“¿Seré yo el culpable de esta tragedia? Si hubiera hecho las cosas de otra manera, ¿podría haber evitado la catástrofe?”

Estas y otras preguntas similares pueden atormentar sin cesar a los familiares o cuidadores de alguien que ha sufrido una muerte prematura. Los escenarios hipotéticos de “si hubiera” y las interminables figuraciones de finales más felices son especialmente destructivos. Este tipo de dudas perturban la paz mental y provocan sentimientos de culpa que pueden agotar la energía que aún queda en quienes ya sufren terriblemente dicha pérdida.

Los familiares y cuidadores responsables y afectuosos deben tener la confianza de saber que han hecho todo lo que estaba en su poder para ayudar a su ser querido, y que el resto estaba fuera de su control.

Este era el enfoque que defendía el Rebe, como indica la siguiente carta. El destinatario había escrito al Rebe en relación a un trágico suceso que había ocurrido en su casa. Había invitado a los miembros de su comunidad a una comida festiva en Shavuot para celebrar la culminación de la escritura de un nuevo rollo de la Torá, que estaba programado para ser presentado en una sinagoga en pocos días. En el transcurso de la celebración, una joven falleció súbitamente. El Rebe respondió:

“A todos y cada uno de nosotros se nos concede (de lo Alto) una cuota determinada de años de vida en la tierra. Sólo en casos extremos los actos de uno pueden alargar o acortar dicha cuota por medio de algún pecado terrible, Di-s no lo permita.1

Esta convicción es completamente crucial para eliminar los sentimientos injustificados de culpa, y está plenamente avalada por la Torá. En efecto, la noción de que nadie muere antes de lo previsto se menciona en el primer versículo de la sección de la Torá llamada Jaiéi Sará “La vida de Sara fue de cien años, y veinte años, y siete años; los años de la vida de Sara”2 .

El cuestionamiento obvio sobre el citado versículo es la aparente redundancia de las palabras finales: “los años de la vida de Sara”. Según el Midrash, las circunstancias que rodean el fallecimiento de Sara: “al escuchar que su hijo estaba a punto de ser sacrificado, su alma voló de ella”3 , podrían percibirse como la causa de su muerte, cuando, de hecho, la razón de su deceso fue que esos ciento veintisiete años fueron “los años de la vida de Sara”, es decir, la cuota exacta de tiempo prescripta para ella por Di-s.

Esto encierra una profunda lección. A veces atribuimos ciertos resultados, positivos o negativos, a circunstancias inesperadas que hallamos en la vida. Por ejemplo, una pareja que experimenta dificultades para tener hijos durante un largo período de tiempo puede un día buscar el consejo de un nuevo médico y tener un hijo poco después. Podrían pensar que si hubieran visitado a ese médico antes, habrían evitado todo el dolor de tantos años sin hijos.

Sin embargo, desde una perspectiva espiritual, la realidad es muy diferente: Por razones que sólo Di-s conoce, dicha pareja estaba destinada a no tener hijos durante determinado tiempo. Al cumplirse dicho plazo, el agente elegido por Di-s para facilitar el nacimiento de su hijo fue este médico específico del que oyeron hablar en este momento específico (y no antes).

Y lo mismo ocurre con los sucesos trágicos que provocan pérdidas de vidas. Si alguien sufre un accidente de tránsito y muere, es natural atribuir la causa de la muerte al accidente sufrido y especular con que si el finado hubiera aparecido en la escena un minuto antes o después, podría seguir en vida. Estos pensamientos no sólo son terriblemente dolorosos, sino también falsos, ya que, en realidad el momento de la muerte del finado había llegado, y el accidente fue simplemente el facilitador de su deceso.

Asumir y asimilar la idea de que cada individuo cuenta en este mundo con una cuota de tiempo definida, la cual no es susceptible de ser alterada ni en más ni en menos, puede ayudar en la liberación de la carga de culpa superflua y en la consecución de una cierta medida de paz interior”.