Al perder a un ser querido, a menudo habrá momentos en los que el dolor parecerá demasiado fuerte para sobrellevar. El doliente puede llegar a desarrollar pensamientos negativos del tipo: “No puedo soportar tanto dolor”, antes de derrumbarse y caer desahuciado.

Lo que sigue es un relato conmovedor compartido por el Sr. Yaakov Schiffman sobre la implicación personal y el estímulo del Rebe en un momento muy difícil de su vida, que le ayudó a salir del estado de desesperación cuando todo parecía perdido:

En 1973, que fue el año en que celebré mi Bar Mitzvá, mis padres me enviaron a un campamento de verano en Israel. Al regresar, me enteré que mi padre necesitaba someterse a una intervención quirúrgica. Desafortunadamente, fue diagnosticado con cáncer de colon y a partir de ese momento, su condición fue deteriorándose gradualmente.

Dos años después, poco antes de la festividad de Purim, el estado de mi padre empeoró. Fuimos al hospital, y tras examinarlo, los médicos me convocaron y me dijeron: “Será mejor que regreses a casa; tu padre pasará la noche aquí”. Esa misma noche mi padre fue sometido a una intervención quirúrgica y entonces los médicos constataron que no había mucho más para hacer que intentar que el final fuese lo menos doloroso posible.

Por supuesto, no queríamos rendirnos, así que acudimos a varios rabinos para que nos dieran su bendición. Incluso probamos las medicinas alternativas de la época. Mi padre perdió mucho peso y nada parecía funcionar. Entonces uno de nuestros parientes nos dijo: “Deberían ir a ver al Rebe de Lubavitch...”.

Era invierno cuando fuimos a ver al Rebe. Éramos cinco personas en esa reunión: mi padre y mi madre, mi abuela, mi hermana y yo. Mi padre estaba muy enfermo; estaba demacrado y su rostro había perdido su brillo.

Entramos en el despacho del Rebe. Yo permanecí atrás en la oficina, mientras mi padre habló en voz baja con el Rebe durante unos minutos. Cuando el Rebe terminó de hablar con mi padre, empezamos a retirarnos, pero entonces el Rebe me dijo: “Quédate”.

Ya estaba muy ansioso por todo lo que estaba sucediendo; por entonces yo contaba con sólo dieciséis años de edad y me puse muy nervioso.

El Rebe me dijo delicadamente: “Acércate”, haciendo un gesto para que me arrimase. Entonces él se dirigió a la estantería y retiró dos volúmenes del Talmud, y me dijo en yiddish:

“Según las leyes de la medicina, tu padre está extremadamente enfermo; está cerca del final. Di-s le ayudará, pero tu padre estará deprimido, y tú estarás deprimido. Necesitarás de algo que te dé fuerzas. Quiero enseñarte algo que te ayudará a seguir adelante”.

Abrió el folio 10a del Tratado de Berajot y empezó a enseñarme la historia narrada en Reyes II [20:1-6] a la que se refiere el Talmud. El rey Ezequías estaba enfermo y el profeta Isaías lo visitó. El profeta le dijo al rey que sus días estaban contados y que debía prepararse para morir, pero Ezequías se negó a aceptarlo y dijo: “No, tengo fe en Di-s”. Aunque el profeta dijo que era demasiado tarde, Ezequías comenzó a rezar porque, “aunque la punta de la espada te apunte al cuello, nunca debes perder las esperanzas”.

Yo estaba de pie frente al escritorio del Rebe, y él estaba sentado. Pero en medio de la historia, el Rebe me hizo un gesto para que me acercara al escritorio, y miré el volumen junto con él. Tradujo el diálogo lentamente al yiddish, palabra por palabra, señalando el renglón como un padre enseña a su hijo.

Recuerdo que señalaba las palabras con su dedo, luego me miraba y volvía a señalar. Me hacía repetir los conceptos hasta que quedaba claro que los había comprendido. A pesar de que mi padre tenía un amplio conocimiento del Talmud, el Rebe deseaba cerciorarse de que yo comprendiera cabalmente el concepto del Talmud y pudiera transmitirlo con claridad a mi padre. La idea en la que insistía era que, incluso a las puertas de la muerte, nunca se debe perder la esperanza, nunca se debe deprimir y siempre se debe aceptar la voluntad de Di-s. Me llevó bastante tiempo, unos veinticinco minutos.

Lo que más recuerdo es la manera seria y cariñosa con que el Rebe me miraba. Nunca había visto semejante tipo de amor. Aquí estaba yo, un extraño para él, un joven que venía con su padre y que necesitaba una bendición. Él dio su bendición, pero luego dio mucho más. Vio que este muchacho necesitaba de amor paternal. Y lo brindó.

Cuando salí de la oficina del Rebe estaba sudando. Mientras conducíamos a casa le conté a mi padre lo que había sucedido y rompió a llorar. En cuanto llegamos a casa, estudiamos el tema al menos tres o cuatro veces.

Recuerdo que mi padre me preguntó en reiteradas oportunidades: “¿Entiendes por qué el Rebe te dijo que estudiases esto conmigo? ¿Lo entiendes?”

Dos meses y medio después de nuestra visita al Rebe, mi padre falleció. Era el lunes por la noche, el 18 de Shevat, y lo último que me dijo fue que estaba muy orgulloso de mí y que le había dado un gran najat (satisfacción).

Después de su fallecimiento estuve a punto de desanimarme. No tenía parientes que se ocuparan de mí; mi madre era hija única y toda la familia de mi padre había sido aniquilada en la guerra. Y sólo dieciséis años tenía yo entonces.

No sé cómo agradecerle al Rebe este hecho, pero me asentó y me explicó las circunstancias de la vida. Todos los demás me habían dicho: “Estará bien, estará bien...” El Rebe, en cambio, me miró y me dijo cómo prepararme para el desenlace.

Tuve momentos en los que las cosas se pusieron difíciles. Dejé mis estudios por un tiempo y me alejé. Pero luego recordé lo que el Rebe me había enseñado. A lo largo de esos años, probablemente estudié aquel pasaje del Talmud una treintena de veces y eso me hizo volver al camino.

Mi condición de judío practicante y mi exitosa formación de una familia se deben al día en que el Rebe dedicó tanto tiempo a mi persona y me explicó: “Cuando tengas un problema y sientas que hayas tocado fondo, recuerda que nunca debes rendirte, porque Di-s está ahí. Abre tu corazón a Él, y Él te ayudará”.1

La comprensión de que existe una fuerza superior constante en nuestras vidas, que está estrechamente relacionada y profundamente comprometida con nuestro bienestar, nos permite superar nuestros momentos más oscuros. Cuando nos encontramos con puntos bajos en la vida, reflexionar sobre la presencia continua de Di-s en nuestras vidas nos ayuda a proporcionarnos el consuelo y la confianza necesarios para sustituir la desesperación por la esperanza y nos capacita para mirar hacia adelante y prepararnos para un mañana mejor”.