Una tarde de 1971 se celebró una reunión en la sede de Jabad Lubavitch, Eastern Parkway 770. Gershon Ber Jacobson, periodista y director de un periódico judío, entonces recientemente de regreso de la ex Unión Soviética tras haber viajado allí en misión secreta para entregar artículos religiosos de contrabando a los judíos locales, a quienes no se les permitía practicar la religión abiertamente; y también para reforzar el espíritu y la moral de ellos. A su regreso, le pidieron que fuera a ver al Rebe para describir ante él todo cuanto había visto y hecho durante su misión.
Durante la reunión, que se extendió durante toda la noche, relató los desafíos extremos y la persecución que sufrían sus semejantes judíos detrás de la “Cortina de Hierro”, las pruebas y tribulaciones que debían enfrentar a diario los judíos soviéticos por vivir una vida religiosa y su profundo anhelo de libertad religiosa.
Con cada historia de penurias que narraba, el rostro del Rebe decaía aún más y era evidente que estaba profundamente agitado por semejante lucha y estaba interiorizando y absorbiendo personalmente el sufrimiento de ellos.
(Y entonces, cuando la larga noche concluía y empezaba a amanecer, un rayo de sol iluminó repentinamente el despacho del Rebe. Al ver el sol naciente, el Rebe se levantó lentamente, su rostro se transformó de un agotamiento total a una radiante vitalidad, sus hombros se relajaron de la pesada carga de la judería soviética que él llevaba personalmente, y, como si diera la bienvenida a un amigo perdido hace mucho tiempo, dijo con voz esperanzada: Ah, un naem tog... [“Ah, un nuevo día...”]1 )
Un rasgo distintivo del enfoque del Rebe hacia el mundo era un optimismo casi obstinado frente a la tragedia, un rechazo a vivir con miedo o a ver nuestro mundo como algo que no es intrínsecamente bueno 2 .
En una extraña revelación personal a uno de sus jasidim y confidente, el rabino Berel Junik, el Rebe se refirió a su enfoque de ver las cosas de forma positiva como algo derivado de su pasado: “He trabajado sobre mí mismo para ver las cosas de forma positiva, de lo contrario no podría haber sobrevivido”.
Habiendo vivido pogromos, la Primera Guerra Mundial, una epidemia de tifus, la revolución bolchevique, el ascenso del comunismo y la Segunda Guerra Mundial, el Rebe había tomado la decisión consciente de centrarse en lo positivo en lugar de lo negativo en su vida y en el mundo que le rodeaba.
La siguiente carta fue escrita por el Rebe a un individuo que solía lamentarse de su vida de tribulaciones.
Acuso recibo de su carta... A pesar de su tono y contenido... no he perdido la esperanza en que, con el tiempo, aprecie usted lo bueno de la vida, incluyendo lo bueno de su propia vida y que semejante apreciación repercuta en sus emociones y en su estado de ánimo...
En nuestro mundo, todo es una amalgama de bien y de mal. Los seres humanos debemos elegir qué aspectos enfatizaremos, contemplaremos y perseguiremos. En la vida de cada uno hay dos caminos: ver lo bueno o [lo opuesto]...
Es impresionante lo que nuestros Sabios enseñan sobre Adán, que resultó ser un ingrato. Aun antes de haber sido desterrado del Jardín del Edén, [mientras vivía en un paraíso literal,] se lamentaba de sus condiciones de vida. En contraste, hubo hombres y mujeres judíos que bendecían al Creador y recitaban las bendiciones diarias mientras vivían los más horrendos momentos en los campos de concentración nazis. En última instancia, la situación de cada uno estará en algún punto entre esos dos extremos...
Huelga decir, no es mi intención insinuar que alguien merezca sufrir, Dios no lo permita. Mi intención es simplemente subrayar la realidad: el tipo de vida que llevamos, ya sea llena de satisfacción y significado o a la inversa, depende en gran medida de nuestra fuerza de voluntad, que dicta si nos enfocaremos en lo positivo o en lo negativo.3
En otra carta mordaz dirigida a un individuo que se quejaba de “nunca haber experimentado lo bueno en su vida”, el Rebe escribió duramente:
En respuesta a su carta... en la que escribe sobre su situación actual y que a lo largo de su vida no ha experimentado nada bueno...
Parece que no percibe la contradicción en su carta. Que un hombre al que Di-s ha bendecido con esposa e hijos diga que nunca ha visto nada bueno es ingrato en grado alarmante... Cientos, incluso miles, de personas rezan cada día para ser bendecidas con hijos y darían todo por tener un solo hijo al que aún siguen esperando...
Pero usted, receptor de tal bendición, que al parecer le llegó sin que tuviera que rezar especialmente por ella, no reconoce la riqueza y la felicidad en las bendiciones que tiene, ¡y escribe dos veces en su carta que nunca ha experimentado nada bueno!4
En otra ocasión, después de haber leído unas memorias escritas por el rabino Itzjak Goldin, que había sufrido a manos de las autoridades por sus acciones por difundir el judaísmo durante la época comunista y que escribió: “Todos los días de mi vida fueron malos...”, el Rebe le escribió:
¿Cómo puede usted manifestar semejante cosa? Usted ha estudiado durante seis años en Tomjei Temimim (la yeshivá superior de Lubavitch); ha ayudado a mi suegro, el Rebe, en sus asuntos privados; ha sido bendecido en el cumplimiento de las misiones que él le ha encomendado; ha sido arrestado a causa de las nobles actividades que ha realizado por preservar el judaísmo, e incluso en prisión ha podido usted continuar con su sagrada misión. Si después de todo esto usted aún dice que toda tu vida fue mala, ¡entonces no tengo idea de qué es lo bueno5 !
El décimo día de Shevat, el 28 de enero de 1950, el suegro del Rebe, el sexto Rebe de Lubavitch, Rabí Iosef Itzjak Schneersohn, devolvió su alma a su Hacedor. Pocos acontecimientos afectaron al Rebe tan profundamente como el fallecimiento de su suegro y predecesor, a quien tanto veneraba. De hecho, casi no hubo alocución que ofreciera en las siguientes cuatro décadas de su liderazgo en la que que no hiciera mención a “mi suegro, el Rebe”.
En un discurso que pronunció el 10 de Shevat de 1972, el Rebe expuso una disertación de Rabí Iosef Itzjak intitulada “He venido a mi jardín” (basado en un versículo de Cantar de los Cantares 5:1):
Aquí tenemos una magnífica lección: el mundo en el que vivía mi suegro —y él transmitió esta lección para los días y años venideros— es un verdadero jardín. No es meramente un campo que produce grano; es un jardín que produce frutos.
Además, no es un jardín cualquiera, de mediocre valor con frutos mediocres, cuyo dueño se conforma con una mediocre cosecha. Es, como subraya el versículo, “Mi jardín”. Di-s dice que nuestro mundo es Su jardín personal.
Además, no es de importancia secundaria para Él; es “Mi morada”: la esencia misma de Di-s habita en este mundo. Así que, entendamos o no cómo es esto, la Torá de la Verdad dice que es así, que vivimos en un mundo, independientemente de cómo pueda parecer al ojo físico, que es un jardín.
Esto nos permite apreciar el mundo de manera diferente. Desde esta perspectiva podemos apreciar lo que de manera superficial y a primera vista no podemos percibir.
Esta es la máxima que mi suegro, el Rebe, nos impartiera el día de su fallecimiento para que la lleváramos con nosotros6 siempre: a pesar del mal que pretende ocultar el encanto de nuestro mundo y que nosotros perdamos la esperanza, el Cielo no lo permita... ¡debemos saber que habitamos un mundo encantador!7
Aunque ciertamente es necesario ser precavidos y actuar con un sentido razonable de seguridad, nuestro enfoque general del mundo no debe ser de temor y desconfianza. Por el contrario, debemos meditar y recordar que la verdadera naturaleza del mundo es que es encantador y precioso.
De todas las citas del Rebe incluidas en este libro, es la próxima la que incluyo con el mayor sentido de precaución, no sea que, Di-s no lo quiera, parezca insensible o sea quitada de contexto. Es un punto que puede ser difícil de digerir emocionalmente, aunque sea intelectualmente sólido. Pero, en última instancia, he decidido incluirlo, ya que aborda una perspectiva importante sobre la pérdida personal en particular y la historia judía en general.
A nivel individual, habla de los que, al experimentar la tragedia y el dolor, dejan de ver al mundo de la forma en que lo hacían antes de sufrir tal pérdida y quedan marcados para siempre por la tragedia e incluso llegan a definirse por su dolor. Peor aún, la historia de sus vidas se ve y se experimenta a través del prisma de la tristeza y el sufrimiento, lo cual les impide volver a vivir y amar plenamente.
En el nivel colectivo de la historia judía, las palabras del Rebe abordan la típica narrativa de víctima de la historia judía post-Holocausto, que hace hincapié en las numerosas persecuciones que sufrieron los judíos a manos de sus enemigos; en otras palabras, cómo el pueblo judío ha perdido, en vez de cómo ha vivido, sus vidas a lo largo de la historia.
En un discurso público pronunciado el 13 de abril de 1973,8 el Rebe, que rara vez se expresaba en público sobre el Holocausto, compartió la siguiente perspectiva:
Un principio fundamental a considerar: Si le preguntamos a una persona pensante: “¿Puede una lanza o una espada dañar lo espiritual?”, se reiría de la pregunta porque no hay ninguna relación entre ambas cosas. ¿Qué capacidad tiene una espada o una lanza —o el fuego o el agua...— para dañar algo espiritual?
Todo el mundo sabe que el fuego sólo puede dañar el cuerpo y puede cortar la conexión entre el cuerpo y el alma, pero no puede quemar al alma tanto como el agua no puede ahogarla...
Y si se le pregunta a un individuo racional, ¿cuál es la esencia del ser? Las personas a las que ama, a las que está unida, su padre o su madre, ¿qué son realmente, cuerpo o alma? ¡Dirán que la persona es el alma! Y por más que esos seres queridos sean de carne y hueso… y uno se conecta físicamente con ellos tocándolos y hablándoles, ¿pero con qué aspecto se conecta realmente?
¿Quién [o qué] es lo [realmente] valioso para él? ¿A quién defiende? ¿Por el dolor de quién se alarma? Las almas de las personas queridas con las que tiene una conexión... Esta alma, aun cuando fue enviada a Auschwitz y dio su vida por su condición de judía, [sólo] se llevaron el cuerpo, pero el alma permanece. [La conexión entre el cuerpo y el alma puede haberse roto, pero el alma continúa viva. El alma permanece el día después de Auschwitz, un año después de Auschwitz y una generación después de Auschwitz... El alma permanece íntegra. ¿Y durante cuánto tiempo permanece íntegra? No hay ninguna razón para decir que los cambios en este mundo afectan al alma. No hay ninguna razón para afirmar que el alma deje de existir.
¿Qué nos dice este principio?
Si alguien viniera y dijera: “Acabo de ver a una persona llorando; ¡Seguramente toda su vida ha estado plagada de indecible e insoportable dolor! ¿Y cómo lo sé? ¡Pues cuando lo vi estaba llorando y gritando de dolor insoportable!”. Y lo mismo si dijese lo contrario: “Conocí a alguien en un momento dado y estaba rebosante de felicidad, por lo que su vida debe ser una larga historia de alegría y felicidad, sin ningún dolor en absoluto!”. A tal persona la consideraríamos tonta. Lo que hayas observado en un mero instante de los ciento veinte años de vida de una persona, no indica de ninguna manera la historia de toda la vida, pasada o futura, de dicha persona.
Así también, quienes perecieron en Auschwitz vivieron un cierto número de años hasta entonces, y a partir de allí sus almas [continúan] viviendo durante millares de años por venir... [Es cierto que] hemos visto a la persona en un momento [terriblemente doloroso de su vida], [pero] comparado con la vida eterna del alma, [fue] menos que un instante transitorio en ciento veinte años.
[Por consiguiente,] es ilógico concluir, de la observación de apenas un solo momento de la vida eterna del alma, que dicho momento prueba inequívocamente por sí solo lo que el alma siente por toda la eternidad...
En lo que a nosotros nos concierne: todos los cuestionamientos que se formulan sobre la Segunda Guerra Mundial, cómo pudo suceder y cómo se refleja en la existencia eterna del pueblo judío, es similar a observar la vida de una persona por un solo instante y (pretender) juzgar a partir de allí cómo fue y cómo será la totalidad de su vida...9
El punto esencial, al analizar la calidad de nuestra vida personal y la de la historia judía en su totalidad, es poner las cosas en perspectiva y contexto. Y así, cuando damos un paso atrás en nuestra realidad actual y reflexionamos sobre lo que precedió y lo que seguirá a nuestra vida inmediata, y del mismo modo cuando tomamos en cuenta la totalidad de la vida del pueblo judío, llegamos a ver el dolor y la tragedia que podemos sufrir en nuestra vida y el sufrimiento a lo largo de la historia judía como algo efímero y una mera insignificancia en comparación con la alegría, la abundancia y la longevidad que experimentamos como nación y como individuos con almas eternas.
Al quitar el énfasis de la colosal pérdida y destrucción de la vida judía a consecuencia del Holocausto como punto central del enfoque nacional y de la autodefinición, el Rebe eligió no devaluar ni trivializar semejante pérdida, Di-s no lo quiera, sino asegurar que (semejante tragedia) no llegue a definir ni confinar la forma en que el pueblo judío ve su pasado, su presente y su futuro.
Y en un nivel individual, al encontrarnos ante una pérdida devastadora o una tragedia, las palabras del Rebe sirven como inspiración e invitación a desarraigar y reemplazar la narrativa de vida paralizante, infundida con dolor y sufrimiento, por una visión más amplia y liberadora de la vida, que tome en cuenta la imagen completa, incluyendo la existencia eternamente dichosa del alma, desde mucho antes y por mucho tiempo después de nuestra breve estadía física en este mundo.
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