El Rebe enseñó que las almas de los seres queridos que han partido siguen participando en la vida de los (dolientes) que dejan en este mundo físico.
Poco después de la Guerra de los Seis Días, el Rebe instruyó a sus adeptos en Israel a que se ocupasen de (brindar atención a) los huérfanos y las viudas de los soldados caídos. Posteriormente escribió sobre la importancia de dicho trabajo: “Sus padres... están mirando desde el Cielo; les gustaría ver que sus familias e hijos están debidamente atendidos. Lo más importante para los soldados caídos es tener la plena seguridad de que sus hijos se desarrollarán como personas íntegras”1 .
Este continuo interés por la vida de los (deudos)supervivientes incluye no sólo un interés por los asuntos espirituales o religiosos, sino también por las alegrías y los desafíos cotidianos de la vida.
Dice el Rebe en una carta:
“El alma misma conserva todas sus facultades y, como lo explican nuestras sagradas fuentes, reacciona a la conducta y a los sentimientos de sus parientes que quedaron atrás, compartiendo sus alegrías y sus penas... y pide e intercede en nombre de sus parientes aquí en este mundo”2 .
El Rebe expresa este mismo concepto en otra carta, dirigida a una mujer que sufrió la pérdida de uno de sus hijos en una etapa temprana, después de que le comunicasen que su hijo mayor se había vuelto introvertido a causa del dolor.
“Dado que el estado de (extrema) introversión de su hijo es producto de la desgracia acaecida a su hermano, explíquele con delicadeza que, según nuestra creencia, el alma es eterna y permanece conectada a su familia [y que] su tristeza y aislamiento no inducirán placer a su querido hermano.3 ”
Como ilustran las siguientes anécdotas, el Rebe a menudo animaba a la gente a tomar en consideración los gustos y voluntades de quienes ya no están.
Cuando el Rabino Moshé Feller, emisario principal de Jabad en Minnesota, tenía veinticuatro años de edad, falleció su madre. Unos años más tarde, el Rebe pidió al rabino Dovid Raskin que sugiriera un encuentro entre el padre de Feller y una viuda, la Sra. Gross. Efectivamente, se conocieron y finalmente decidieron casarse.
Previo a la boda, el Rebe envió a Moshé Feller una nota no solicitada. Sabiendo que le podía perturbar que otra mujer se tornase en la esposa de su padre, el Rebe le escribió así (parafraseado): “Debes saber que, al volver a casarse, tu padre le dará felicidad a tu madre, de bendita memoria, ya que ahora él tendrá una compañera de vida que ayudará a cuidarlo, y esto es lo que ella más quiere”4 .
En su reflexiva nota al joven rabino Feller, el Rebe abordó una dolorosa preocupación que a menudo asalta a los hijos cuyo padre o madre fallecieron y el viudo superviviente contempla la idea de contraer matrimonio en segundas nupcias.
“¿No herirá esto el alma de mi padre fallecido?”, se cuestionan. “¿No se sentirá mamá o papá menospreciado, o incluso envidioso, si quien fuera su pareja en vida forma una nueva vida con un nuevo cónyuge?”.
La nota del Rebe a Feller enseñaba, en efecto, que una vez que el alma se desprende de su cuerpo físico y de su entorno, se libera de todas las debilidades humanas que antes coloreaban sus percepciones y sentimientos mientras estaba en la tierra. Siendo que el alma ya no está gobernada ni afectada por las inseguridades mezquinas y egocéntricas propias de la condición humana, es libre de experimentar genuino regocijo por el bienestar de sus seres queridos en el mundo terrenal.
Cada Sukot, el rabino Berel y Esther Raskin invitaban a la comunidad Lubavitch de Crown Heights, Brooklyn, donde vivían, a su suká para participar en un suntuoso kidush y de una reunión festiva. El año siguiente al fallecimiento del padre de Esther, el rabino Yankel Lispker, no le pareció apropiado organizar esta reunión festiva y animada. Cuando el Rebe tomó conocimiento de que ese año no habría kidush en lo de los Raskin, expresó: “¡Al contrario! Rabi Yankel, que actualmente está en el Gan Eden (Paraíso), vendrá a visitar su suká, tal como era su costumbre mientras vivía, y nadie estará allí diciendo lejaim. No sólo debe haber un kidush este año, ¡debe haber un kidush más importante que el habitual!”5
El mismo Rebe tuvo ocasión de practicar este principio cuando se trató de la pérdida de su propia y amada esposa, la Rebetzin Jaia Mushka.
El Dr. Robert Feldman, que era uno de los médicos de la Rebetzin, mantenía una estrecha comunicación con ella y la visitaba a menudo. Poco antes del fallecimiento de la Rebetzin, la hija del Dr. Feldman, Sara, se comprometió con su futuro marido, Levi Shemtov. La Rebetzin, que había ofrecido a Sara consejos maternales durante su noviazgo, estaba encantada con la noticia. La futura pareja había planeado visitar a la Rebetzin en mutua compañía, pero ella falleció antes de que la visita pudiera hacerse efectiva.
Justo después de la shivá, el período de luto de siete días por la Rebetzin, el Rebe mandó llamar al Dr. Feldman. “Dígame, ¿cuándo es la fiesta de compromiso?”, le preguntó.
No era una pregunta sencilla de responder. Según el plan original, la fiesta debía celebrarse dentro de los treinta días del fallecimiento de la Rebetzin, considerado por la ley judía como período de duelo. Sin embargo, aplazar una ocasión feliz tampoco es poca cosa. Antes de que el Dr. Feldman pudiera responder, el Rebe prosiguió: “Debe celebrarse en el día previsto, y no debe ser más limitada que lo planeado originalmente. Por el contrario, debería ser más grande aún”.
Los Feldman habían planeado una pequeña fiesta en su casa. Pero el Rebe insistió en que se llevase a cabo en un salón, con música en vivo y que el servicio de catering fuese presentado en vajilla (importante), “y lo principal, ¡mucha alegría!”.
Entonces el tono del Rebe se suavizó, y con su voz colmada de emoción dijo: “Debe hacerse así porque así es como la Rebetzin hubiera querido que fuera... y esto es lo que la hará feliz a ella”.6
El planteo del Rebe era que, siempre que fuese posible, no se debe cancelar o (siquiera) posponer las ocasiones felices de quienes están cercanamente relacionados con alguna tragedia. Por el contrario, se debe hacer esfuerzos adicionales para incrementar la alegría, ya que eso es lo que el fallecido habría querido.
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