Además de ver el tiempo posterior al fallecimiento de un ser querido como una ocasión para emprender acciones positivas en favor del finado, el Rebe lo veía como un tiempo para un tipo de actividad más introspectiva. Es un momento en el que quienes quedan en este mundo son más conscientes de su propia alma y, por consiguiente, tienen la capacidad de examinar nuevamente la calidad espiritual y emocional de sus vidas.

En una carta dirigida al rabino Herbert Weiner, célebre autor de “Nueve místicos y medio”, tras el fallecimiento de la madre del rabino, el Rebe escribe:

Lo anterior permite comprender lo que parece una observación algo “incongruente” de Maimónides1 , a saber, que el período de duelo observado por una familia doliente tiene que ver con la teshuvá [retorno] ... Porque es un momento adecuado para reflexionar sobre las oportunidades brindadas al alma para “retornar” a su Fuente mientras está aquí en la tierra, alojada en su cuerpo; y en esta experiencia de teshuvá vivir una vida significativa y feliz hasta una edad avanzada.2

Cuando reflexionamos sobre la pérdida de un ser querido y la forma en que su alma regresó a su Fuente, nos tornamos más abiertos a las necesidades de nuestra propia alma y a desarrollar su relación con Di-s mientras aún haya tiempo para hacerlo en este mundo.

La importancia de utilizar las oportunidades únicas y pasajeras que se nos brinda (de lo Alto) durante nuestra estancia física en este mundo se puede apreciar en el siguiente relato:

En 1941, el sexto Rebe de Lubavitch, Rabi Iosef Itzjak Schneersohn, instituyó un programa que proporcionaba a los niños judíos de las escuelas públicas de la ciudad de Nueva York una hora semanal de estudios judaicos.

Todos los miércoles por la tarde, estudiantes voluntarios de la ieshivá de Lubavitch interrumpían sus estudios durante varias horas, viajaban a las escuelas públicas de la ciudad de Nueva York, llevaban a los niños a las sinagogas locales donde les enseñaban sus tradiciones, para luego acompañarlos de vuelta a sus respectivas escuelas.

Un joven estudiante escribió al Rebe pidiendo que se le excusara de participar en el programa, ya que sentía que perdía su valioso tiempo.

En primer lugar, escribió, no creía que realmente lograra mucho. Cada semana recitaba oraciones con los niños, pero no creía que las sesiones de plegarias tuvieran algún efecto duradero.

En segundo lugar, le llevaba tres o cuatro horas de su jornada acudir a la escuela que le habían asignado, recoger a los niños, enseñarles y llevarlos de vuelta a la escuela, para recién luego regresar a la ieshivá. Consideraba que su tiempo estaría mejor empleado en sus estudios.

El Rebe le respondió: “Quiero que sepas que cada semana, los miércoles por la tarde, todas las almas del Gan Eden, incluido el mismísimo ­Moshé Rabeinu, te envidian por la oportunidad única que tienes de decir el Shemá Israel y recitar alguna bendición con un niño. Las almas de ellos ya no tienen la oportunidad de interactuar con niños para acercarlos a su Padre en el Cielo. ¿Sabes lo que darían ellos por el privilegio único que tú tienes?”3 .

Esta historia da vida a la monumental enseñanza de la Mishná,4 que afirma que “Un instante de buenas acciones en este mundo es más deseable que todo el Mundo Venidero”. Reflexionar acerca de nuestra finitud y del hecho de que las posibilidades espirituales, o mitzvot, que hallamos durante nuestra vida están conectadas a la existencia física, contribuye a incrementar la sensación de relevancia y premura que envuelve a estas oportunidades excepcionales, lo que, a su vez, nos impulsa hacia la acción constructiva.

Como demuestra la siguiente anécdota, el delicado momento posterior a un fallecimiento también nos otorga claridad de perspectiva, lo cual lo convierte en un momento apropiado para expresar gratitud por las abundantes bendiciones que agracian nuestras vidas y por las relaciones afectuosas que aún mantenemos.

El Rebe fue separado de sus padres en la década de 1920,a la edad de veintiséis años, para recién en 1947 volver a reunirse con su madre. Su padre había fallecido tres años antes. El Rebe expresaba a menudo su angustia por haberse visto privado durante tantos años de la oportunidad de cumplir con su obligación de honrar a sus padres.

Cuando el Rebe se reencontró por primera vez con su madre después de todos sus años de sepa­ración, se abrazaron durante veinte minutos sin pronunciar palabra. Después de ese reencuentro, la visitó todos los días. Acudía a su casa a última hora de la tarde para servirle el té y conversar con ella.

Poco después del fallecimiento de su madre en 1965, el Rebe recibió la visita de una adolescente que quería conversar sobre un conflicto que tenía con su madre. Estaba enfadada porque su madre no le daba la cantidad de dinero de la mensualidad que ella consideraba necesaria. El Rebe respondió con tristeza: “Acabo de perder a mi madre este año. ¿Sabes cuánto dinero daría por verla sólo una vez más?”.5

En este caso, el Rebe utilizó su propio sentimiento de pérdida personal y dolor por la pérdida de su madre a fin de ayudar a fortalecer los lazos de otra familia.

Reflexionar sobre la brevedad de la vida puede ayudarnos a apreciar y valorar mejor las relaciones afectivas que tenemos la suerte de tener pero que a menudo damos por sentadas.