de la Mishná sobre cómo priorizar las donaciones caritativas:

"Si debes elegir entre apoyar a los pobres de tu familia o a los pobres de tu ciudad, los pobres de tu familia tienen prioridad. 5

Esta noción es la base del conocido aforismo: "La caridad empieza por casa".

Así como Di-s nos concedió a cada uno de nosotros un conjunto de chispas únicas esparcidas por el mundo, con las que debemos involucrarnos a fin de elevarlas, también nos asignó una lista concisa de otras almas para elevar. La primera y más importante de esas preciosas almas son nuestras familias: cónyuge, hijos, padres y hermanos. Esas almas fueron elegidas por Di-s y confiadas a nosotros —como nosotros a ellas— para ser las principales entre aquellos a quienes tenemos la responsabilidad de apoyar, guiar y formar. Por consiguiente, cuidar de dichas almas debe ser el enfoque primordial y el centro de nuestro propósito en la vida.

Como dijo el Rebe a un hombre que experimentaba conflictos domésticos:

"La verdadera grandeza de una persona reside en cumplir su misión en la vida y actuar de forma que genere paz y alegría a los miembros de su familia”. 6

Una misión por sobre todo

Este paradigma fue especialmente crucial durante los primeros días del liderazgo del Rebe, que dio comienzo apenas cinco años después de la declaración del final de la Segunda Guerra Mundial. Durante este tiempo, la mayor parte de la comunidad Jabad-Lubavitch llevaba una existencia relativamente aislada, protegida y atrincherada en el barrio de Crown Heights de Brooklyn. Tras el trauma de la guerra, Crown Heights se había convertido en un refugio cultural y espiritual para muchos miembros de la comunidad de Jabad. Con valentía , el Rebe dirigió el intenso enfoque comunitario de sus Jasidim hacia el exterior, para influir en el mundo más allá de su shtetl (pequeña aldea). Instó a sus alumnos a dejar atrás el confort de sus hogares y la familiaridad de su comunidad y viajasen hasta los rincones más alejados del mundo para atender a los judíos que buscaban orientación o estaban alejados de su herencia espiritual.

Como lo describió el difunto Gran Rabino Jonathan Sacks: “El Rebe emprendió la iniciativa espiritual más audaz jamás emprendida en la historia de la humanidad; [se propuso como misión] buscar a cada judío con amor, con la misma intensidad con que habían sido perseguidos con odio.”7

Este sería el trabajo de los shlujim (emisarios) de Jabad, una expansión radical del ímpetu original del jasidismo tal como fuera esbozado por Baal Shem Tov: Llevar las enseñanzas y actos de bondad hasta los confines del mundo.

El Rebe sabía que los enviados en tal misión estarían entregados a la misma incansablemente, día y noche. Deberían estar a disposición de toda la comunidad judía para todas sus necesidades y, en muchos casos, serían el único punto de contacto judío en su ciudad, estado o incluso país. Sabiendo que sus vidas probablemente se verían superadas por su trabajo para la comunidad, a los jasidim que aceptaron les recordó una y otra vez que había otra misión que debían honrar por encima de todas las demás: la misión de criar a sus familias y educar a sus hijos para que vivieran según los más elevados estándares de valores e integridad jasídicos.

El Rebe compartió esta verdad con R. Nosson y Miriam Gurary antes de que partieran para su destino en Búfalo, Nueva York, en 1971. Les deseó éxito en su misión y en el establecimiento de su hogar. Y luego, en términos inequívocos, enfatizó:

"El objetivo final de todo [de todo semejante traslado de Brooklyn a Búfalo en shlijut (misión)] es experimentar Jasídishe najat (realización espiritual) a través de sus hijos.”8

Aquí, el Rebe resaltó cuál sería el principal objetivo de Gurary en su vida como emisario en Buffalo. No se trataba estrictamente, como podría suponerse, del sagrado trabajo externo de servicio a la comunidad. Más bien, se trataba del sagrado trabajo interno de servicio a sus propios hijos, en su propio hogar.

Víctimas del trabajo

A menudo, una de las primeras víctimas de una vida dedicada al servicio comunitario es la relación con el cónyuge. Cuando la vida se vuelve ajetreada, es muy usual pasar por alto las necesidades de la pareja y privilegiar los compromisos comunitarios urgentes en nombre de "salvar al mundo". Podríamos decirnos que nuestro cónyuge es autosuficiente y, por tanto, reservarle sólo lo que nos quede de nuestra energía. Aquí, nuevamente, hallamos el escollo potencial de permitir que el mundo eclipse mi mundo.

Al aconsejar a los demás, y con su propio ejemplo de vida, el Rebe subrayó reiteradamente la necesidad de priorizar al cónyuge por sobre cualquier otra consideración, con un énfasis inquebrantable y sagrado.

En una ocasión, transmitió este valor fundamental a R. Gershon Mendel Garelik, quien en 1959 fuera enviado a Milán como uno de los shlujim pioneros. Durante su encuentro privado con el Rebe, R. Garelik dijo que estaba luchando bajo el tremendo peso de sus responsabilidades en Italia. Tras describir sus dificultades, el Rebe, amablemente, le preguntó: "¿Y cómo es su relación con su esposa?".

El Rebe hizo entonces una petición inusual. Le pidió a R. Garelik que describiera en una nota la dinámica de su matrimonio y cómo sobrellevaba las tensiones por su trabajo.

Al final de la nota, en la que se había explayado sobre las muchas virtudes de su esposa, R. Garelik escribió: "Tal vez no debería haber sido tan profuso las cualidades de mi esposa."

El Rebe tachó la palabra "no" y subrayó la palabra "debería", dejando la frase así:

"No debería haber sido tan profuso en la descripción de las cualidades de mi esposa".

Sin una sola palabra, el Rebe le recalcó a aquel sobrecargado erudito de Jabad, responsable de la vida judía de toda Italia, que su principal misión es, y siempre será, cuidar y honrar a su esposa.

El Rebe reforzó aún más este valor sacrosanto en una conversación con R. Garelik cuando éste partía hacia Milán después de una visita a Nueva York. Cuando el secretario principal del Rebe, R. Hodakov, le preguntó (en nombre del Rebe) si regresaría a casa con un regalo para su esposa, R. Garelik respondió que le había comprado unas tortas de una célebre confitería local, ya que esas delicias kosher no se conseguían en su nueva ciudad de residencia. R. Hodakov sugirió que le llevase un regalo que reflejase mejor el valor de ella, quizás algo de oro. Tras deliberarlo brevemente, R. Garelik decidió comprarle un reloj.

Sorprendentemente, el Rebe se interesó personalmente en que ese regalo fuera especial. Así, convocaron a un joyero, que recientemente había abierto una joyería en las cercanías de 770, para que se presentase con varias opciones a considerar. El Rebe, entonces, procedió a ayudar a R. Garelik con su elección. En un momento dado, el Rebe le recalcó debidamente a R. Garelik la importancia de tratar a su esposa como si fuera la persona más importante del mundo, a pesar de todas las exigencias de su rol comunitario.

“No sé qué decir”, expuso la esposa de Garelik en respuesta a la poderosa influencia que ejerció el Rebe sobre su esposo. “Solo sé que tengo un marido magnífico, que me trata de maravillas… [Ese gesto lo aprendió del] afecto que el Rebe mismo le profesaba a su esposa: de allí él comprendió la importancia de una actitud así…”.

Abundan las historias del propio ejemplo del Rebe, y son particularmente conmovedoras a la luz del tremendo peso de sus responsabilidades globales: desde responder miles de cartas, hasta dirigir campañas internacionales de divulgación, hasta recibir a innumerables personas en audiencia privada en procura de orientación; todo ello, además de dirigir a su vasta comunidad diariamente. 9

Y sin embargo, el Rebe consideraba el precioso tiempo que pasaba con su querida esposa y compañera de vida, la Rebetzin Jaia Mushka, absolutamente sagrado y a la altura de los mayores mandatos bíblicos.

Como le dijo una vez al Dr. Ira Weiss, el cardiólogo que atendió al Rebe y a la Rebbetzin y que gozaba de una estrecha relación con ambos:

"El tiempo que dedico cada día a tomar el té con mi esposa es tan importante para mí como el mandamiento bíblico de ponerme tefilín cada día. 10

Padre de uno

Al considerar la verdadera magnitud de nuestro sagrado mandamiento de honrar a la familia por encima de todo, el Rebe se inspiró en el primer shliaj (emisario) del judaísmo, (el patriarca) Abraham. En su intento de difundir la palabra y la luz de Di-s en el mundo, Abraham estableció su tienda en el desierto en la que recibía a todos los transeúntes sin excepción, brindándoles amor y conexión, en un esfuerzo por acercarlos a las enseñanzas del monoteísmo. Poco después del fallecimiento de su esposa Sara, Abraham contrajo matrimonio con una mujer llamada Ketura, a la que la tradición rabínica identifica con Agar, su exesposa, archienemiga de Sara y fuente de un profundo trauma en su vida.11 Tan conflictiva era su relación y la amenaza que suponía Ismael, el hijo de Agar, para la vida de Isaac, el hijo de Sara,12 , que Sara los expulsó de su casa, causando el distanciamiento de Abraham.

Esto plantea un interrogante: Dada la turbulenta historia de Agar, ¿cómo pudo Abraham profanar la memoria de Sara volviendo con Agar tan pronto después de su fallecimiento, sobre todo teniendo en cuenta que Agar, tras abandonar el hogar de Abraham, había retomado su pasado idólatra? 13

Pero esa es precisamente la cuestión. A pesar de haber influido en miles de personas para que adoptasen la verdad del monoteísmo, Abraham, por alguna razón, no logró atraer a su exesposa Agar ni a su hijo Ismael al rebaño. Este parecería ser un caso clásico de alguien que se ocupa del mundo mientras descuida su propio mundo. Por eso, tras el fallecimiento de Sara, Abraham siguió su viejo anhelo de reconciliarse con su distanciada familia y hacer todo lo que estuviera a su alcance para ayudarles a encontrar su camino. 14

Si bien Abraham fue destinado a ser Av Hamon Goyim, "Padre de numerosas naciones", y el ser humano más influyente que haya pisado esta tierra, con más de la mitad de la población del planeta considerándole su padre espiritual hasta el día de hoy;15 también fue el padre de su propio mundo, incluidos su excompañera y su hijo. Mientras ellos permanecieran extraviados y distanciados, Abraham no podía cumplir con su más sagrado deber.

Al final, no fueron sus logros mundanos, su extraordinario coraje ni su integridad moral lo que lo hizo especial a los ojos del Cielo. Tampoco fue su legendaria bondad, ni siquiera su espíritu de activismo y sacrificio, lo que lo hizo digno de ser el padre de la nación judía, sino su constante enfoque en la familia como prioridad fundamental. Como claramente señala el versículo:

"Lo he elegido para que instruya a sus hijos y a su casa tras de sí a seguir los caminos de Di-s, para practicar la caridad y la justicia”.16

Todos podemos aprender del ejemplo de Abraham. No importa qué tarea monumental nos empuje en otra dirección, siempre debemos regresar a casa y recordar que ninguna prioridad es mayor que la afectuosa dedicación a la familia con que Di-s nos ha bendecido. De hecho, ninguna aspiración es mayor que el cuidado de las almas que nos fueran confiadas como fundamentos vivientes de nuestro propósito sagrado.