La mayor tragedia que puede experimentar un padre es la pérdida de un hijo. Especialmente cuando la muerte es el resultado de un acontecimiento trágico y repentino, el dolor desgarrador de la pérdida y los interrogantes sin respuesta que resultan de ella atormentan a los padres y a la familia del niño.
En la víspera Pesaj de 1988, una niña de seis años llamada Miriam Gaerman murió en un accidente de tránsito en Berkeley, California. Tras su deceso, sus padres escribieron una larga carta al Rebe, buscando algún tipo de explicación para el trágico suceso. Se encontraban particularmente consternados por el sentimiento de que la muerte temprana de su hija implicaba que no había podido cumplir el objetivo de su creación en el mundo. También sentían que no habían tenido oportunidad de llorarla apropiadamente, porque, según la ley judía, Pesaj corta el período de luto de la shivá (que normalmente se observa durante una semana), que tendría lugar apenas unas pocas horas después.
El Rebe respondió a las preocupaciones de ambos:
Demás está decir que nadie puede interpretar los caminos de Di-s con algún grado de certeza...
[Dicho esto,] todas las almas que descienden en este (preciso) instante [de la historia] son continuación de encarnaciones anteriores a fin de completar (total o parcialmente) lo que no completaron antes. Y [aunque, en general, el hombre está destinado a vivir 70, 80 años...1 ], quienes fallecen [a una edad temprana,] antes (de haber alcanzado la edad) del deber de observar los mandamientos, vinieron a este mundo [sólo] para completar el número de años que les restaba (por vivir)...”
Si Miriam necesitaba completar el número de años que le faltaba en este mundo para luego partir inmediatamente al Paraíso, sus padres debían tratar de no entristecerse, sino consolarse sabiendo que ese Pesaj ella estaba ya en el Gan Eden. Y por esa razón, podrían encontrar la verdadera alegría en el día santo, conforme a la Torá de la Verdad.2
Una célebre historia jasídica ejemplifica este concepto de una vida corta que vino a completar la rectificación de una reencarnación anterior. Una pareja que había perdido a su hijo de dos años se acercó al Baal Shem Tov y se desahogó con él. El Baal Shem Tov les dijo que su hijo tenía un alma especial que ya había estado en este mundo. Sin embargo, necesitaba volver durante unos años para lograr un tikún, es decir, una reparación. Una vez completado el tikún, el alma podía volver a su origen.3
En una línea similar, una mujer que había sufrido varios abortos involuntarios escribió una vez al Rebe buscando su guía y bendición. El Rebe respondió que hay algunas almas cuya única misión en este mundo es cumplir con una deuda remanente de una encarnación anterior. En particular, continuó el Rebe, hay algunas almas que fueron concebidas en circunstancias consideradas por la ley judía como menos que ideales y, para lograr la culminación espiritual, regresan a este mundo con el único propósito de ser concebidas en pureza. Una vez completada esta breve misión en la tierra, estas almas puras regresan al Mundo de la Verdad, habiendo alcanzado la perfección espiritual de la que antes carecían.4
Los Sabios del Talmud trataron la pérdida de un hijo desde un ángulo diferente. En lugar de centrarse en consideraciones sobre el destino del alma, se fijaron en la naturaleza de la paternidad en sí misma, y encontraron consuelo en ella. Lo que sigue es una discusión entre Raban Iojanan ben Zakai y sus discípulos tras la pérdida de su hijo:
“Consuélenme”, pidió [Raban Iojanan ben Zakai] a sus discípulos.
Rabi Eliezer tomó la palabra. “Adán también perdió un hijo. Sin embargo halló consuelo”.
Pero Raban Iojanan sólo replicó: “¿Por qué añades a mi dolor el dolor de otro?”.
Rabi Yehoshúa dijo: “Job tenía hijos e hijas, y los perdió a todos. Sin embargo, halló consuelo”.
Nuevamente Raban Iojanan respondió: “¿Por qué añades a mi pena la pena de otro?”.
Entonces Rabi Yose dijo: “Aarón tenía dos hijos excepcionales que murieron el mismo día. Sin embargo, Aarón halló consuelo”.
Y también ello lo descartó Raban Iojanan con las mismas palabras.
Entonces se levantó Rabi Shimon y dijo: “El rey David perdió un hijo y sin embargo halló consuelo”.
Raban Iojanan reaccionó tal como las veces anteriores.
Dijo entonces Rabí Elazar ben Araj: “Permítanme que les cuente esta historia: Un rey confió a uno de sus súbditos un objeto precioso para que se lo guardara. El depositario quedó sumamente preocupado porque debía cuidar el obeto para devolverlo al rey sin daño alguno. Sólo después de haber devuelto intacto el preciado objeto al rey se sintió aliviado de su ansiedad. Tú, maestro mío, estás en la misma situación. Tuviste un hijo que ha dejado este mundo sin pecado. Que sea un consuelo que lo hayas devuelto a Di-s en el mismo perfecto estado en el que Él te lo confió a ti”.
“¡Elazar, me has consolado!” dijo Raban Iojanan.5
Bruria, la esposa de Rabi Meir, adoptó la misma actitud cuando sus dos hijos murieron repentinamente en un Shabat. Colocó sus cuerpos en el dormitorio y, cuando su marido llegó a casa, le planteó lo que parecía ser una pregunta de la ley judía: “Hace un tiempo, alguien me confió una piedra preciosa para que la guardara. Ahora el propietario me la reclama. ¿Debo devolvérsela?”.
Rabi Meir le respondió que debía devolver la piedra preciosa inmediatamente y sin vacilar. Entonces Bruria le condujo a la habitación...6
En su libro, el rabino Vorst concluye que así es como él y su esposa deben ver la trágica pérdida de su propio hijo: “No nos han privado de Boruj; ‘sólo’ lo hemos devuelto”.7
Esta actitud también ayudó al rabino Vorst a tratar con compasión a la mujer que con su auto atropelló y mató a su hijo. Cuando ella llegó a la casa donde hacían la shivá, él elogió su valor y trató de tranquilizarla diciéndole que no la culpaba, ya que “todo está destinado, previsto por la Divina Providencia y dispuesto por Di-s”.
“Aun si ella hubiera conducido más despacio”, reflexiona el rabino Vorst en su libro, “tampoco así nuestro hijo Baruj estaría con nosotros ahora. Porque, evidentemente, había llegado su hora”.8
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