A pesar de su visión optimista de nuestro mundo como un jardín divino de bondad esencial, el Rebe no era ciego al hecho de que, a menudo, nuestro mundo en su superficie no se comporta como el jardín divino que inherentemente es, sino como una jungla. El Rebe instó a que nuestra respuesta a las tragedias provocadas por el hombre debe incluir la adopción de medidas concretas para optimizar el estado moral de la sociedad.

El lunes 30 de marzo de 1981, cuando apenas llevaba sesenta y nueve días en la presidencia, el Presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, salía de un discurso en el Hotel Hilton de Washing­ton, D.C., cuando le dispararon. El presidente sufrió una perforación en el pulmón, pero gracias a la rápida atención médica se recuperó enseguida.

El 15 de abril de ese año, en una reunión comunitaria en celebración de su cumpleaños (el 11 del mes hebreo de Nisán), el Rebe abordó el entonces reciente atentado contra la vida del Presidente y compartió la siguiente lección con los miles de personas reunidas en el evento:

¿Cómo es posible que alguien (el eventual homicida) lleve a cabo tal acto en completa oposición a toda lógica y empatía? Históricamente se ha argumentado que la raíz de todo crimen es la pobreza, la cual amarga el espíritu humano y, a su vez, conduce a sentimientos de venganza...

Vemos en el presente caso que el sujeto que intentó el asesinato no era en absoluto humilde, por el contrario, se crió en medio de la opulencia1 y, aparentemente, jamás sufrió privaciones. Para que no se argumente que la pobreza es la raíz del crimen, este incidente deja en claro que para encontrar la causa de tales deplorables acciones no podemos mirar al origen económico de la persona, sino a otra causa.

¿Y dónde se puede hallar la causa principal de semejante barbarie? El caso en cuestión apunta en su dirección: la educación...

Es cierto que, por ley, la escolarización es obligatoria, ¿pero cuál es la filosofía del sistema educativo público? ¿Qué se espera de las escuelas? Sólo que transmitan conocimientos, no que formen, cultiven o estructuren el interior del niño: que desarrolle buenos rasgos de carácter y que reconozca que, con toda la información que recibe en la escuela, lo primordial es aprender a hacer el bien2 .

En esa disertación, el Rebe reiteró una posición que había defendido muchas veces, incluyendo su carta al entonces vicepresidente Walter F. Mondale (9 de Shevat, 5739 [26 de febrero de 1979]):

La educación, en general, no debe limitarse a la adquisición de conocimientos y a la preparación para una carrera, o, como se dice popularmente, “para ganarse mejor la vida”. Debemos pensar en función de un “mejor vivir” no sólo para el individuo sino también para la sociedad en su conjunto. Por lo tanto, el sistema educativo debe prestar más atención, incluso su principal atención, a la formación del carácter de los educandos, enfatizando los valores morales y éticos.

Una versión más incisiva de este mensaje puede hallarse en una carta escrita por el Rebe al Capellán General de Brigada, Israel Drazin, en 1987:

Muchas gracias por las buenas noticias de las que es portadora [su carta], en particular sobre sus varias charlas y conferencias sobre los Siete Mandamientos Noájidas3 y que han sido bien recibidas (por el público), incluso con entusiasmo. Y me complace que tenga la intención de seguir haciéndolo.

Por supuesto, no hay necesidad de enfatizar la importancia de promover estos Siete Mandamientos Noájidas entre los gentiles. En nuestros días, no hace falta mucha imaginación para darse cuenta de que, a modo de ejemplo, si estos Mandamientos Divinos hubieran sido observados y cumplidos por todos los “Hijos de Noé”, es decir, todas las naciones del mundo, individual y colectivamente, no habría habido ninguna posibilidad, en el orden natural de las cosas, de que algo como el Holocausto4 ocurriese.

En 1964, el aclamado novelista estadounidense Harvey Swados, visitó al Rebe para un Iejidut.

En el transcurso de su encuentro, durante el cual discutieron el libro de Hannah Arendt, entonces recientemente publicado, intitulado Eichmann en Jerusalem: Un informe sobre la banalidad del mal, en el que acusa a los dirigentes judíos durante el Holocausto de haberse plegado con demasiada facilidad a las horribles exigencias de los nazis, el Rebe adoptó un enfoque diferente, destacando las increíbles dificultades para conservar la integridad bajo regímenes totalitarios. “...el milagro es que haya habida alguna resistencia, que haya habido alguna organización, que haya habido algún atisbo de liderazgo”.

Swados le preguntó al Rebe directamente si pensaba que el Holocausto del pueblo judío fue una tragedia de única vez o si podía volver a ocurrir. Sin dudarlo, el Rebe respondió: Morgen in der frie, “¡Mañana por la mañana!”.

Swados preguntó: “¿Por qué está tan seguro de que un horror tan cruel podría volver a ocurrir?” Según Swados, “El Rebe se lanzó a realizar un análisis de las atrocidades nazis... No habló místicamente ni insistió en el carácter nacional alemán y su supuesta afinidad con el odio a los judíos. Por el contrario, insistió en la obediencia de los alemanes a la autoridad y su cumplimiento incuestionable de las órdenes —incluso las más bestiales— como un fenómeno histórico-cultural producto de muchas generaciones de deliberado adoctrinamiento”5 .

El punto que el Rebe planteó fue que una sociedad que no inculca en sus ciudadanos la creencia en un Poder Superior que exija una conducta recta y moral podría, si tuviera el poder militar para hacerlo, llevar a cabo un genocidio contra cualquier grupo étnico.

Al igual que el Rebe veía las tragedias individuales que ocurren en la vida de las personas como un llamado a la teshuvá, la respuesta del Rebe a la tragedia nacional y global “causada por el hombre” era tomarla como un llamado a la sociedad para reflexionar sobre sus valores y políticas.

El Rebe estaba especialmente preocupado por el estado de la educación de los jóvenes, que en su opinión debía incluir el desarrollo del carácter y la educación moral para garantizar una sociedad segura y saludable. A través de una educación adecuada para todos, el Rebe sentía que podríamos transformar efectivamente nuestro mundo de una “jungla” a un “jardín”.